Había pasado una semana desde que Jessica se topó con el hijo de una de sus cantantes favoritas. La expectativa de volver a verlo la carcomía por dentro; el tour relámpago de Emily no les había dado ni un minuto a solas para hablar.
Tirada en su cama nueva, Jessica miraba el techo con los brazos en cruz.
«¡Dios! ¡Necesito verlo otra vez!» pensó, dando una vuelta sobre las sábanas.
La decisión fue instantánea. Salió disparada de la habitación y encontró a su madre revisando una agenda abarrotada.
—¡Mamá! ¿Podemos ir a la casa de Emily? —preguntó, con una esperanza que rayaba en el súplica.
—Hoy no, cariño —respondió Estrella sin levantar la vista—. Tengo que inscribirte en la academia que te mencioné y luego terminar una entrevista pendiente.
Un suspiro largo y melodramático fue toda la respuesta de Yesica antes de arrastrar los pies de vuelta a su cuarto.
—Pero puedes acompañarme al trámite, sí quieres —agregó Estrella, casi como una limosna.
—Mmm…bueno. Mejor eso que pudrirme de aburrimiento aquí —aceptó Yesica, sin mucho entusiasmo.
La academia “Verona Arts” era imponente. Más que un colegio, parecía un campus universitario. Mientras Estrella hablaba en recepción, un sonido atrajo a Yesica: la vibración grave de un bajo, el golpe seco de una batería y luego una voz.
Se acercó al gimnasio convertido en auditorio. Sobre un escenario improvisado, una banda de tres chicos tocaba con furia contenida. Y la voz que cantaba “Teeth” con una mezcla de desdén y talento puro le resultó familiar. Cuando sus ojos se enfocaron en el vocalista, el corazón le dio un vuelco. Era él: el chico moreno de la camisa roja, el huracán del aeropuerto.
Mientras terminaba la última nota, sus miradas se cruzaron a través del semi vacío. Él la reconoció al instante; una chispa de reconocimiento —y quizá de diversión— brilló en sus ojos.
Jessica torció los ojos con fuerza y se dio media vuelta, marchándose con la nariz en alto. Por mucho que su instinto musical admirara su interpretación, su orgullo herido era más fuerte.
Al alejarse por un pasillo de lockers coloridos, otra figura emergió de un aula. Piel clara, camisa verde impecable y una sonrisa que despejó al instante su mal humor. Era Jackson.
Sus miradas se encontraron y se engancharon. Jessica sintió que el mundo se ralentizaba. Una sonrisa tímida pero genuina se dibujó en sus labios antes de que pudiera detenerla.
Jackson le correspondió con una sonrisa aún más amplia y caminó hacia ella con determinación. Jessica, sintiendo que el pánico y la alegría se disputaban su estómago, se pasó una mano nerviosa por el cabello.
—Hola, Jessica —la saludó él, con una calidez que parecía iluminar el pasillo.
—H-hola—logró decir ella, levantando una mano en un gesto torpe.
—¿Qué haces por aquí?¿Vas a estudiar con nosotros?
—¡Sí! Mi mamá me está inscribiendo ahora. Tú… ¿estudias aquí, verdad?
—Sí, en la especialidad de pintura y acuarela —confirmó Jackson, llevándose una mano a la nuca en un gesto un poco nervioso—. Qué bueno… Tenía ganas de volver a verte.
Las palabras cayeron en el aire como una confesión. Jessica sintió que se sonrojaba hasta las orejas.
—¿Tú también?¡Quiero decir…! Yo también quería verte, Jackson. Conocerte mejor, quiero decir.
—Si quieres,puedo mostrarte el lugar —ofreció él, señalando los pasillos con un movimiento de cabeza.
—¡Sí, claro! Aunque ya vi la parte del escenario… y es impresionante —dijo, sin poder evitar una mirada fugaz hacia atrás.
Caminaron juntos, y Jessica notó que Jackson era un guía nato, señalando el estudio de danza, las salas de ensayo… Hasta que, al doblar una esquina, se toparon de frente con el huracán.
El chico de la camisa roja se despedía de sus compañeros de banda. Al ver a Jackson, y luego a Yesica a su lado, su expresión se tornó en una sonrisa burlona.
—¡Jasón!¿Terminaste el ensayo? —preguntó Jackson, intentando normalizar la situación.
—Sí. La profesora quiere una presentación para el lunes —respondió Jasón, pero sus ojos no se despegaban de Jessica, quien fingía un interés súbito en un cartel de la pared.
Jasón la estudió unos segundos, con una intensidad incómoda.
—Siento que te he visto en alguna parte—dijo, fingiendo un desconocimiento que ninguno de los tres se creía.
—Ella es…—Jackson carraspeó, bajando la voz—. Es la chica del aeropuerto, Jasón.
Una luz de genuino entendimiento —pero cero arrepentimiento— se encendió en los ojos de Jasón.
—¡Ahhh! Eres la boba del pasillo —declaró, como si fuera el hecho más obvio del mundo.
Jessica se giró de golpe. El insulto había encendido una mecha dentro de ella.
—¿¡BOBA!?—explotó, olvidando por completo la presencia de Jackson—. ¡Tú fuiste el inutil que pasó corriendo! ¡Ni te disculpaste ni me ayudaste a levantar nada!
Jasón puso los ojos en blanco y se inclinó, acercando su rostro al de ella. Su voz bajó a un susurro desafiante.
—¿Sabes dónde te paraste en el aeropuerto? Justó en la zona de flujo constante, donde la gente entra y sale arrastrando maletas. Cualquiera se te hubiera echado encima, princesa.
—¡AUN ASÍ…!—empezó Jessica, pero Jackson se interpusó, alzando las manos.
—¡Basta! Esto no va a ningún lado —dijo, con una firmeza inesperada—. Jasón, tienes clase. Yesica, sigamos el recorrido.
Jasón le lanzó una última sonrisa de triunfo a Jessica antes de alejarse. Ella lo fulmino con la mirada, pensando con ferocidad: »Esto no se va a quedar así, Jasón. Lo juro.»
Un rato después, Estrella las encontró. Su rostro de preocupación se suavizó al ver a Yesica con Jackson.
—Es hora de irnos, nena.
—¡Mamá, quiero quedarme un rato más con Jackson! —suplicó Jessica, agarrando el brazo de su madre—. Por favor.
Editado: 11.02.2026