Babel del ocaso

Capitulo 1

La Antigua Guatemala dormía bajo un cielo cubierto de estrellas. La luz de la luna se reflejaba sobre las calles empedradas mientras decenas de soldados rodeaban una vieja casa de adobe. Algunos vigilaban los tejados; otros patrullaban cada esquina en absoluto silencio.

-Comandante Luis, todo está listo para la emboscada -informó uno de los soldados, manteniendo el fusil pegado al pecho.

El comandante asintió lentamente. Era un hombre robusto, de cabello oscuro atado en una coleta. El humo de su cigarro se mezclaba con el aire frío de la noche.

-Excelente. ¿Y la chica?

-Permanece bajo vigilancia. Logramos cortarle la trenza antes del anochecer; eso debería debilitar la conexión con él.

Luis soltó una bocanada de humo y observó la casa.

-Perfecto...

Pero otro soldado apareció apresuradamente.

-Disculpe la interrupción, comandante, pero el nuevo está causando problemas durante la operación.

El joven señalado dio un paso al frente.

-¡L-lo siento, comandante! ¡Es mi primera misión con el Grupo Jaguar Negro!

Luis dejó escapar una pequeña risa.

-Ja... Me recuerdas a mí cuando me uní a esta división. Déjenlo conmigo.

Los demás obedecieron y regresaron a sus posiciones.

El comandante comenzó a caminar por la calle empedrada, seguido por el muchacho. Durante unos segundos, el único sonido fue el crujido de las botas sobre la piedra.

-Dime algo, soldado -preguntó Luis, sin apartar la vista del horizonte-. ¿Sabes por qué se creó la División de Anomalías Tácticas?

El joven enderezó la espalda.

-Sí, señor. La DAT fue creada para contener entidades que amenazan a la población civil.

-Bien. ¿Y sus divisiones?

-El Grupo Jaguar Negro está especializado en combate directo y eliminación de amenazas de nivel Δ y Ω. El Grupo Quetzal Dorado se encarga de exploración, reconocimiento y rescate. El Grupo Tecún Umán protege convoyes y personal estratégico. El Grupo Monja Blanca investiga fenómenos sobrenaturales y reliquias. Y el Grupo Ceiba proporciona apoyo logístico y participa en operaciones de contención.

Luis sonrió apenas.

-Veo que estudiaste.

Se detuvo bajo la sombra de un farol.

-La DAT nació oficialmente después de una serie de incidentes ocurridos en Guatemala durante la década de 1950. Cuando el Alto Mando Kaibil descubrió que las antiguas leyendas mayas y ciertas reliquias bíblicas eran reales, autorizó la creación de una división secreta. Desde entonces, nuestra misión ha sido sencilla: proteger a quienes jamás deben descubrir lo que existe en la oscuridad.

El comandante apagó el cigarro contra una pared y clavó la mirada en la casa.

-Ahora dime... ¿Sabes por qué estamos aquí?

El recluta tragó saliva.

-Recibimos reportes sobre la hija de un panadero. Hace semanas comenzó a comportarse de forma extraña. Al principio, aseguraba escuchar una guitarra durante la madrugada: una melodía suave, casi hipnótica.

El muchacho bajó la voz.

-Después empezó a oír canciones dirigidas únicamente a ella. Su familia decía que cada noche le cortaban el cabello, pero al amanecer volvía a crecer, formando una larga trenza negra. Hace tres días, la joven afirmó que él vendría por ella.

Luis permaneció en silencio.

-Para ser sincero, comandante... suena como una de las historias que me contaba mi abuela.

El veterano levantó la vista hacia la luna.

-Las leyendas siempre han pasado de generación en generación. Durante siglos, la gente creyó que eran cuentos para asustar a los niños...

El comandante cargó su rifle.

-Hasta que descubrimos que nunca fueron simples historias.

Mientras ajustaba el cargador de su rifle, Luis continuó hablando:

-Entidades que la mente humana jamás fue capaz de comprender... seres tan antiguos y extraños que, con el paso del tiempo, terminaron convirtiéndose en leyendas.

El recluta abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en su garganta.

Una espesa neblina se extendía entre las calles empedradas de Antigua Guatemala.

Entonces sonaron las campanas.

Y, mezclándose con aquel eco distante, apareció otro ruido.

Tac.

Tac.

Tac.

El sonido metálico de unas herraduras golpeando la piedra rompía el silencio de la noche.

El joven sintió cómo el sudor descendía por su frente.

-C-comandante... -murmuró, aferrándose a su fusil-. ¿Qué demonios es eso?

Luis no respondió. Permaneció inmóvil, observando la niebla que avanzaba lentamente entre las casas coloniales. A su alrededor, los soldados del Grupo Jaguar Negro tensaron sus armas, atentos a cualquier movimiento.

De repente, un largo crujido atravesó la calle.

La vieja puerta de la casa acababa de abrirse.

La madera, desgastada por los años, se quejaba con un sonido agudo mientras la oscuridad del interior se derramaba sobre el empedrado.

Y entonces apareció ella.

La hija del panadero.

Vestía el mismo vestido blanco con el que la habían visto aquella tarde. Sin embargo, su cabello había vuelto a crecer.

La trenza estaba allí otra vez.

Varios soldados intercambiaron miradas de desconcierto. Apenas unos minutos antes, la habían cortado con sus propias manos.

Era imposible.

Pero aquello no fue lo que sembró el miedo en sus corazones.

Fueron sus ojos.

Completamente blancos.

Vacíos.

Como si algo hubiera arrancado el alma de la muchacha y hubiera dejado únicamente el cuerpo.

Tac.

Tac.

Tac.

Las herraduras seguían acercándose, ocultas tras el manto de niebla que cubría la ciudad.

Nadie hablaba.

Nadie se atrevía siquiera a respirar.

Entonces, Luis levantó ligeramente la mano sin apartar la vista de la joven.

-¡No disparen! -ordenó con firmeza.

Sin embargo, el comandante no bajó su rifle.

Porque, en el fondo, sabía que aquella noche no estaban esperando a un hombre.




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