Aznen Academy

Capítulo 4.1:

Bostecé. Fue lo primero que hice cuando llegué al Aeropuerto Internacional de Ginebra.

Mi cabeza daba vueltas por el cambio de horario y mi estómago pedía con urgencia un baño donde poder vomitar. No recordaba haber sufrido tanto la primera vez que viajé. La edad ya me debe de estar pegando...

Tienes veintidós, tampoco eres una anciana.

Seguro fue porque bebiste sin parar ayer.

Olvidé lo mal que me sentía y dejé de compadecerme de mí misma en cuanto pisé la habitación del señorial Hotel Imperial President Wilson, de cinco estrellas. Con dedos sagaces tecleé el nombre del lugar en el buscador de Google usando el teléfono que me dio Avan, con la excusa de «ojear» el coste de una estancia de una noche y así hacerme una idea de cómo viven los ricos y poderosos... ¡Y más me valía no haberlo hecho!

El aire se me escapó en un jadeo.

—¡¿Cien mil dólares por una noche en una suite junior?! ¡¿Este chico robó un banco o qué?! —pregunté sin poder evitar la perplejidad de mi voz. Uno de los empleados de Avan me sonrió con incomodidad disimulada, sin verbalizar ninguna respuesta.

Descansar era lo que se suponía que debía hacer y para lo que Avan me había enviado, y vaya que si me lo tomé al pie de la letra. Me sentía como un activo de altísimo valor tras el exquisito desayuno; como la modelo mejor pagada de Victoria's Secret durante la sesión de masajes y tratamientos faciales en el spa del hotel, y como una deslumbrante actriz de Hollywood cuando deshicieron mi imagen grunge summer para reemplazarla por un delicado estilo girly coreano. El cual, por supuesto, amé.

El que tiene dinero hace lo que quiere con quien quiere; me quedó bastante claro.

Fue todavía más evidente cuando llegó el primer pago de los cincuenta millones que había pactado con Avan. Una tercera parte. ¡DIECISÉIS MILLONES! Solo tuve que firmar el contrato que me hizo llegar a través de su abogado y, ¡pum!, era mío. Sonreí como si hubiera alcanzado la cúspide de la existencia humana. El dinero sí compra la felicidad. Supe entonces que Avan hablaba muy en serio respecto al Circuito.

—¿Leíste bien el contrato que te envié? —escuché decir a Avan desde la pantalla de la laptop que sostenía uno de sus empleados. Había abandonado su refinado acento inglés en alguna parte de Estados Unidos, pues me hablaba como si no fuera uno de los hijos perdidos de la Corona.

Batallaba con el uniforme escolar de Aznen detrás de un biombo de estilo minimalista, esperando a que la modista me tomara las medidas para hacer los ajustes necesarios.

—Sí, lo leí anoche en el avión... —contesté, forcejeando con una de las mangas del blazer—. Y debo decirte, Brit, que me dejaste impresionada. El contrato no solo es legal, sino que está increíblemente bien estructurado. Lo único con lo que no estoy de acuerdo es con la multa por incumplimiento —hablé lo suficientemente alto para que me escuchara, asomando la cabeza por un costado del biombo. La modista levantó una ceja y, de un empujón suave, me devolvió detrás de la madera. Bufé. ¿Quién se cree esta estirada? ¿Nadie le enseñó que la cabeza de un asiático no se toca?

—¿De qué te quejas? —su voz sonó aristocrática, pero aún sin acento. ¿Acaso presumía el día anterior delante de mí con su tono inglés o solo estaba interpretando un personaje?—. Es lógico que pagues una compensación por incumplimiento de contrato. Así ambos trabajaremos tranquilos.

—Sí, pero ¿el doble? ¿No es un poco exagerado? —volví a asomar la cabeza, a lo que la modista repitió el gesto de empujarme. Le di un manotazo que la hizo abrir los ojos como un pez. Ningún extraño toca mi cabeza.

Terminé de vestirme y me presenté ante Avan con una sonrisa despampanante, luciendo el uniforme vinotinto de Aznen que me quedaba como un guante y armada con una enorme dosis de optimismo por el resultado.

Los empleados —un promedio de ocho personas— permanecían detrás de mí, a la expectativa de lo que diría el joven aristócrata sobre mi cambio de imagen. Todos habían trabajado duro siguiendo las pautas precisas que él dejó para hacerme lucir más joven. No mentiré: Avan tiene un gusto impecable.

Mi cabello castaño pasó a ser de un negro azabache brillante con ondas suaves y firmes. Mi piel se veía fresca gracias al tratamiento facial. Estaba más que satisfecha. Así que cuando me coloqué frente a la pantalla —que mostraba al British en lo que parecía ser un jet privado, sosteniendo los cubiertos con elegancia mientras almorzaba algo, lo que me indicó que hizo otra parada en Estados Unidos y no voló directo a Suiza como imaginé— y exclamé un ruidoso «¡TA-DÁ!», no esperé para nada la mueca de disgusto que puso después. Me dejó aturdida.

—¿No hay forma de que parezca más corriente? —le preguntó con el ceño fruncido a una de las estilistas. Sin una pizca de sarcasmo ni malicia; hablaba con la fría seriedad que el asunto le merecía.

—Podemos cortarle un flequillo y ponerle gafas de pasta gruesa —se apresuró a responder la mujer—.Si aún no está satisfecho, señor, podemos colocarle frenillos.

Sobre mi precioso cadáver.

—¡¿Qué?! ¡No! —exclamé, dirigiéndome de inmediato a Avan—. ¿Acaso quieres que parezca Betty la Fea?

Él suspiró, fastidiado.

—Necesito que pases desapercibida. Que te veas bonita solo hará que llames la atención.




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