Mi primera impresión de Holly Carter fue que no tenía muchos amigos en Chicago. Era increíblemente atenta e intentaba por todos los medios caerme bien.
Sin embargo, su actitud no me parecía molesta ni exasperante: no me bombardeaba a preguntas ni parloteaba a diestra y siniestra. En lugar de eso, hacía preguntas cortas y esperaba pacientemente su turno para hablar. Toda una personalidad soft.
Era el polo opuesto de mi antigua compañera de habitación, Greta Berglund, quien hablaba hasta por los codos y tenía una extraña compulsión por acumular objetos triangulares. Al principio no es molesto, pero cuando te levantas al baño a las tres de la madrugada y tus pies descalzos se tropiezan con uno de esos filosos objetos regados por el piso, cambias de opinión.
En cuanto a Holly, pensé que podríamos ser amigas. Representaba la coartada perfecta para hacerme pasar desapercibida. Mencionó que no solo seríamos compañeras de cuarto, sino también algo que denominó «amigas de cuerdas», ya que ella tocaba el violonchelo.
Nos dirigimos al Corazón de Aznen, el edificio principal de la escuela. Allí nos esperaban un grupo de estudiantes que también participarían en el recorrido.
La Academia Aznen era un despliegue de arquitectura imponente y lujo sobrio: techos de altísima bóveda, ventanales de piso a techo que filtraban una luz pulcra, y acabados en mármol y madera oscura que proyectaban una opulencia académica intimidante. Por sus etiquetas, pude notar que los recién llegados provenían de todas partes del mundo, desde Ghana hasta Rumanía. Esa variedad cultural era el sello distintivo de la institución. Éramos un mosaico de orígenes e idiomas unidos por el talento, la perspicacia y un deseo voraz por aprender; características inusuales en adolescentes comunes, pero frecuentes aquí, entre los Sapientes.
Sí, los Sapientes aterraban al mundo entero. Por eso, hace más de un siglo, los líderes mundiales decidieron que en vez de luchar contra esa inteligencia malévola, resultaba más conveniente (y también más seguro) enseñarnos a actuar como personas comunes y utilizar nuestras capacidades en beneficio de la humanidad. Por fuera las diferencias entre humanos comunes y humanos Sapientes son imperceptibles: La verdad es que luzco, pienso y siento como cualquiera, pero soy mejor; eso es lo decían en mis tiempos en la Academia, y también soy peor, eso era lo que creía el resto de la humanidad.
Eché un vistazo a mis futuros compañeros. La brecha entre los novatos y los veteranos era palpable. Mientras los estudiantes antiguos caminaban por los pasillos con la cabeza en alto, zancadas firmes y sonrisas de sutil arrogancia, los de nuevo ingreso eran un manojo de nervios. Temblaban como maracas, sudorosos y marcados por el acné. Comprendía lo difícil que era para muchos estar lejos de sus familias, en un entorno completamente desconocido y del que se habla la mayoría de las veces mal. Yo también había estado en su lugar.
Cada uno de los novatos mostraba su ansiedad a su manera: se reajustaban los lentes, se frotaban las manos para calmarse y uno de ellos incluso recurrió a su inhalador para aliviar el asma.
Encantador.
Por otro lado, los veteranos poseían esa chispa determinada en la mirada que los hacía destacar, me recordaban a Avan. No lucían como los típicos nerds que componían el grupo del tour. Parecía líderes natos... aunque, en el fondo, también fuesen unos nerds.
Tras unos minutos demurmullos especulando sobre qué profesor nos daría el recorrido, el ambiente se tensó de incertidumbre. De pronto, un chico y una chica aparecieron frente a nosotros.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al fijar la vista en el muchacho. Era alto, sobrepasaba con facilidad el metro ochenta. Su mirada era intensa y oscura a pesar de sus ojos castaños, y, por alguna razón, su sola presencia me hizo estremecer. Intenté disimularlo, pero noté que Holly Carter me observaba de reojo.
—Buenos días, queridos compañeros de Aznen —dijo él, esbozando una sonrisa genuina—. Mi nombre es Prady y soy el vicepresidente del consejo estudiantil de la Academia. Seré su guía está mañana.
Murmullos de aprobación ysonrisas de entusiasmos recorrieron al grupo. Varias chicas lo contemplaban embelesadas, casi en trance. Al parecer, en los demás causaba un impacto muy distinto.
Pero... ¿qué clase de nombre es Prady?
Nadie pareció cuestionárselo. El guía nos había dejado a todos sin palabras por varios minutos y por diferentes motivos.
El fenómeno psicológico conocido como el efecto halo establece nuestra tendencia a juzgar el carácter global de una persona basándonos en un solo rasgo destacado. Di alguien es sumamente atractivo, asumimos de manera inconsciente que también es inteligente, agradable, un ciudadano ejemplar y alguien que respeta la ley al pie de la letra. Atribuimos virtudes sin fundamento solo por una cara bonita. Es un mecanismo incoherente, pero así funciona la mente humana.
Y eso era exactamente lo que estaba sucediendo con Prady.
La chica a su lado, en cambio, se veía más falsa que mi fingida sonrisa de cortesía. Rubia (de tinte, una falsa rubia), llevaba el cabello corto peinado en suaves ondas al estilo de los años veinte, complementado con una diadema adornada con cuentas blancas sobre la frente y un par de plumas del mismo color.
Con total descaro y buscando acaparar la atención, desplazó a Prady a un lado para ocupar el centro.
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Editado: 10.09.2026