Suspiré con pesar antes de sujetar una lata de frijoles verdes de la estantería del supermercado. El dibujo publicitario del envoltorio exhibía un tazón de sopa grumosa que parecía un ensayo fallido de viscosidad orgánica. Solo mirarlo me producía una leve punzada de náuseas.
Las odiaba con todo mi ser, pero a Greg le fascinaban. Arrojé tres de ellas al carrito imaginando el sabor repulsivo en mi boca. Un poco de conservantes a base de sodio y glutamato monosódico extra para acelerar la hipertensión una vez al mes no le vendrían mal a nadie.
Deambulé por los pasillos del supermercado arrastrando los pies a cada paso. Las mañanas nunca habían sido mi fuerte; mi cerebro es un motor V8 que solo alcanza su punto máximo de combustión cuando el sol se oculta. A estas horas, la falta de dopamina y el insomnio acumulado me volvían peligrosamente irritable.
El establecimiento estaba desierto. El eco sordo de mis zapatillas contra el piso de vinilo barato era el único sonido que competía con el zumbido glacial de los refrigeradores.
Día tres de mis presuntas «vacaciones» en California. Tres días desde que Greg se había ido a ver a su madre en Pasadena, dejándome sola con la nada. El aburrimiento se apoderaba de mí con la velocidad de una reacción en cadena descontrolada, y la monotonía comenzaba a carcomerme los nervios. Hubiera preferido cualquier cosa —literalmente cualquier cosa— antes que seguir fingiendo la vida de una ama de casa dócil a la espera de que su mediocre novio regresara para inyectarle un poco de entretenimiento a mi existencia.
Greg era un idiota, además de un controlador acomplejado. Sin embargo, no me mantenía atrapada por la fuerza. No era una víctima desamparada en un país extraño; más bien, era un espécimen parasitario que se nutría al estar con un ciudadano estadounidense con un empleo promedio. Lo cuál era como el glaseado de fresa en un simple bizcocho, la cobertura perfecta para una inmigrante sin papeles que necesitaba pasar desapercibida ante las autoridades federales. Estaba segura que él creía que yo dependía de su generosidad; yo sabía que él dependía de la ilusión de poder que yo le permitía tener. Sus arranques de furia cuando bebía de más eran molestos, sí, pero predecibles. Manejar a un alcohólico inseguro requería la misma química básica que neutralizar un ácido débil: un poco de manipulación calculada y saber cuándo retirarte antes de que la mezcla efervesciera.
Aún así, está farsa algún día me iba a matar de fastidio.
De camino a la tienda se me habían ocurrido al menos media docena de alternativas para romper la rutina: desde sintetizar cianuro casero utilizando las almendras amargas del jardín, hasta vaciar las cuentas bancarias de Greg y huir a Vancouver bajo una nueva identidad. Podría saltar desde el último piso del Wilshire Grand Center solo por el subidón de adrenalina antes de desplegar un paracaídas, o conducir por la ruta escénica de la autopista Highway One y desperdiciar horas observando el paisaje.
Las posibilidades eran infinitas. Pero mientras siguiera encadenada a este personaje de novia abnegada que había creado para sobrevivir, mi mente terminará oxidándose.
Me adentré en el pasillo de productos de limpieza. El olor punzante a hipoclorito de sodio y amoniaco penetró en mis fosas nasales, obligándome a arrugar la nariz. Un par de mezclas incorrectas con esos frascos y podría evacuar este edificio en tres minutos. Sonreí ante la idea.
—Disculpa, cielo...
Una voz temblorosa interrumpió mis cálculos. Me giré despacio y me encontré con una anciana de apariencia frágil, cabello blanco y esponjoso como algodón de azúcar, que sostenía una cesta de compras vacía.
—¿Sabes de casualidad dónde puedo encontrar el baño? —preguntó con timidez. Las arrugas alrededor de sus ojos delataban una desorientación profunda.
Le dediqué una de mis sonrisas más pulidas, una de esas muecas ensayadas que proyectaban la perfecta imagen de una muchacha dulce e inofensiva. La amabilidad, en mi mundo, jamás había sido un valor moral; era la mejor herramienta de camuflaje.
—Me temo que se ha confundido de pasillo, señora —respondí con mi ensayado tono cordial—. Este es un establecimiento de víveres pequeño, no tienen sanitarios públicos.
La mujer parpadeó, sumida en una nebulosa de confusión. Noté de inmediato que llevaba una pulsera con una placa de metal con datos grabados, de esas que es común que lleven algunos pacientes con alzhéimer. Con paciencia quirúrgica, la tomé del brazo y la guié hasta el área de cajas, donde le pedí al empleado de turno que llamara al contacto de emergencia.
Tenía una particularidad con los ancianos. No era piedad ni solidaridad romántica. La longevidad en un mundo caótico era un logro técnico fascinante. Si habías logrado sobrevivir siete u ocho décadas en este planeta sin que te mataran o te destruyera tu propia estupidez, merecías un mínimo de respeto analítico.
Además, la vulnerabilidad ajena siempre generaba las mejores oportunidades.
Mientras el cajero marcaba el número distraído, aproveché la cercanía para deslizar mi mano con la soltura de una cirujana dentro del bolso de la anciana. La gorra de béisbol que llevaba calada hasta las cejas bloqueaba el ángulo de la cámara de seguridad más cercana. En menos de dos segundos, extraje su billetera, le eché un vistazo rápido bajo el mostrador, retiré la tarjeta de crédito con el chip más rentable y deslicé el cuero de vuelta a su sitio.
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Editado: 21.08.2026