Blue
El despertador sonó a las siete. Esa canción de violines que me gusta porque suena a algo que nunca he tenido. La apagué a ciegas, sin abrir los ojos, y el silencio volvió a caer como una losa. Pesado. Pegajoso. Como el calor en agosto, pero en noviembre y metido dentro de mi pecho.
Me quedé un rato así, mirando el techo. El departamento es pequeño, una caja de zapatos con pretensiones, pero está ordenado. Siempre lo está. Los libros en columnas perfectas, las macetas alineadas en el alféizar, como si el orden de las cosas pudiera engañar al caos de afuera. Es mi regla. Mi único territorio. La única parte del mundo que no intenta moldearme.
A veces pienso que si dejo de controlar esto, se me desmorona todo. Y no tengo un plan B la verdad.
El baño, el espejo, la misma cara de siempre. Pómulos que parecen tallados, labios que no saben sonreír del todo y esas ojeras que ni durmiendo doce horas se van. Me toqué la mandíbula. Ya se notaba la sombra de la barba. Una mierda. Los clientes del club pagan por suavidad, por tersura, por la mentira de que todo es delicado. La aspereza no vende, aunque a veces me olvide.
¿Cuándo fue la última vez que alguien me dejó una caricia sin pagar? No quiero responder eso.
Mientras el agua de la ducha se calentaba, me quedé mirando la ventana. No hay nada interesante ahí afuera: un ladrillo sucio, tuberías viejas, el reflejo apagado de otras ventanas iguales. Pero es parte del ritual. El momento en el que Elliot todavía existe, antes de que Blue aparezca en escena y se convierta en lo que otros quieren ver. A veces me preguntaba si Elliot se estaba desvaneciendo. Si un día me miraría al espejo y ya no quedará nada de él.
La ducha fue rápida. El gel sin perfume, la toalla áspera, la navaja precisa sobre la piel. Como si estuviera puliendo una estatua. Luego, la ropa: un pantalón negro, la camisa azul marino —esa de hilo, la que me costó tres noches de trabajo—, los zapatos limpios. En el espejo, me desabroché un botón. Luego otro. Me pasé la mano por el pelo, todavía húmedo. Apenas unos toques de perfume—Madame siempre me dijo que no es bueno tanto perfume—. Blue es un fantasma educado. Un eco que se apaga cuando la puerta se cierra.
Antes de salir me mire y lo vi a Blue con esa apariencia de chico inocente por el cual los clientes reservaban con días de anticipación.
Me pregunto si alguien se acordaría de mí si dejara de aparecer. Probablemente no. Y eso está bien. Eso es lo que quiero.
Antes de salir, abrí la nevera. Medio limón, leche de avena, dos tuppers de comida china que ya debería haber tirado. La cerré. Comería a la vuelta. Siempre digo lo mismo, y siempre llego y me olvido.
Bajé las escaleras de dos en dos y salí al frío. Nueva York olía a castañas y a asfalto mojado. Un olor que se me metió en la nariz el primer día y que ya ni siquiera noto, me subí el cuello de la chaqueta y caminé hacia el metro, con las manos en los bolsillos y la cabeza en otra parte. La ciudad es un ruido constante, pero yo he aprendido a hacerlo sonido de fondo.
El club se llama Under Moon. Un nombre ridículo que me hace torcer el gesto cada vez que lo leo en el toldo granate de la entrada. Pero dentro, el club es mi territorio, la moqueta oscura, la luz cálida que no hiere, ese olor a terciopelo y a alcohol caro y a algo dulzón que Madame compra por galones. Me recibe como un abrazo falso, pero es el único abrazo que tengo.
Y duele un poquito admitirlo, pero al menos aquí sé quién soy.
El camerino está al fondo, con su puerta que chirría y sus espejos de bombilla. Cuando entré, Chris ya estaba ahí, inclinado sobre el lavabo, intentando domar un mechón rebelde con gel.
—¿Llegas tarde? —pregunté, colgando la chaqueta.
—Llego pronto —dijo, con esa media sonrisa suya—. Quería arreglarme bien.
—Llevas tres semanas. Deberías saber hacerlo ya.
—Uno nunca termina de aprender.
No contesté. Me senté frente a mi espejo, el del rincón, el que nadie ocupa porque todos saben que es mío. Saqué el delineador trazo fino, alargándolo apenas en el extremo, un toque sutil que endurece la mirada. Luego, los brillos diminutos debajo de los ojos, como diamantes minúsculos. Me miré y ya no era yo. Era el simpático y amable Blue.
—¿Crees que esta noche hay algo bueno? —insistió Chris, sin soltar su gel.
—Depende de lo que entiendas por bueno.
—No sé, un cliente interesante. Alguien que no sea pesado.
—Los pesados también pagan y muy bien.
—Ya, pero…
—No hay peros. —Guardé el delineador y lo miré de reojo—. A los pesados se les sonríe, se les cobra y se les olvida. No hace falta más. ¿Entendido?
Chris se mordió el labio y volvió a su mechón. Tiene diecinueve años, hombros estrechos y ojos demasiado grandes para su cara. Lo vi de reojo y sentí un hormigueo incómodo, como mirar una foto de mí mismo antes de saber cómo funciona el mundo. Yo también tuve esa mirada. Pero la perdí en algún lugar entre la primera noche y la centésima.
—Oye, Blue —dijo, sin mirarme—. ¿Alguna vez has sentido que no perteneces a ningún sitio?
La pregunta me pilló desprevenido. Me quedé quieto un segundo, el delineador aún en la mano.
—Todo el tiempo —respondí, y mi voz sonó más seca de lo que pretendía—. Pero es mejor que sentir que perteneces a un sitio que no te quiere.
Chris no dijo nada más. Yo tampoco y el silencio se llenó del zumbido del fluorescente.
Me levanté. Me alisé la camisa con las palmas. Cerré los ojos tres segundos, el tiempo justo para que ese zumbido se convirtiera en la música de la noche.
El Under Moon respira y no es una metáfora. El club jadeaba, se movía, se retorcía entre las sombras como un animal grande y cansado. Las butacas de terciopelo engullían a los clientes, los vasos tintineaban y la barra brilla con su hilera de botellas que iban del ámbar al cristal. Yo me movía por ahí como quien camina por su propia casa. Una sonrisa para un cliente habitual, un esquive para un mesero nuevo, un vistazo a las mesas para calcular, como siempre. Quién ha bebido demasiado, quién está solo, quién busca algo más que una copa. Todo es cálculo y el cálculo era lo que me mantenía a salvo.