Azul Medianoche

CAPÍTULO 2 - Las Reglas Del Juego

Blue

El sábado amaneció con una llovizna perezosa, de esas que no mojan del todo pero te dejan el pelo áspero y el humor raro. Me levanté tarde, cosa que odiaba porque significaba menos horas de silencio antes del club. Me preparé café y miré al techo. Esa mancha de humedad con forma de mapamundi seguía ahí. Me pregunté cuántas noches más la vería antes de mudarme a algún sitio con el techo limpio. Luego recordé que no pensaba mudarme a ningún lado.

Me duché con la mente en blanco. Llevaba años practicando el arte de no pensar. A veces funcionaba. A veces no.

Llegué al club a las ocho en punto, cuando todavía era un cadáver con las luces encendidas. Todo el lugar olía a ese jazmín industrial que Madame compraba por cajas, y las sillas estaban patas arriba como si el local estuviera a punto de contar un chiste. Me gustaba ese momento. Era el único en que el Under Moon no fingía ser elegante.

Rae estaba en la barra, repasando botellas con una lapicera mordida entre los dientes. Su moño pelirrojo se deshacía por los costados como siempre.

—Madame te busca, bonito —me dijo sin saludar—. Y no es para darte un abrazo.

—Nunca me busca para eso.

—Le has fastidiado anoche. —Rae me apuntó con la lapicera—. El del VIP pagaba diez mil. Y tú atendiste al triste del dos.

—Ya lo compensaré.

—Eso espero. Ahora ve antes de que se le enfríe el té.

Crucé el pasillo hacia el despacho. M era la única persona que me ponía nervioso, no porque fuera cruel, sino porque era justa. Y la justicia en este oficio siempre venía con factura.

Entré sin esperar respuesta. Madame estaba tras su escritorio, envuelta en un vestido negro. Sobre la mesa, una taza de té frío y un teléfono antiguo que nunca sonaba. Sus dedos golpeaban la madera con paciencia felina.

—Anoche te esperé —dijo, con voz sedosa y afilada—. Tenía un cliente especial y tú decidiste atender al señor G.

—Ya estaba servido cuando me avisaste —respondí—. No podía dejarlo a medias.

Sonrió de forma ironica. Su forma de decir «me debes una».

—El cliente del VIP se fue sin probar el champán. Diez mil en reserva, Blue y preguntó por el chico de la camisa azul marino.

Sentí un cosquilleo en la nuca.

—¿Preguntó por mí?

—Textualmente, sí. Esta noche ha vuelto a reservar. Te quiere a ti. —Hizo una pausa—. Viene con un amigo. Turistas VIP. Acaban de llegar a la ciudad.

—El niñito que preguntó por ti se llama Sasha —continuó M, ignorando mi mueca—. Es eslavo, o algo así, pero habla como si hubiera nacido en una mansión de Connecticut. Dinero viejo, cero modales y una sonrisa que, si no ando equivocada, siempre trae problemas.

—¿Sasha? —El nombre me sonó ridículo e interesante.

—Esta noche no vas solo. Te llevas al novato.

—¿Chris? Madame, lleva tres semanas. Apenas sabe atarse los cordones.

—Pues que aprenda. Tú te encargas del principal, él del amigo. Si sale bien, les doy el día libre.

—¿Y para qué necesito descanso si nunca salgo?

M sonrió de verdad, breve pero genuina.

—Si lo atiendes bien, volverá. Y traerá más amigos. Así que compensas lo de ayer. ¿Entendido?

—Entendido.

Salí con la certeza de que la noche iba a ser larga. Sasha. Ese nombre me daba vueltas como una canción que no sabía si quería escuchar.

Encontré a Chris en el camerino, ensayando el nudo de una corbata. Camisa blanca demasiado almidonada, zapatos nuevos que olían a tienda. Frente perlada de sudor. Me recordó a mí mismo hacía años.

—Esta noche tienes trabajo —dije.

Chris se giró con ojos de cachorro asustado.

—¿Yo solo?

—Vamos juntos. Tú te ocupas del amigo, yo del principal. Observas, lees lo que necesita y se lo das. Si solo quiere charlar, le charlas. Si quiere algo más, aplicas las reglas. ¿Entendido?

Asintió como un muñeco de resorte. Le temblaban las manos.

—Quítate esa camisa —le dije—. Ponte la bordo de la taquilla. Y un poco de brillo en las clavículas. A los clientes les gusta eso.

—Gracias, Blue.

—Dámelas cuando acabemos y los dos tengamos la propina en el bolsillo.

Sonrió. Por un segundo dejó de parecer un pajarito asustado.

A las nueve y media, el club respiraba con su ritmo de sábado. Luces bajas, música que no dejaba pensar. Esperaba junto a la cortina del VIP, espalda recta, manos quietas. Chris a mi lado, pálido pero erguido.

—Sígueme la corriente —le dije—. Si el amigo se pone pesado, me haces una seña. No te dejes pisar.

—¿Y cuándo sé que tengo motivo?

—Cuando quiera algo que tú no quieras dar.

La cortina se apartó. Dos figuras. Una alta y rubia, mandíbula apretada. El otro, más bajo, pelirrojo, cabello revuelto y chaqueta de piel que le quedaba grande. Sonreía sin motivo. La misma sonrisa de la noche anterior. La de un niño que tira piedras a los coches. Era el.

—Buenas noches, bellezas —dije—. Soy Blue. Él es Chris.

El rubio me miró con desprecio educado. El pelirrojo, en cambio, me miró a mí. Solo a mí.

—¿Crish? —repitió el alto.

—Un gusto —se apresuró Chris, con una gracia inesperada.

El pelirrojo se rió. Auténtica, breve. Me miró de arriba abajo y se dejó caer en el sofá con las piernas abiertas.

—Anoche no viniste —dijo. No era pregunta.

—Tenía otro compromiso —respondí, sentándome con la distancia justa.

—Te vi. Estabas con un tipo de traje gris a punto de llorar. Muy aburrido.

—Era un cliente.

—Pues yo también soy cliente. —Se inclinó, invadiendo mi espacio—. Y soy menos aburrido. Deberías haberme elegido.

—No elijo clientes. Los atiendo. Hay diferencia, bonito.

—Podrías haberlo dejado plantado.

—No habría sido profesional.

—Lo profesional es aburrido. —Alargó la mano hacia la botella—. ¿Me sirves o tengo que hacerlo yo?

Se la serví. Su mirada se clavó en mí. Curiosidad. Y esa curiosidad siempre trae problemas.




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