Kurt sonrió, algo atemorizado, y me miró como solía hacerlo cuando decía que exageraba en algo.
—¿No crees que te estás dejando llevar un poquito? —agudizó el tono—. Tus tarjetas se activarán en una semana, como pasa siempre que Craig pierde la paciencia contigo. No hay necesidad de arrojarse a la lava ardiente sin protección. Figurativamente, por supuesto. No te puedes arrojar a la lava hirviente aun teniendo protección. Lo sé, así maté a mi avatar en el videojuego de GBi —dijo esto último rápidamente.
Lo solté.
—No necesito darte explicaciones, Kurt. No lo entenderías ni aunque te hiciera una gráfica con muchos dibujos.
—Bueno... y a todo esto, ¿cómo harás que se fije en ti? No olvides que Naisha Kunvar te odió desde el primer día. Sin mencionar que salir con una Comadreja es cavar tu propia tumba. Además, Naisha no es de ese tipo. Si hay una chica en todo Aznen que no se involucraría sentimentalmente con nadie, es ella. Y menos contigo. Los rumores dicen que desde que Prady la cambió por Larissa no quiere salir con nadie.
—Debes dejar de usar el baño de chicas para espiar lo que dicen —dije, intentando no sonar incómodo por su repentina mención de Larissa.
—¡No lo hago para espiarlas! —replicó—. ¡Todos saben que ellas tienen mejor papel higiénico que nosotros! Sabes que mi trasero es sensible. Y no logro ir al baño en lugares que no tienen aromatizante de lavanda o de fresco limón.
—¡Olvida tu trasero quisquilloso! Si te descubren no la contarás.
—Esto no es sobre mí. Es sobre ti y tu magnífico plan para hacer que la Reina del Terror se fije en ti.
—Eres un completo genio, Kurt. Pero cuando se trata de mujeres eres tan inocente.
—¡Oh, lo siento! ¡Habló el experto en mujeres Avan Brighton, damas y caballeros! ¡No olviden pasar por su oficina si quieren algún consejo romántico! —ironizó.
Rodé los ojos. No iba a decirle lo que yo sabía sobre Naisha. No quería ahondar en ese tema. Sobre todo porque ella se había encargado de hacer parecer a la vista de todos lo contrario.
—Escucha: las personas en Aznen son tan vacías que a la mínima muestra de interés ya se encariñan. Además, no soy un experto en mujeres, soy un experto en personas. Te aseguro que nada pasa en esta escuela sin que yo ya lo tenga previsto.
—¡Haz lo que quieras! —Alzó los brazos, rindiéndose—. Pero te lo advierto, esto saldrá mal y habrá un corazón roto... y será el tuyo... cuando ella se canse... de apuñalarlo con un tenedor...
Puse los ojos en blanco de nuevo y volví a enfocarme en Naisha. Era un plan arriesgado, lo sabía, pero era mi última opción.
Naisha Kunvar era una desalmada, la Reina del Terror, como solía llamarla Kurt. Bastaba con decir que no era mi tipo. Había un sinfín de chicas en Aznen con las que jamás consideraría siquiera salir a tomar aire fresco. Pero con todo lo que está en riesgo... pasaría por encima de mí mismo para lograr lo que me había propuesto.
Y, ¡al cuerno! Lo iba a hacer.
—Naisha —pronuncié, saludándola con la mano cuando ella, de casualidad, miró hacia mí.
Relajé mi expresión y sonreí. Ella, en cambio, miró a nuestra mesa y se mostró... ¿confundida?
—¿Qué haces? No la llames... —susurró Kurt con cobardía.
Justo como imaginé, hizo el gesto de venir hacia acá.
Todos los chicos que compartían la mesa con nosotros desaparecieron a la velocidad de la luz. Mi amigo se despidió de mí con un «estás solo» y corrió junto a los otros chicos como antílopes huyendo de su depredador.
La valentía no era su fuerte.
Naisha llegó y la miré divertido desde mi asiento. Resolví en mi interior controlar mis expresiones faciales y mis microgestos; y es que cada señal, o incluso cada palabra, podría significar una derrota. Debía elegirlas bien.
—¿Qué quieres? —soltó con sequedad y se cruzó de brazos, enarcando una ceja.
—Solo quería saludarte. Hoy hace un lindo día. Y, ya sabes, los días lindos no hay que desperdiciarlos. —Entorné la mirada.
—No dijiste lo mismo esta mañana cuando nos vimos —sonrió con incredulidad—. ¿Era menos lindo el día temprano o ahora dirás que quieres ser amable?
—Sí, sobre lo de esta mañana... quería disculparme...
—¿Te disculpas conmigo? Eso sí que es nuevo.
Me armé de paciencia antes de continuar. No sería una conversación fácil.
—Sí, estuvo mal lo que dije. En verdad no creo que los exámenes de curso estén mal —mentí.
Se quedó un rato en silencio analizando mis palabras. Tenía cara de que intentaba a duras penas entender una mala broma.
—¿De qué hablas, Brighton? —dijo al fin, con el ceño fruncido—. ¿Estudiaste tanto que se te fundió el cerebro?
Esbozó una sonrisa burlona y yo tuve que igualarla en el gesto.
—No. Verás, nunca he estado mejor...
Eché la espalda hacia atrás y la pegué a la silla; con mi cuerpo empecé a ocupar más espacio del que necesitaba.
—¿Ah, sí? Ya veremos si sigues tan confiado después de que acabe contigo en los exámenes de curso.
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Editado: 24.09.2026