Lunes 28 de Agosto;
7:15 AM
AVAN:
Caminé de un lado a otro por el pequeño salón de clases abandonado que usaba a veces como escondite y sala para pensar. Es lo que necesitaba ahora: pensar. Estar un rato a solas y alejarme de todos. Era un lugar pequeño y ventilado. De paredes blancas. Y, aunque estaba abandonado, no lucía deteriorado.
Miré el reloj en mi muñeca y las agujas marcaban las siete y cuarto de la mañana. Cuarenta y cinco minutos para que empezara la primera clase del año escolar; en este momento todos deberían estar desayunando en la cafetería de la escuela.
Tomé el marcador acrílico y escribí en la pizarra blanca con letras grandes y legibles «PESADILLAS/CAUSAS». Hay infinitas razones por las cuales una persona tiene pesadillas. Películas de terror, habitación con corrientes frías de aire, eventos traumáticos...
Subrayé esa última oración en el pizarrón. ¿Será posible... un evento traumático?
Le di vueltas y vueltas al asunto en mi cabeza, y estuve así hasta que me percaté de que había perdido más tiempo del necesario. Siete y treinta y dos minutos de la mañana. Debía tomar una decisión.
Dejé el marcador en el escritorio y me mordí el labio. La inquietud no era propia de mí, así que cada vez me parecía más razonable el hecho de que necesitaba ayuda. No había dormido en una semana y ya estaba comenzando a experimentar las consecuencias de la falta de sueño, como los problemas de coordinación, la irritabilidad y los cambios de humor.
Pensé en la oferta anual que me ofrecía la doctora Mishra para una sesión de terapia en su oficina. Solo pensarlo me daba escalofríos. Estar en un cuarto solo con esa mujer mientras le cuento cómo me siento... Simplemente... No... No puedo...
La idea me parecía detestable. Pero no podía descartarla todavía.
Analicé la situación de diferentes formas. Repasé una y otra vez los pros y los contras en mi mente, y terminé por concluir que quebrarme en pedazos no serviría de nada con Wenyue aquí. Había avanzado tanto para llevar a cabo este plan que no dejaría que las cosas pasaran así nada más. La doctora Mishra no era mi persona favorita en el mundo. Estaba loca, y todos aquí lo sabían. Pero era mi mejor opción en este momento.
Salí del salón secreto y cerré la puerta con llave. Decidí que iría, por primera vez, al único lugar que no había pisado en todo Aznen: la oficina de la consejería estudiantil. Me sentí como si estuviera alejándome de mi propio cuerpo, como si, por un momento, dejara de ser yo.
Tenía muchas preguntas inquietantes, y todas ellas pasaban a gran velocidad por mi mente mientras las consideraba. ¿Me estaré volviendo loco? Era mi mayor temor y mi hipótesis más grande.
—¿A dónde vas, pequeño duende? —Reconocí la voz de inmediato. Interrumpió mis pensamientos y me giré con lentitud para verla.
Una figura alta, femenina y de piel color bronce me miraba con una sonrisa tirana en sus labios delgados. Entorné los ojos para garantizar que en verdad era Naisha quien me hablaba, y no un producto de mi imaginación. Estaba comenzando a dudar de mi cerebro, y eso me tenía desconcertado.
—Pasas demasiado tiempo en ese salón abandonado. —Cruzó los brazos—. Me pregunto si es ahí donde guardas todas tus refacciones para que nadie sospeche que eres un robot.
Ojos oscuros marcados por las ojeras. Aspecto rebelde y mirada descarada. Dos centímetros más alta que yo. No había dudas de que se trataba de ella. Solo ella se creía capaz de hablarme así y sentirse tan confiada.
La escaneé por un segundo más para asegurarme. Se había cortado el cabello desde la última vez que nos vimos y, aunque llevaba el uniforme escolar de manera correcta, tenía las uñas pintadas de negro. Solo con eso ya violaba el código de vestimenta de la escuela. Si algún maestro la atrapaba, tendría grandes problemas. Por lo visto, nada de eso le importaba.
—No tengo tiempo para tus tonterías, Naisha —aclaré y guardé las llaves en uno de los bolsillos del interior de mi blazer—. Tengo cosas más importantes que hacer.
Avancé y luego me detuve para contemplarla. Le dije:
—Me refiero a cosas importantes de verdad. No te esfuerces por entender.
Arrugó la frente.
Me limité a seguir mi camino e ignorarla. Lo último que necesitaba era tener un enfrentamiento con Naisha. Tenía demasiado conmigo mismo esta mañana, y con mis constantes pesadillas...
—¿Ahora haces cosas importantes? —Me siguió—. No digas estupideces...
No le di importancia a su comentario. Sentí que eso bastaría para deshacerme de ella, pero, como era de esperarse de Naisha, un simple desvío no iba a frenarla.
Seguí caminando como si solo me estuviera siguiendo un mosquito fastidioso y ella siguió riñéndome por un buen tramo mientras íbamos por el pasillo.
Esto era así la mayoría de las veces.
Naisha y yo habíamos tenido una especie de enemistad desde que entré en esta escuela. Ambos nos hemos pegado hasta hacernos perder el conocimiento. Para ella, verme fue odio a primera vista. Debido a eso, siempre se ha afanado en molestarme —lo que era un verdadero dolor de cabeza cuando yo tenía diez años—. En esa época, le complacía hacerme sufrir y lo logró en muchas ocasiones. Como siempre ha sido más alta que yo, mayor, y... ¿cómo decirlo con indulgencia...? Un animal; le resultaba más fácil de lo ordinario socavarme.
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Editado: 24.09.2026