Azul Medianoche

CAPÍTULO 1 - Azul Medianoche

Blue

El despertador sonó a las siete de la tarde. Apenas fueron unos segundos de esa canción que tanto me gusta. Lo agarre sin abrir los ojos y lo silencié de un golpe torpe. El silencio volvió a inundar la habitación, denso, de esos que se pegan a las paredes como el calor en agosto.

Me levanté despacio, el departamento era pequeño, apenas como una caja de zapatos con ventana al patio interior y a la calle, pero estaba ordenado. Siempre lo estaba. Los libros apilados en columnas simétricas, esas pequeñas plantas tomando algo de sol. Si el mundo exterior era un caos ingobernable, al menos este minúsculo lugar en el East Village era mío y seguía mis reglas.

Encendí la luz del baño y me miré al espejo sin ganas. El rostro que me devolvía la mirada era el de siempre, pómulos marcados, labios serios, ojeras que no se iban ni durmiendo doce horas. Me toqué la mandíbula con los dedos, ya se notaba algunos vellitos y lamentablemente el club no le gustaba eso. A los clientes no les gustaba la aspereza, ellos pagaban por suavidad, por tersura, por la ilusión de que todo era fácil y delicado.

Mientras el agua de la ducha se calentaba, me quedé un minuto mirando la ventana. Afuera no había nada interesante: una pared de ladrillo, tuberías oxidadas, el reflejo apagado de otras ventanas como la mía. Pero mirar la ventana era parte del ritual. Era el momento en que Elliot existía sin testigos, antes de que él tomara el control del todo, de la voz, de la sonrisa.

La ducha fue breve. Agua caliente, gel sin perfume, toalla áspera. Me afeité con movimientos precisos, como quien pule un objeto valioso pero ajeno. Me puse el pantalón negro, la camisa azul marino —esa de hilos tejidos que amaba demasiado, la que me costó tres noches de trabajo—, los zapatos limpios. Frente al espejo, me desabroché el primer botón. Luego el segundo. Me pasé la mano por el pelo, que aún goteaba un poco. Me puse apenas un poco de mi perfume, a los clientes no les gustaba mucho eso. Los perfumes dejaban rastro y los chicos del club no debíamos dejar rastros. Y sobre todo Blue era un fantasma educado, un eco que se desvanecía en cuanto la puerta se cerraba.

Antes de salir, abrí la nevera. Medio limón, un cartón de leche de avena, dos envases de comida china de hacía dos días. La cerré sin agarrar nada. Comería a la vuelta. Siempre decía lo mismo.

Bajé las escaleras de dos en dos y salí al frío de noviembre. Nueva York olía a castañas y a asfalto mojado. No era un aroma desagradable. Era uno que se me había metido en la nariz el primer día que pisé la ciudad y que ya no recordaba cómo era no sentirlo. Me subí el cuello de la chaqueta y eché a andar hacia el metro con las manos en los bolsillos.

El club se llamaba Under Moon. Un nombre pretencioso y ridículo que me hacía torcer el gesto cada vez que lo leía en el toldo granate de la entrada. Pero adentro, lejos del letrero y de los chicos de seguridad que me recibían con una sonrisa, el club era mi territorio. Un salón amplio, alfombrado de moqueta oscura, iluminado con lámparas de luz cálida que no molestaban a los ojos. Olía a terciopelo, a alcohol caro y a algo más, un fondo dulzón que recordaba al jazmín pero que en realidad era un ambientador industrial que Madame M compraba por galones.

El camerino estaba al fondo del pasillo, detrás de una puerta que chirriaba. Un cuarto alargado con espejos de bombilla y taquillas metálicas. Cuando entré, Chris ya estaba allí, inclinado sobre el lavabo, intentando domar un mechón rebelde con gel.

—¿Llegas tarde? —pregunté, colgando la chaqueta en mi taquilla.

—Llego pronto —dijo, girándose con media sonrisa—. Quería arreglarme bien.

—Llevas aquí tres semanas. Ya debes saber arreglarte.

—Uno nunca termina de aprender.

No contesté. Me senté frente a mi espejo, el del rincón, el que nadie ocupaba porque todos sabían que era mío. Abrí el neceser y saqué el delineador negro. Con la misma calma de siempre, tracé una línea fina sobre mis párpados, alargándola apenas en el extremo. Un toque sutil, casi invisible, pero que endurecía la mirada. La hacía menos más Blue. Coroné el ritual con pequeños brillos debajo de los ojos, como diamantes minúsculos.

—¿Tú crees que esta noche hay algo bueno? —insistió Chris.

—Depende de lo que entiendas por bueno.

—No sé, un cliente interesante. Alguien que no sea un pesado.

—Los pesados también pagan.

—Ya, pero...

—No hay peros. —Guardé el delineador y me miré al espejo—. A los pesados se les sonríe, se les cobra y se los olvida. No hace falta más.

Chris se mordió el labio y volvió a su mechón rebelde. Un chico delgado, de hombros estrechos y ojos demasiado grandes. Tenía diecinueve años y aún conservaba un resto de acné en las mejillas. Lo observé de reojo y sentí algo parecido al vértigo. No lástima. Algo más incómodo, como mirar una foto de uno mismo antes de saber cómo funcionaba el mundo. Aparté la vista antes de que el pensamiento terminara de invadirme.

Me levanté. Me alisé la camisa con las palmas abiertas. Cerré los ojos tres segundos exactos, el tiempo justo para que el zumbido del fluorescente del camerino se convirtiera en la canción de esta noche. Cuando los abrí, ya no era Elliot.

Era Blue.

La pista del Under Moon era un animal vivo. Respiraba. Jadeaba. Se removía entre las sombras con la lentitud de quien no tiene prisa ya que las noches son largas. Las butacas de terciopelo granate devoraban los cuerpos de los clientes, los vasos tintineaban como si alguien tocara un xilófono desafinado y, al fondo, la barra brillaba con una hilera de botellas que iban del ámbar al cristal.

Me movía por la pista como quien camina por su propio living. Saludaba a un cliente habitual con una dulce sonrisa, esquive a una de las meseras que era nueva, miraba de reojo las mesas ocupadas y las vacías, calculando. Todo era cálculo. Quién había bebido demasiado y quién no lo suficiente. Quién buscaba compañía y quién solo quería que lo dejaran en paz. Quién era peligroso y quién era débil.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.