12:45 PM
AVAN:
Me dirigí a paso firme a la cafetería. No dejaba de darle vueltas a mi cabeza, pensando en la última conversación que tuve con la doctora.
Seguro ya esa mujer se habrá enterado de que fui a ver a la doctora Mishra, y no hay duda de que esta última no se guardó nada de la conversación que tuvimos en su despacho.
Menuda suerte.
—¿Vas a querer algo, niño? No tengo todo el día. —La cocinera me miró con mala cara y enarcó una ceja esperando por mi orden. No me dio tiempo ni de pensar una respuesta inteligente; mi mente estaba en un sinfín de pensamientos que iban desde nuestra particular doctora hasta el PX88, así que solo me limité a pedir algo ligero para el almuerzo. Nada de grasas y, por supuesto, nada de carne.
Miraba a mi alrededor con ligera inquietud: alumnos por doquier con bandejas y sonrisas. Era la primera vez que lo notaba; la escuela se veía más ligera este año, hasta agradable. Todos parecen ignorar el hecho de que cabe la posibilidad de que reanuden el Circuito este año.
Un sonido inusual me sacó de mis pensamientos y me hizo dirigir la mirada hacia la cocinera.
—Esta tarjeta está restringida —dijo la mujer regordeta; y, por primera vez desde que trabaja aquí, lanzó una sonrisa burlona que sonó igual que un corto graznido.
—¿Eso qué significa? —La miré expectante, desencajado. Nunca había escuchado ese término en un contexto como este.
—Que los fondos están bloqueados, niñato —explicó.
—¿Fondos bloqueados...? Eso es imposible. —Coloqué los brazos en jarra y fruncí el ceño—. A ver. Vuélvala a pasar.
La mujer redonda giró los ojos, tomó la tarjeta e hizo lo que le dije. El sonido desaprobatorio volvió, y no pude evitar soltar un gruñido.
¡Maldición, justo hoy! Este día no sería el mío, por lo visto.
Mi tarjeta estudiantil no podía quedarse sin fondos. Siempre la chequeaba para asegurarme de ello.
La tarjeta estudiantil era una nueva modalidad que se les otorgaba a los estudiantes para que aprendieran a administrar su propio dinero. Cada mes, la escuela nos depositaba cierta cantidad de dinero. No era demasiado, por lo que muchos debían ingeniárselas para garantizar que el dinero les alcanzara para todo el mes. También, muchos de nosotros trabajábamos en proyectos que podían ser vendidos a empresas de escala internacional. El dinero se discutía con los alumnos encargados del proyecto, los compradores y algún miembro de la directiva estudiantil. Por supuesto, si eras nuevo y no habías comenzado ningún proyecto, siempre existía la opción de contactar a tus padres para pedirles dinero. Era una opción válida. Así que algunos padres arreglaban depositarle cada cierto tiempo algo de dinero a sus hijos.
—Lo siento, niño; pero a menos que tengas otra tarjeta, no almorzarás hoy. Política de la escuela.
Murmuré maldiciones contra la insípida política de esta academia.
La cocinera volvió a sonreír, burlona, y supe que disfrutaba de ver sufrir a los demás. ¿A cuántos estudiantes no habrá visto en su penosa necesidad mientras lo único que les daba era su risa maliciosa? Podría quedarme aquí, despreciándola, si no hubiera sido porque, en su vehemencia, recordé algo que me hizo sonreír al instante.
—Pero sí tengo otra tarjeta.
Saqué de mi cartera una tarjeta dorada y la deslicé por el mostrador.
No era cualquier tarjeta. Solo a los mejores estudiantes les otorgaban una de estas.
No solía usarla con regularidad. En realidad, no solía usarla. Había decidido que la tarjeta dorada sería solo para emergencias. Así que jamás la toqué... Jamás la necesité.
—Restringida.
—¿Qué? —escupí.
La sangre se me subió a la cabeza. Estaba tan molesto que solo tomé una botella de agua y me retiré a zancadas hasta una mesa.
Kurt, mi compañero de cuarto, llevaba rato sentado allí. No me notó al instante porque estaba entretenido almorzando y hablando con otros compañeros.
Esto no podía ser sino una obra de Craig Boyle-Hankles. No había otra explicación.
Craig era una persona detestable, y el hecho de que yo le cayera de la patada me ponía en el blanco de sus ataques.
Como exalumno de Aznen, nadie sabía exactamente qué hacía aquí. Pero yo sí. Él quería buscar una manera de fastidiarme. Y, como parte importante de la directiva de la Academia, el plan le salía a la perfección. Era obvio que él había bloqueado mis tarjetas. No era la primera vez que salía con ese juego. Debió de haberse enterado de mi viaje a Estados Unidos. Bloquear mis tarjetas estudiantiles era como decir: «Sé lo que hiciste. Ven a hablar conmigo y suplícame de rodillas que las vuelva a activar». Iba a necesitar más ingenio si quería que le prestara atención.
—¿Dónde está tu almuerzo? —preguntó Kurt al darse cuenta de mi presencia. Hablaba con una lentitud que lo caracterizaba y con la boca llena, gesto que siempre me ha parecido desagradable.
—Surgió... —Apreté los labios—. Un contratiempo.
—Ah... Ya... ¿Y ese contratiempo es que Craig descubrió tu pequeño escape a América? Te dije que fingir que estabas enfermo no funcionaría.
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Editado: 24.09.2026