EL LIBRO DE LOS PRIMEROS DÍAS
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Antes de que existiera el tiempo, antes de que los cielos fueran extendidos y antes de que la vida pronunciara su primer aliento, solo había un inmenso vacío. No había luz ni tinieblas, ni principio ni fin; únicamente el silencio eterno y la soledad de la nada.
Y en medio del vacío, una Voz habló.
Una Voz tan antigua como la eternidad, tan poderosa que los abismos temblaron ante ella.
Y la Voz dijo:
«Sea la luz.»
Y la luz fue.
Y la luz resplandeció en la inmensidad, y el Creador vio que era buena.
Entonces el Creador extendió Su mano sobre el vacío y separó las aguas de los cielos de las aguas de los abismos. Encendió fuegos eternos en la oscuridad y los colocó en las alturas. Así nacieron las estrellas, innumerables como granos de arena, y a cada una le fue dado un nombre y un propósito.
Porque las estrellas no eran solo luces en el firmamento; eran testigos de la creación, guardianas de los secretos del universo y lámparas que anunciarían el destino de los mundos.
Después de esto, el Creador formó a los primeros seres de luz.
Los llamó ángeles.
Y los ángeles contemplaron la obra de Sus manos y cantaron con una sola voz. Sus himnos llenaron los cielos, y las estrellas respondieron con su brillo. Unos fueron hechos para anunciar Su palabra, otros para custodiar la creación, otros para escribir el destino de los pueblos y otros para combatir las sombras que aún no habían nacido.
Luego el Creador hizo surgir las bestias de la tierra, del mar y del cielo.
A unas les dio fuerza, a otras sabiduría, y a otras el instinto de preservar la vida. Y las bestias caminaron en paz, pues toda la creación estaba en armonía.
Después, el Creador formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en él el aliento de vida. Y el hombre abrió los ojos y conoció la luz.
Y el Creador le concedió el mayor de todos los dones:
El libre albedrío.
Porque no deseaba siervos obligados, sino hijos que eligieran amarle.
Pero en medio de la luz nació el orgullo.
Entre todos los ángeles había uno cuyo resplandor era más grande que el de las estrellas. Era hermoso, sabio y poderoso. Su nombre era Luzbel, el Portador de la Luz.
Mas su corazón se llenó de soberbia.
Y dijo en su interior:
«¿Por qué he de inclinarme ante el Trono? Subiré por encima de las estrellas y me haré semejante al Altísimo.»
Y muchos escucharon sus palabras.
Una parte de los ángeles abandonó la luz y siguió a Luzbel. Entonces hubo guerra en los cielos. Los astros se estremecieron, los cielos fueron sacudidos y el firmamento se llenó de fuego.
Pero los rebeldes fueron derrotados.
Y cayeron de los cielos como estrellas ardientes.
Desde entonces fueron llamados los Caídos.
Y el rencor habitó en ellos.
Con el paso de las edades, los Caídos caminaron entre los hijos de los hombres. Enseñaron conocimientos prohibidos, revelaron secretos que no debían ser conocidos y corrompieron el corazón de muchos.
Y algunos de ellos tomaron para sí a las hijas de los hombres.
Y de aquella unión nacieron gigantes de gran poder y terrible fama.
Estos fueron llamados los Nefilim.
Sus pasos hicieron temblar la tierra, sus guerras cubrieron los campos de sangre y su orgullo fue tan grande que quisieron elevarse por encima de las estrellas.
Y la creación se llenó de violencia.
Entre los hijos de Adán hubo uno llamado Caín, el primer hombre en derramar la sangre de su hermano. Su corazón se volvió oscuro y el peso de su pecado lo condenó a vagar sobre la tierra.
Pero mientras caminaba en su destierro, una idea imposible nació en su mente.
Miró la obra del Creador y dijo:
«Si Dios puede dar vida, yo también crearé. Si Él forma almas, yo haré las mías.»
Y aquella idea se convirtió en obsesión.
Caín buscó los secretos de la vida y de la muerte, de la carne y del espíritu. Escuchó los susurros de antiguos seres y aprendió conocimientos que ningún hombre debía poseer.
Porque deseaba hacer lo que solo pertenecía al Creador:
Crear almas.
Y desde aquel día, el mundo cambió para siempre.
Porque toda guerra, toda caída y toda redención nacieron de un mismo deseo:
El deseo de alcanzar el poder de la creación.
Y esta es solo la primera página de la historia.
Porque mientras las estrellas continúen brillando en los cielos, los secretos de la creación seguirán siendo escritos.
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Editado: 15.06.2026