Avan:
Salí del edificio donde se hallaba mi escondite y sentí el sol y el aire fresco de Suiza pegarme directo en la cara.
Hoy hacía un espléndido día. El sol, vigoroso, propio del verano, insinuaba que el otoño tardaría en comenzar y aseguraba que el invierno iba a ser ligero este año.
Me coloqué unas gafas oscuras y caminé en dirección a un grupo de estudiantes que trabajaban a tiempo parcial en un alquiler de bicicletas, motonetas y carritos de golf.
Aquí, en Aznen, es habitual encontrar estudiantes con trabajos de menos de tres horas al día. Sirven, en su mayoría, para preparar a cada alumno para enfrentar cualquier ida y venida del mundo real. Era una de las tantas formas en que la escuela nos preparaba para ser todoterreno. Más concretamente, esta labor era parte de la evaluación de una materia llamada Finanzas Básicas y Personales. Todos los estudiantes estábamos obligados a cursarla. Podíamos tomarla en el momento que creyéramos conveniente, pero debíamos asegurarnos de hacerlo antes de graduarnos, o no habría graduación a la cual asistir. Algunos dirían que es duro; otros agradecemos que se nos enseñe a administrar nuestro propio dinero, a elaborar un plan de ahorro y a usarlo con propiedad.
—Buenos días, querido compañero —la chica que trabajaba en el alquiler se inclinó haciendo el saludo marmota y ensanchó una sonrisa amable. Era bajita y parecía completamente entregada a su labor—. ¿Le gustaría saber qué modelos de bicicletas tenemos para ofrecer el día de hoy?
—Por ahora no, gracias. Esta vez quisiera alquilar una motoneta. Una pequeña.
—Oh, ¿se dirige al otro lado del complejo? —sacó una tablet y buscó algo allí—. Le fascinarán nuestros modelos ecológicos. Llegaron nuevos este año.
Giró la pantalla y me mostró las opciones con entusiasmo. Había una gran variedad de motos de diferentes marcas y colores; perdería el tiempo mirándolas todas.
—Lo que sea, pero que sea rápido.
Me sugirió una Vespa clásica de color blanco. Era ligera y de bajo impacto ambiental.
La tomé y resultó ser justo lo que necesitaba. Llegué sin problemas al suroeste del campus. Era la primera vez que venía por mi propia cuenta; no lograba imaginar qué cara pondría la doctora Mishra cuando me viera entrar en su oficina.
Me quité el casco y dejé la moto en la entrada de la consejería.
El lugar donde se encontraba la oficina de la consejera estudiantil parecía un mundo completamente ajeno a los paisajes de Suiza. La entrada daba paso a un exótico jardín japonés, rodeado de un gran estanque con flores y vegetación. A diferencia de los jardines occidentales, los tradicionales japoneses se diseñan con líneas curvas y de manera asimétrica, representando la naturaleza mediante la colocación calculada de árboles, hierba, flores, agua y rocas.
La casa era alargada, al estilo japonés antiguo, con un techo curvo hecho de la madera más selecta.
Cuando entré, noté que no había muchas personas a esa hora de la mañana, así que no me preocupé de que alguien pudiera verme allí.
En la sala principal me encontré con dos secretarias hablando entre risas. Me aclaré la garganta y ambas se mostraron sorprendidas al verme de pie frente a ellas.
—Buenos días —sonreí con amabilidad—. Quisiera hablar con la doctora Mishra. ¿Está disponible?
La mayor me miró con clara molestia y dibujó un gesto de antipatía en su rostro.
—Si desea hablar con la doctora a cargo, necesita reservar una cita con semanas de antelación. Si su caso es de suma importancia, puede hablar con uno de nuestros psicólogos de guardia. Dígame su nombre y su número de registro estudiantil y lo haré pasar ahora mismo.
—Quisiera hablar con la doctora Mishra —repetí, igual de cordial que al principio—. Es una emergencia.
—La doctora Mishra está ocupada. Vaya a clase y al final del día reserve una cita. Estará disponible en un mes —gruñó la anciana. Empecé a impacientarme.
—Bueno... pero —balbuceó la otra mujer, la más joven, con timidez—. No quiero interrumpir a la doctora... Pero apuesto a que si le preguntamos...
—¿Preguntarle? —exclamó la mayor—. ¿Quieres que nos echen? La doctora nos pidió expresamente que nadie la interrumpiera durante su clase de pilates, ¿acaso se te olvidó?
Excelente. Una clase de pilates es más importante que un alumno de esta institución.
—Bueno, no... Pero... —respondió la más joven—. Te aseguro que la doctora entenderá esta interrupción.
La anciana hizo un gesto de indignación mientras la otra le suplicaba con la mirada. No entendía bien lo que pasaba, pero estaba decidido a ver a la doctora Mishra hoy mismo.
Miré mi reloj: ocho y quince de la mañana. Habían pasado quince minutos desde que empezó la primera clase.
—Bien —bufó la anciana—. Pero me dejas fuera de esto. ¡Preguntarle! ¡Ja! ¡Qué barbaridad!
Tras una larga espera, la asistente más joven me hizo pasar y me acompañó al amplio aposento de la doctora Mishra.
Abrió las puertas corredizas y contemplé cómo la decoración del lugar no tenía nada que ver con el antiguo Japón.
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Editado: 24.09.2026