Backstage

Caida de la suerte

El aeropuerto estalló en frenesí cuando la cantante Starlight apareció con su hija. Los flashes de las cámaras crepitaban y los gritos de los fans ahogaban los anuncios de voz. Un muro de guardaespaldas mantenía a raya a la horda de reporteros ansiosos por una declaración.

Entre la multitud que fluía por los pasillos, otra figura acostumbrada a los reflectores avanzaba con su propio séquito. Emily, la diva del pop mundial, se detuvo en seco. Sus ojos, ocultos tras gafas de sol, se iluminaron al reconocer a su vieja amiga.

—¡Estrella! —Se quitó las gafas y corrió hacia ella, ignorando por completo el protocolo.

—¡Emily! —La voz de Starlight se quebró de alegría. Se abrazaron con una fuerza que borró por un instante los años de distancia—. ¡Te extrañé tanto!

—¡Yo más, tontita! —respondió Emily, con la voz cargada de emoción.

Un carraspeo insistente intentó interrumpirlas. Jessica observaba la escena, sin dejar de comer sus papitas.

—Emm… ¿qué está pasando? —preguntó con curiosidad inocente.

Starlight se separó del abrazo, riendo entre lágrimas. —¡Claro! Jessica, nena, te presento a una de mis mejores amigas, Emily.

—¡Así que tú eres Jessica! —exclamó Emily, estudiando a la joven con cariño—. La última vez que te vi eras una bebé en brazos de tu mamá.

Jessica palideció. «¿La superfamosísima Lady Pop… me recuerda?», pensó, atónita. Acto seguido, reaccionó. Abrió su mochila a toda velocidad y sacó una libreta y un bolígrafo.

—¿Me da su autógrafo, por favor? ¡Soy súper fan de todas sus canciones! —suplicó, con una mezcla de nervios y emoción.

—Claro, con todo gusto —respondió Emily, firmando con una sonrisa amplia y genuina.

—¡Te dije que te agradaría! —dijo Starlight a su hija, con una nota de orgullo en la voz.

—Justo quería presentarte a mis hijos… —Emily miró a su alrededor, extrañada—. Bueno, deben de haber ido directo al auto. Vengan, las llevo. Les daré un tour por la ciudad.

—Mamá, voy al baño un momento —anunció Jessica.

—De acuerdo —asintió Starlight, con un tono que dejaba claro que no era una sugerencia—. Después, ve por tu equipaje.

—¡Pero! —protestó Jessica, el enojo brotando al instante—. ¿Eso no lo hacen los guardaespaldas?

—Sí, pero después del último viaje, quedamos en que tú te harías cargo de tus cosas. Es una orden, no un debate.

Jessica refunfuñó entre dientes camino al baño, arrastrando los pies.

—¿No crees que eres algo dura con ella? —preguntó Emily en voz baja, mientras caminaban hacia la salida.

—No —replicó Starlight, seca—. La última vez dejó la mitad de su ropa en el hotel de París. Tuvimos que enviar a alguien de vuelta.

Emily soltó una risa cómplice. —¿Y tú? A los dieciséis, dejaste el pasaporte en un taxi de Londres. La manzana no cae lejos del árbol, querida.

Mientras, Jessica se lavó la cara con brusquedad en el lavabo del baño, intentando aplacar su frustración. No le gustaba la idea de mudarse, y ahora, encima, tenía que hacer de mula. Al salir, buscó a su madre con la mirada.

—¡Ugh! ¿Adónde se fueron?

De pronto, una figura se estrelló contra ella a toda velocidad. Un chico moreno, con una camisa roja como una señal de alarma, la hizo perder el equilibrio y mandó su equipaje al suelo.

El chico se detuvo un instante, la miró con desdén y escupió: —Tu error. —Y siguió corriendo como si nada.

Jessica se quedó helada. Luego, el hervidero de indignación subió por su pecho. —¿¡Mi error!? —bufó—. ¡Oye, tú! ¿No puedes mirar por dónde vas?

Mientras recogía sus cosas, temblorosa de rabia, una sombra se proyectó sobre ella.

—Discúlpalo —dijo una voz suave y clara—. Mi hermano es… un tsunami con patas.

Jessica alzó la mirada. El chico de la camisa verde y la sonrisa tímida era tan atractivo que le cortó la respiración.

—Sí… bueno —logró balbucear, sintiendo cómo el calor le subía por las mejillas—. Lo mínimo era ayudarme a recoger esto.

—Tienes toda la razón. Se lo recriminaré —respondió el joven, cuyo interés se avivó al ver de cerca sus ojos brillantes de enojo—. ¿Puedo saber tu nombre?

—Me llamo… —iba a decir ella, cuando una voz familiar cortó el aire como un cuchillo.

—¡Jessica! ¿Dónde te habías metido? ¿Por qué tanto retraso? —Starlight se plantó frente a ellos, y su expresión de preocupación se congeló al ver al desconocido junto a su hija.

En ese momento, Emily llegó a su lado, sin aliento.

—¡Jackson! ¿Se puede saber dónde estabas? —lo regañó, con un tono más de alivio que de enfado.

Starlight miró a su amiga, y luego al chico, con los ojos muy abiertos. Una sonrisa lenta y reveladora se dibujó en sus labios. —¿Él es… tu hijo?

—¡Sí! Jackson, te presento a Jessica.

Jackson desvió su mirada de la joven hacia su madre, y luego de nuevo a Jessica, como conectando los puntos. Una sonrisa auténtica iluminó su rostro.

—Es un verdadero gusto conocerte, Jessica —dijo, tomando parte del equipaje de sus manos sin preguntar.

Jessica, con la mente dando vueltas ante la confirmación de que el hijo de su ídola era además el chico que le había quitado el aliento, apenas pudo articular, con un nudo en la garganta:

—El gusto… es totalmente mío, Jackson.




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