Avan:
Me invitó a sentarme en una pequeña mesa de patas cortas y quedamos frente a frente. Me costaba tomarla en serio sin sus largos vestidos tradicionales hindi y vistiendo en su lugar unas mallas de ejercicio ochenteras. Le daban demasiada libertad al personal por aquí.
—Debo admitir que me sorprendí con la llamada de mi asistente diciendo que querías verme —comentó mientras servía té de una tetera de porcelana y me ofrecía una taza con un chorro de leche—. No lo sabes, pero solo hay tres alumnos en todo Aznen que jamás han pisado mi oficina. Me desconsuela; ustedes los Sapientes deberían saber que la educación emocional y la orientación vocacional también son fundamentales.
Era cierto. La gran mayoría de los alumnos agendaba citas con la doctora Mishra o con sus asistentes. La mayoría de nosotros fuimos los llamados «niños excepcionales» aún así, ninguno de esos adjetivos eran sinónimo de poder con todo. ¿Quién dijo que sería fácil convivir con un cerebro fuera de lo común?
—Adivinaré, ¿las otras dos personas son esos extraños alemanes?
—¿Hablas de Winnie y Carsten? No, ellos son un amor. Son muy puntuales con sus citas.
Jamás pensé escuchar una frase que empezara con «Winnie y Carsten» y terminara con «son un amor».
—Me preguntaba cuándo sería el día en que el alumno más brillante y particular de Aznen vendría voluntariamente a mi oficina —continuó, sonriendo y mostrando la separación entre sus dientes frontales—. No pensé que tardaras tanto.
—No sentí la necesidad hasta ahora.
—Y tienes razón. Los seres humanos necesitamos sentir que tenemos el control de nuestras acciones. Sentirnos obligados es como llevar un cepo en el cuello —hizo una pausa y amplió su sonrisa—. Sin embargo, debemos buscar un equilibrio. Hay cosas que simplemente no podemos controlar.
—Usted lo ha dicho —asentí y tomé un sorbo de ese delicioso masala chai.
—Y dime, Avan —dijo tras un momento—, ¿qué cosas pasan por esa cabecita misteriosa? ¿Más chai? —me ofreció, y le agradecí sirviéndome un poco más.
Me preocupaba empezar a hablar, pero no podía pasar por alto algo tan grave.
—Verá, doctora Mishra... últimamente he estado teniendo pesadillas.
—Mmh... —se colocó las gafas y comenzó a escribir en su libreta—. ¿Y en esas pesadillas estás solo o hay alguien más?
—Hay más gente —respondí—. Estoy atado a una camilla de hospital de pies a cabeza. Varias personas me observan y toman notas.
—Interesante —anotó algo en el papel—. ¿Conoces a esas personas? ¿O son producto de tu imaginación?
—No las conozco. Ni siquiera puedo verles el rostro; todas llevan trajes de protección especial.
—Entiendo. ¿Hacen algo más aparte de observarte?
Me reacomodé en el asiento intentando recordar.
—Hablan. Todos al mismo tiempo. Gritan y me dicen qué hacer —me encogí de hombros al decirlo en voz alta—. Sé que no suena muy atemorizante, pero el punto es que esas pesadillas me persiguen a todas partes. Son tan reales que me cuesta distinguir la realidad de la ficción. ¿Me comprende, doctora? Temo que estos sueños terminen afectando mi intelecto y destruyendo todo por lo que he trabajado.
Le hablé con la seriedad que exigía el asunto. La doctora Mishra me miró con comprensión, dio un largo sorbo a su taza de té y me dedicó una sonrisa apacible.
—Bueno, esto es sin duda desconcertante —dijo quitándose las gafas—. Tengo que preguntar, Avan: ¿tus síntomas se asemejan a los del TEPT?
Asentí mirando hacia mis manos. Resultaba extraño e incómodo revelar todo esto frente a otra persona. Suspiré y tomé otro poco de té mientras la doctora continuaba:
—Muchos jóvenes que sobrevivieron al experimento PX88 mostraron síntomas de trastorno de estrés postraumático justo después de las pruebas. Con el tiempo, algunos desarrollaron TOC. De hecho, hay un patrón común en sus pesadillas: todos terminan soñando que siguen siendo sujetos de prueba. No te sientas mal, no eres el único que ha pasado por esto.
Hacía años que no escuchaba esas palabras: Experimento PX88. Un golpe certero de memoria sobre lo que viví cuando tenía ocho años me sacudió la mente. Todo lo que me sucedió antes de llegar a esta escuela...
La visión se me nubló por un instante antes de regresar a la realidad.
—En estos casos es normal experimentar emociones desagradables, y no debemos bloquearlas —continuó la doctora, ajena a mi choque interno—. Hablar de lo que sentimos es una muestra de amor propio; es un proceso hermoso, aunque doloroso. Sé que a ustedes los genios no les gusta hablar de lo que les pasa, sobre todo aquí en Aznen. Muchos juegan a ser adultos autosuficientes, pero deben recordar que siguen siendo adolescentes. Tienes quince años, Avan; está bien no saber qué hacer a veces.
Mis manos temblaban ligeramente y, a pesar del ambiente fresco, empecé a sudar. Me puse de pie, incómodo. Estaba experimentando otro de esos episodios y no quería perder el control allí.
—Suficiente, doctora Mishra. Gracias por su atención. Me temo que dejaremos esta charla aquí.
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Editado: 24.09.2026