Azul Medianoche

CAPÍTULO 3 - Cenizas doradas

Blue

El sábado por la tarde me encontré caminando por el SoHo con dos bolsas de una tienda de decoración. Me habían costado más de lo que quería admitir. No es que me gustara gastar dinero en tonterías, pero llevaba semanas mirando las paredes desnudas de mi apartamento y sintiendo que me devolvían la mirada con lástima. Un póster enmarcado del puente de Brooklyn, dos cojines color mostaza y una lámpara de escritorio que imitaba el estilo industrial. Nada del otro mundo. Solo pequeñas cosas que iban a la idea de que ese agujero minúsculo en el East Village podía ser, algún día, un hogar.

O al menos un sitio donde no me diera vergüenza invitar a alguien. Si es que alguna vez invito a alguien.

El sol de noviembre se filtraba entre los edificios de hierro forjado como un turista despistado, calentando apenas las aceras. La calle olía a castañas tostadas y al perfume caro de las turistas que se amontonaban frente a las tiendas de diseñador. Yo esquivaba cuerpos con la inercia de quien lleva años caminando por Manhattan sin chocar con nadie. Era un superpoder discreto pero útil.

El teléfono vibró en mi bolsillo justo cuando me detenía a mirar el escaparate de una librería.

Sr. G.: ¿Estás libre esta noche, Blue? Me alojaré en el mismo sitio de siempre. Cena a las nueve.

Sonreí sin darme cuenta. El señor G. era el único cliente que mandaba mensajes como si invitara a un amigo a cenar y no como si reservara un servicio, nunca exigía, nunca regateaba. Solo preguntaba y esa pregunta, ese pequeño gesto de cortesía en un mundo donde casi todos exigían, valía más que su propina generosa.

Blue: Por ti, siempre. ¿Alguna ocasión especial?

Sr. G.: He cerrado un contrato. Uno grande. Quiero celebrarlo con alguien que sepa escuchar.

Guardé el teléfono y seguí caminando hacia el metro con un calorcito nuevo en el pecho. Las cenas con el señor G. eran el lado amable del oficio, nada de cuerpos sudorosos ni de jadeos fingidos. Solo conversación, buena comida y la paz de saber exactamente qué esperar de la noche. Lo predecible, lo seguro.

Y lo seguro, en mi mundo, es lo más parecido a la felicidad.

Llegué a casa con tiempo de sobra. Coloqué el póster del puente de Brooklyn sobre la cama para no arrugarlo, puse los cojines sobre el sofá de la sala y enchufé la lámpara para comprobar que funcionaba. La luz era cálida, amarilla, y por un instante el estudio me pareció menos triste. O quizá era yo el que estaba menos triste. A veces las cosas más tontas te levantan la moral sin pedir permiso.

Mira que comprar cojines. Si me viera Chris se reiría. Pero no puedo vivir toda la vida con paredes que parecen de cárcel.

Me duché sin prisa, dejando que el agua caliente me borrara el cansancio de la semana. Me afeité con cuidado, me puse el pantalón negro de vestir y una camisa negra que reservaba para las ocasiones especiales. No era parecida a la del club. Esta era mejor, de un algodón más suave, con los botones de nácar. Un regalo que me había hecho a mí mismo después de un mes particularmente bueno.

Frente al espejo me desabroché el segundo botón y me pasé los dedos por el pelo, que aún estaba húmedo. No usaba colonia, pero esa noche me puse un poco de crema hidratante con olor a sándalo que había comprado en una farmacia boutique. Los clientes como el señor G. apreciaban los detalles, y los detalles bien cuidados se traducían en sobres más gruesos.

No es cinismo. Son matemáticas. Y las matemáticas nunca mienten.

Antes de salir, eché un vistazo a mi reflejo y me sorprendí buscando a Blue, pero esa noche no estaba Blue. Estaba Elliot, un Elliot elegante y tranquilo que se iba a cenar con un señor mayor al piso más alto de uno de los edificios más prestigiosos de la ciudad. Y no le importaba.

El metro me dejó en la calle Cincuenta y siete, a un paso del río. El edificio se alzaba contra el cielo nocturno como una aguja de cristal y acero, tan alto que las nubes bajas se enganchaban en los pisos superiores. El portero me reconoció al instante y me abrió la puerta con una sonrisa profesional.

—Buenas noches. El señor G. ya ha llegado. ¿Le anuncio?

—No hace falta. Ya sabe que vengo.

Crucé el vestíbulo de mármol blanco, donde mis zapatos resonaban como si caminara sobre hielo fino. Las lámparas de araña colgaban del techo como constelaciones domesticadas y el aire olía a flores frescas que alguien cambiaba cada mañana. Todo era silencioso, pulcro, exquisito. Lo contrario al Under Moon. Si el club era un animal de terciopelo, este edificio era un cisne de cristal.

Y yo, el invitado que nunca termina de sentirse en su sitio.

El ascensor me tragó con un zumbido suave y subió sesenta pisos en lo que tardé en repasar mentalmente las reglas de la noche: escuchar más que hablar, sonreír en los momentos justos, no beber más de una copa, quedarme hasta que él se durmiera. Lo de siempre. Lo seguro.

La puerta del ático se abrió antes de que yo llamara. El señor G. estaba en el umbral, con un traje gris perla y una sonrisa que le suavizaba las arrugas de la frente. Olía a whisky y a colonia de madera, y tenía los ojos un poco más brillantes de lo habitual. Acababa de empezar a celebrar, deduje.

—Blue. Puntual como siempre —dijo, apartándose para dejarme pasar.

—Es de mala educación llegar tarde a una cena.

—Y más cuando el anfitrión ha cerrado un contrato millonario.

—¿Millonario de verdad o millonario de los que van con decimales?

—Millonario de verdad. —Me guiñó un ojo con una complicidad—. Esta noche puedes pedir lo que quieras.

El ático era un sueño de paredes blancas y ventanales que abarcaban todo el skyline de Manhattan. Las luces de la ciudad titilaban como un ejército de luciérnagas domesticadas y, al fondo, el río Hudson se deslizaba oscuro y perezoso. La mesa estaba puesta para dos, con un mantel blanco, copas de cristal y un centro de flores que olía a primavera aunque fuera noviembre.




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