Aznen Academy

Capítulo 4.2:

(Sí llegaste hasta aquí ayúdame con tu voto pls)

Todo el recorrido hacia la Academia, desde Ginebra hasta Appenzell, lo hice custodiada por dos hombres que trabajaban para Avan. El primero no hablaba mucho, pero sí que intimidaba: era enorme, robusto y ejercía de chófer. Sentí que era la forma sutil en que Avan me decía: «Intenta hacer algo y no lo harás dos veces».

El segundo, de mediana estatura y sumamente parlanchín, simularía ser mi padre para el registro estudiantil.

El viaje fue largo y agotador, pero todo valió la pena al contemplar la magnífica obra de arte que eran los Alpes suizos. El cielo lucía de un azul despejado y radiante, muy diferente al de América. El pueblo de Appenzell desplegaba casas pequeñas, parecidas a cabañas meticulosamente diseñadas. La naturaleza florecía en su máximo esplendor por todas partes y el aire olía a tulipanes y jazmines (toda una suerte para el final del verano).

Nada había cambiado, salvo que todo se veía... mejor.

Recorrimos un largo trayecto en auto por el frondoso bosque verde durante cuarenta y cinco minutos —la distancia que separa Aznen de Appenzell, el pueblo más cercano— hasta la Academia. Los árboles altos y tupidos transmitían cierta esperanza, y sin duda se respiraba mucho mejor aquí que en la ciudad.

Al llegar, se me revolvió el estómago.

La Gran Academia de Aznen no escatimaba en esplendor. Un imponente complejo estudiantil rodeado por la naturaleza que reunía a los jóvenes más brillantes del planeta para forjar el mañana (o eso rezaba su eslogan en la entrada principal).

Según el contrato, debía pasar un año entero aquí. Hasta el próximo verano cuando, según Avan, se reanudaría el Circuito que llevaba siete años suspendido. El mismo tiempo que pasé fuera.

¿Ahora qué vas a hacer, ingenua?

Respiré profundo y contuve las náuseas por décima vez en el día. No creí que me pondría tan nerviosa.

El chófer estacionó cerca de la entrada principal tras atravesar el enorme campus y sacó mis maletas del portaequipajes. Miré de frente el edificio principal, incapaz de creer que estaba de nuevo en ese lugar. Recuerdos fugaces me atravesaron como flechas incendiadas de nostalgia.

Intenté borrarlo todo de inmediato. Me convencí de que no tenía sentido acobardarme ahora. Que no importaba que sus estudiantes los Sapientes fueran la encarnación de todo lo que está mal en el mundo, ni que los absurdos códigos secretos entre fraternidades pudieran costarte la vida. También me dije que la picazón en mi brazo era una simple urticaria y no la reacción de mi cuerpo a la sombra de un recuerdo que creí olvidado. Apreté el asa de mi maleta y me pregunté si algunas cosas seguían siendo tan horribles como las recordaba.

Pero no importaba la respuesta.

Ya estaba allí. Ya había aceptado el dinero. Ya había cerrado un trato.

Tomé mi equipaje y me dirigí al área de registro escoltada por el fantoche y mi queridísimo «padre».

El vestíbulo estaba repleto de estudiantes. Todos uniformados, tal como lo exigía el estricto código de vestimenta de la institución; todos, incluyéndome a mí, ya que las reglas prohibían salir de las habitaciones con ropa civil. Claro que, como entodo lugar, existían días muy puntuales en los que se hacían excepciones.

—Siguiente —dijo con tono malhumorado una de las mujeres encargadas del registro.

No debíamos tardar mucho. Se suponía que Avan había completado la inscripción por internet junto con el riguroso examen de admisión. La mujer solo debía cerciorarse de que me había presentado y que la información coincidiera. Sin embargo, nos demoramos más de la cuenta porque la encargada se quedó atónita al revisar mi expediente. Solo notas sobresalientes. Para resumir, a Avan solo le faltó colocar mi pasantía en la NASA y mi habilidad para construir un super colisionador de partículas subatómicas en cinco minutos.

Te hizo un copia y pega de sí mismo.

Me entregaron una bolsa con obsequios institucionales: suéteres, chaquetas con el logo de la Academia, una gorra con una marmota (la mascota del colegio) y una mini tablet junto a una laptop destinada a investigaciones. Me informaron de que la red wifi solo se activaba en momentos puntuales del día, únicamente en áreas específicas, y que jamás llegaba a los dormitorios. Al menos eran un poco más flexibles que en mis tiempos.

Después me dieron una pequeña credencial con mi nombre y nacionalidad, una llave con el número de mi habitación y la indicación de que podía escanear el código QR distribuido en las paredes por si me perdía. Al escanearlo, se desplegaba el mapa del campus con los puntos de interés marcados, la aplicación de la institución con información para los nuevos, el reglamento interno y mi horario de clases.

Nada de esto existía cuando estudié aquí. Antes teníamos que cargar con libros pesados y el tomo físico del código de vestimenta y conducta. Ahora todo estaba digitalizado. Agradeciendo en silencio las mejoras, salí con los hombres de Avan hacia el vehículo.

Fuimos hacia las residencias de inmediato. Los dormitorios de chicas estaban situados en la misma área de siempre, cerca del edificio principal, por lo que no condujimos mucho. Me despedí de los trabajadores y caminé hasta mi habitación. Apretaba la funda de mi violín con más fuerza de la necesaria y en la otra el asa de mi maleta. Pensé que jamás volvería a tocar un violín en mi vida, pero heme aquí con un instrumento costosísimo gentileza del Ricky Ricón británico.




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