Me encerré en el dormitorio.
No sabía qué se había hecho Carter. Y no quería saberlo. Mi mente giraba alrededor de esas fotografías: la mía y las de mis amigos. Los tres, sonrientes; ignorando nuestros destinos y lo que habíamos pasado como si fuera nada.
Sentí coraje. Tanto, que puse la habitación patas arriba.
Arrojé todo al suelo y abrí mi maleta solo para vaciarla y tirar su contenido.
En un ataque de ímpetu, acabé con cuanto tenía delante. Lloré. Sentía una impotencia enorme. Grité. Hice una rabieta para drenar la furia.
Todos estos años, nunca imaginé que mi amigo, mi hermano, ya no estaba...
Repasé en mi mente, una y otra vez, lo que leí en el epígrafe de nuestras fotos:
«En memoria de Yu Wenyue. 2001 - 2016.
En memoria de Zaid Metlej. 2000 - 2016.
En memoria de Lucy Hollow. 2001 - 2016».
Ese año fue nefasto.
Las sonrisas en nuestros rostros...
Yo... sonriendo...
Fue la última vez que sonreí de verdad.
Y ahora, esa imagen me retrataba en una foto que hacía pasar una mentira por verdad.
Yo... ¿Una especie de heroína en Aznen?
No pude contener las lágrimas, que cayeron como cascadas por mis mejillas.
Me lancé sobre la cama y me tapé la cara con la almohada en un intento por controlar la rabia.
Poco a poco, fue como si todo se detuviera dentro de mí. La furia se quebró; el llanto se cortó. Ahora solo quedaba un profundo vacío que me dejó sosegada. Supe, a modo de revelación inconsciente, lo que tenía que hacer: debía dominar lo que sentía, no podía dejarme llevar, no ahora.
Me puse de pie, casi adormilada, y caminé hasta el baño.
Lo primero que hice al llegar fue mirarme en el espejo.
El cambio que había tenido era drástico si se comparaba con la foto. Ni yo reconocía mi reflejo. La cirugía me rebajó las mejillas, dejándolas más tensas y perfiladas. Mis ojos se veían más abiertos, con el párpado rasgado al final. Mi nariz era más pequeña y fina.
Me veía natural.
Hermosa.
Joven. Como de dieciséis.
Era la belleza que siempre anhelé a los quince años. Creí tener todo lo que deseaba, pero no era verdad: perdí lo que en realidad necesitaba.
La culpa me estaba consumiendo. No dejaba de pensar en que, si me hubiera quedado en Aznen, mis amigos todavía estarían con vida.
Y, en un segundo, mi reflejo se distorsionó. Vi a la que fui como una sombra en el cristal. Esa chica de cabello graso y oscuro, de ojos pequeños y profundos, con la nariz picuda y la sonrisa torcida. Me miraba y se reía de mí.
Quería atormentarme. Quería vengarse por la muerte de Zaid. ¿Por qué? Si no había sido mi culpa.
Llevé las manos a la cabeza y lancé un agudo grito que retumbó en la estancia.
Apoyé con fuerza la frente contra el espejo. Un crujido seco resonó y unos pocos fragmentos cayeron al lavabo.
Quedó una pequeña fisura en el vidrio, como si le hubieran dado un golpe certero.
Estaba devastada.
Pensé que nada me haría entrar en razón. Caí al suelo, consciente, pero sin fuerzas. Ni siquiera noté cuándo Avan entró en la habitación ni cuando me revisó los ojos con una linterna. Sabía que no me había desmayado, pero lo deseaba.
Dijo algo, pero no lo entendí. Hizo fuerza y me levantó hasta la cama más cercana. Desapareció un segundo de mi vista y regresó con algo en las manos. Me acercó un trozo de algodón a la nariz y el olor a alcohol me impregnó las fosas nasales.
Tosí; el aroma era penetrante.
—¿Ya te sientes mejor? —Avan apartó el algodón y yo le tomé el brazo para guiarlo de nuevo hacia mi nariz. No había rastro de su acento.
Volví a toser y lo aparté. Sí, ya me sentía mejor.
—¿Vas a contarme lo qué pasó, o debo interrogar al espejo del baño para que me diga qué te hizo?
Suspiré. No quería hablar de lo sucedido; estaba exhausta. Pero sabía que, tarde o temprano, tendría que hacerlo.
Avan se puso de pie y paseó por la habitación, detallándolo todo, como aquella vez en California. Echó una mirada analítica al desorden y observó muy de cerca las estanterías que yo no había tocado, pero que por alguna razón le interesaron.
—¿Por qué no me dijiste que estaba muerta? —pronuncié, incorporándome en la cama después de un rato. Intenté sonar lo más calmada posible.
—Oh, era eso. —Se giró con lentitud y me contempló con un deje de diversión—. No creí necesaria esa información.
—¿Y la muerte de Zaid? ¿Ibas a contarme, o también era información innecesaria?
—Es claro que hablar de este tema te molesta...
—¿ME MOLESTA? —Grité, interrumpiéndole.
Hubo silencio.
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Editado: 10.09.2026