Aznen Academy

Capítulo 7:

«Trabajas para mí, no conmigo, ¿sí entiendes, verdad...?».

Sus palabras se habían quedado grabadas en mi mente desde que las pronunció.

Avan era como un comandante estratega. Estaba más allá del límite. Y resultaba que podría cruzar ese límite cuando quisiese porque era el dueño del juego...

A primera hora del lunes, los alumnos de nuevo ingreso tuvimos una bienvenida en el teatro de la Academia. El lugar tenía una capacidad para cinco mil personas y no era muy diferente a los famosos teatros de ópera.

Agatha Hankles, la directora de la escuela, no había cambiado nada en estos siete años que estuve fuera. Seguía luciendo joven, esbelta y hablaba regalándole a todos una de esas sonrisas congeladas que daban tanto miedo debido a dos cosas: la generosa cantidad de bótox que se había inyectado en el rostro y el hecho de que eran más falsas que el tupé del maestro de ciencias.

—Es un honor poder enseñarles a jóvenes excepcionales como ustedes —dijo con voz solemne durante su discurso—. Aznen es más que una escuela; ha sido la cuna de muchos científicos y grandes empresarios que, con su arduo trabajo, hicieron más de un aporte al mundo... Es lo que Aznen pide a cambio, apreciados alumnos: que al salir de esta Academia se queden con las enseñanzas y conviertan al mundo en un lugar mejor... Los Sapientes, aunque es solo una minoría en el mundo, representa el futuro de la humanidad. Recuérdenlo... De ustedes depende un mejor mañana.

Todos los presentes estallaron en aplausos y, de la emoción, muchos se pusieron de pie. Yo también lo hice, pero porque me sentí obligada, no porque estuviera emocionada en absoluto.

Observé el rostro de la directora Hankles una vez más y me pregunté: ¿cómo es que aún recuerdo cómo se veía exactamente en el 2015?

Recordé incluso lo que almorzaba la tarde de junio en que crucé palabras con ella por última vez. Precisamente un día antes de que se realizara el segundo circuito en el que participaría y que, posteriormente, ganaría.

El olor a Beef Wellington preparado con ingredientes de alta gama invadía mis fosas nasales. La suave brisa de verano se apreciaba mejor en los jardines de su residencia.

—No tienes que participar —me aseguró, después de comer un bocado exagerado—. Ya ganaste una vez, ¿tiene sentido que lo hagas dos? Solo ríndete.

Mis pupilas fueron de su cara a la comida. Hankles se las había arreglado para que todo en la mesa se viera perfecto, atrapante. Intentaba decirme con cada detalle que estaba de mi lado, que desistiera de participar en el circuito y que hacerlo me convenía. ¡Madre al fin y al cabo! Su querido retoño, Craig, tendría oportunidad si yo me restaba de la ecuación.

Pero no consiguió engañarme.

La carne de su Wellington no era carne de verdad, aunque a eso supiese. Era vegana. Falsa carne. Solo un paladar muy fino lo notaría. Al igual que su interés por mí.

En fin, todo estuvo muy bien organizado. Después del discurso de la directora Hankles, varios maestros hablaron durante más de una hora sobre la importancia de leer el código de conducta y vestimenta de la escuela.

Sentí que vivía un déjà vu al ver a algunos de los fósiles... eh, es decir, a algunos de mis antiguos maestros que todavía impartían clases en Aznen.

Sonreí para mis adentros.

Era una dicha que no todos hubieran muerto en el incendio que ocasioné en el gimnasio. Tampoco es que odiara a ninguno en particular.

La bienvenida terminó al mediodía y Holly y yo fuimos directo a la cafetería.

Perdimos toda la mañana sentadas escuchando a viejos parlotear, así que imaginé que en la tarde empezaría el verdadero primer día de clases.

Fuimos por nuestras bandejas y nos sentamos en una mesa cercana.

Holly suspiró y se dejó caer en su asiento.

—¡El código de conducta de Aznen es tan injusto! —se quejó, dejando caer un pesado ejemplar de dicho código sobre la mesa.

Después del evento, nos habían entregado uno de esos libros a cada uno. No estaba segura de dónde había dejado el mío, pero no me preocupé.

A mi alrededor, la vibra agradable de la cafetería me hizo dudar de si la había estado recordando de forma precisa durante todo este tiempo. Estudiantes sonrientes caminaban por doquier y la comida olía especialmente bien.

—No es tan malo —dijo Veera, una estudiante finlandesa que Holly conoció el primer día que llegó—. Digo, las cosas podrían ser peores.

Veera era una chica muy gentil.

Al segundo de conocerla, me dio la impresión de que era de fiar.

Se aprendió rápido mi nombre y preguntó con mucho interés por la herida en mi frente, la cual una de las enfermeras de la escuela había cubierto con una curita.

—Página 56, subsección 5, párrafo 8 —leyó Holly, concentrada—: «Los estudiantes de diferentes sexos tienen prohibido tener contacto físico que vaya más allá de lo que es moralmente apropiado». —Hizo una pausa—. «Contactos físicos que sí están permitidos: un apretón de manos como saludo... chocar los cinco si alguno de tus compañeros ha alcanzado un logro a nivel académico que requiera reconocimiento, o si alguien ganó... ¿el Decatlón...?» —leyó confundida. Veera y yo empezamos a reír—. «¿La maniobra de Heimlich si tu compañero o compañera se está ahogando con algo que comió...?». ¡Esto es estúpido!




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