Entramos al apartamento de playa que Greg había rentado para las vacaciones. Tiré las llaves sobre la consola del recibidor con un chasquido metálico y avancé directo hacia la barra de la cocina.
El lugar no tenía nada de extraordinario: una cama matrimonial que olía a detergente barato, una cocineta integrada, un baño claustrofóbico y un balcón con vista al Océano Pacífico.
El chico se tomó su tiempo para cruzar el umbral. Sus pasos eran lentos, escudriñando cada rincón del espacio con una reserva aristocrática y curiosidad medida.
—No está mal—susurró más para sí mismo que para mí, repasando con el dedo la superficie del mesón.
En el lenguaje de la élite británica, un «no está mal» equivalía a un cumplido desmesurado. Nunca entendería la manía de esa gente de maquillar la condescendencia con eufemismos.
Había accedido atraerlo aquí únicamente por privacidad. Se suponía que este viaje era la escapada veraniega de Greg y mía, pero su madre había enfermado repentinamente en Pasadena, obligándolo a partir a toda prisa. Prometió regresar en dos días. Dos días... tiempo más que suficiente para planear una ejecución limpia si las circunstancias lo requerían.
Acomodé las bolsas del supermercado sobre la barra y observé de reojo cómo el muchacho le murmuraba una instrucción imperceptible a su escolta. Sin emitir un solo ruido, el hombre mayor hizo una leve inclinación de cabeza, dio media vuelta y se retiró, cerrando la puerta tras de sí. El silencio se prolongó durante unos minutos. Creí que me daría una embolia por quedarme a solas con este muchacho, pero a parte de que la tensión se podía cortar con un cuchillo, nada extraño me pareció la escena.
Él consultó el reloj de pulsera de oro blanco que rodeaba su muñeca.
—Bien. No dispongo de mucho tiempo, así que iré directo al grano.
Me descalcé sin prisa, arrojando los zapatos a un lado.
—Esto será interesante.
—Mi nombre es Avan. Avan Brighton —comenzó, entornando los ojos con frialdad—. Soy estudiante de una institución bastante particular en Europa. ¿El nombre de Aznen te resulta familiar? Supongo que lo conoces.
—Sé un par de cosas—respondí, encogiéndome de hombros.
Se me revolvió el estómago.
Oír hablar de Aznen en mitad de mis vacaciones era lo último que deseaba; la sola mención traía consigo el olor a sangre limpia y carpetas archivadas. Aunque era inevitable, desde el momento en que lo escuché pronunciar mi nombre real, que esta conversación iba a girar, en algún punto, hacia ese lugar.
—Seguro que sí—murmuró, regalándome una sonrisa gélida y ensayada.
Comenzaba a detestaresa sonrisa.
¿Qué combinación de reactivos químicos necesitaría para borrársela del rostro de un plumazo?
—Como sea—prosiguió—. He viajado desde Suiza con el único propósito de hacerte una propuesta que no vas a poder rechazar.
—Muero de fascinación.
Ya sabía más o menos por donde iba el asunto. Alguien de los de arriba mandó a este chiquillo a hacer un trato conmigo. Uno que seguramente sonaría a: «No morirás, pero desearás estar muerta». ¿Por qué enviaron a un adolescente? Ese es el verdadero misterio. Aún como fuera, no iba quedarme de brazos cruzados escuchando su monólogo elegante con ese ridículo acento. Necesitaba apagar el ruido en mi cabeza antes de perder el control. Caminé hasta la estantería de la cocina, tomé una botella de vino blanco, le retiré la cápsula y le saqué el corcho de un tirón.
Bebí directamente del cristal, sin importarme la mirada hastiada de Avan ante mi falta de decoro.
El primer trago de vino me quemó la garganta, pero el etanol hizo su trabajo casi de inmediato: el calor aflojó los músculos de mi cuello y amortiguó el zumbido de quinientas ideas por segundo. Justo lo que necesitaba.
—Regresas a Aznen—continuó Avan, gesticulando con refinamiento—. Te matricularás bajo una identidad encubierta como una estudiante común y corriente. Y cuando la juntadirectiva anuncie el Circuito, participas. Listo. Simple.
Me detuve con la botella a medio camino de los labios y solté una risa sorda que terminó convertida en una estrepitosa carcajada.
¿Acaso esto era una broma de cámara escondida? Me giré buscando la lente de la cámara. Seguro el programa se llamaba «¿Qué tan desesperada tiene que estar una estafadora para hacerle caso a un adolescente?».
Pensé que seguirían las amenazas, un acuerdo horrible pero que es mejor que la muerte. ¿Quiere que regrese a Aznen, y encima que participe en el Circuito? ¡Esto es increíble!
—¿Ese es tu gran plan? —ironicé. En este punto me estaba riendo con descaro en sus narices—.Olvidas el pequeño detalle en el que descubren quién soy y me convierten en omelette antes del primer semestre.
Avan apretó la mandíbula y fijó sus ojos en los míos.
—No te van adescubrir.
—¿Ah, no? —alcé una ceja—. ¿Y quién garantiza eso? ¿Tú?
Volví a estallar en risas. En el umbral de la otra sala, la silueta de mi madre se materializó con los brazos cruzados y esa mirada de decepción que solía anteceder a los golpes. Alcé la botella en su dirección. «¡Salud, mujer!», y tomé otro trago que me entibió la garganta. Parpadeé y el marco de la puerta volvió a quedar vacío.
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Editado: 10.09.2026