—Bien —dijo Avan, rompiendo el silencio—. Supongo que tienes bastantes cosas en qué pensar.
Aún continuábamos en el apartamento. Ni siquiera era mediodía y mi estómago ya protestaba por falta de alimento.
—Todavía tienes que darme los detalles —agregué, trepándome con agilidad sobre el borde de la cómoda, cerca de la pared.
Avan arrugó el entrecejo, se reacomodó el nudo de la corbata y extrajo un dispositivo del bolsillo interior de su saco.
Me tendió un teléfono inteligente completamente nuevo. Lo tomé, evaluando el peso y los acabados del terminal. Era un modelo de última generación, un iPhone impoluto y sin rastros de uso previo.
Al contacto con mi huella dactilar, la pantalla se iluminó, desplegando un expediente digital meticulosamente redactado. Eran mis nuevos datos generales. La vida que tendría que encarnar a partir de ahora.
Nombre: Yang Su Yeon. Edad: 16 años. Nacionalidad: Coreana. ¿Coreana? ¿Y por qué «coreana»?
—Todo lo que necesitas saber está ahí —explicó Avan, observándome en silencio—. Desde tu árbol genealógico ficticio hasta tu historial académico detallado. Certificados, reconocimientos, partida de nacimiento apostillada… etcétera, etcétera.
Deslicé el dedo por la pantalla, devorando los párrafos a toda velocidad. Abrí un poco la boca ante el nivel de minuciosidad del expediente.
—Parece que lo tienes todo bajo control —comenté con un matiz de diversión—. ¿Es una manía de la aristocracia inglesa ser tan absurdamente detallista…? Aunque sigo sin entender lo de la nacionalidad coreana. ¿Es por la cultura popular?
Avan no respondió. Como ya empezaba a notar, solo contestaba las preguntas que consideraba estratégicas o relevantes para su agenda.
Examiné la documentación comprimida en el teléfono. En resumen, el archivo construía catorce años de educación impecable y actividades extracurriculares en la República de Corea. Un sistema hipercompetitivo donde reinaba el capitalismo académico en su máxima expresión. No debía cantar victoria tan rápido; encajar en ese molde requeriría precisión.
Aún así, analicé la situación en mi interior y, sin ánimos de presumir, estaba convencida de que fingir dieciséis años no representaba un reto insuperable. Tenía veintidós, pero mi desarrollo madurativo y físico no había cambiado drásticamente desde que abandoné la secundaria. Además la reestructuración facial había suavizado mis rasgos, dándome una apariencia bastante juvenil.
«No puedes tener veinte años». «Tengo veintidós». Ese era el intercambio constante que sostenía con los encargados de seguridad cada vez que intentaba ingresar a un bar. Por ese lado, la farsa funcionaría sin fisuras.
Avan me observó mientras leía a una velocidad sobrehumana. Su rostro volvió aponerse rígido cuando consultó su reloj.
—Mi vuelo sale en un par de horas y mi chófer vendrá por mí en unos cuarenta minutos… más o menos. ¿Te molesta si espero aquí?
Negué con la cabeza en un movimiento pausado, manteniendo la vista fija en la pantalla.
La biografía inventada encajaba extrañamente bien con mi trasfondo real. Yo había nacido en China, pero mi familia se trasladó a Corea cuando yo tenía ocho años buscando mejores oportunidades económicas. Por eso dominaba el coreano con la fluidez de una nativa y conocía los códigos culturales a la perfección.
No fue sino hasta los doce años cuando abandoné Asia para ingresar a Aznen —un detalle que nadie conoció durante mi estancia allí—. Jamás fui lo que se diría una estudiante popular.
Desde que tenía memoria, había aprendido una lección amarga: «ser un Sapiente es una auténtica maldición».
No encajabas en ninguna parte. Y la gente común te tenía una especie de asco y miedo.
El propósito oficial de Aznen era acoger a estos jóvenes inadaptados pero brillantes y brindarles un entorno de alto rendimiento adaptado a su intelecto y necesidades, rodeados de pares de su misma edad, hasta que estuvieran listos para «integrarse al mundo».
El problema real era que muchos nunca salían de allí.
El enigma de Aznen había sido objeto de debates y teorías conspirativas a nivel internacional, aunque casi todo se quedaba en eso: rumores filtrados y silenciados.
Debía admitir que Avan poseía una ambición y una frialdad fascinantes. Sentía una extraña contradicción con respecto a él. Era un Sapiente excepcional, de eso no cabía duda, pero mi orgullo no terminaba de digerirlo. Me conozco bien y, siendo bastante honesta, sentía una punzada de celos al ver que un crío había logrado rastrearme cuando yo había dedicado años a borrar cada una de mis huellas.
Levantéla vista. Avan avanzó hacia el balcón, pero se detuvo antes de cruzar el ventanal y se giró hacia mí.
Lucía ligeramente tenso.
—¿Tienes fuego? —preguntó, con voz neutra.
Parpadeé. No es como si no fuese algo que no pasara todos los días a diferentes horas en diferentes partes del mundo. Pero un «adolescente fumador» no era el perfil con el cuál lo había asociado.
Le arrojé el encendedor cuando lo conseguí entre los gabinetes de la cocina. Avan lo atrapó en el aire y salió al balcón. Permaneció allí un largo rato. Lo observé en silencio desde el interior sin que lo notara: estaba completamente sumergido en su propia mente, contemplando la línea de la playa con la mirada perdida en algún cálculo lejano.
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Editado: 10.09.2026