El silencio entre ellos era un muro de cristal, frágil y lleno de grietas. Por un lado, Harry, carcomido por una culpa que los años no habían borrado. Por el otro, Estrella, una fortaleza de hielo construida precisamente para no derretirse ante él. Un océano de recuerdos —de besos bajo el roble, de promesas rotas— agitaba sus aguas entre ambos.
—¡Señorita Starlight, aquí tiene su agua! —La voz del mánager fue un hacha que rompió el hechizo.
Estrella tomó la botella sin mirarla, como un autómata.
—Gracias.Encárgate tú de posponer todo. No me siento bien —dijo, y su tono no admitía preguntas. Dio media vuelta, cada paso un acto de voluntad para alejarse de ese fantasma.
—¡Estrella, espera!
Harry la siguió,sus pasos resonando en el estacionamiento desierto hasta que su mano cerró suavemente alrededor de su muñeca. El contacto, después de tanto tiempo, fue un electroshock para ambos.
—Solo… solo quiero saber si podemos vernos. Para hablar. Han pasado tantos años —suplicó él, con una vulnerabilidad que a Estrella le costaba reconocer en el hombre seguro que veía en la televisión.
Ella se giró lentamente, liberando su brazo con un movimiento firme.
—¿Y por qué será que han pasado tantos años,Harry? —preguntó, cada palabra afilada como cristal.
—Para aclarar malentendidos. Para… cerrar ciclos, al menos —insistió él, buscando en vano un asomo de la chica que una vez amó en los ojos de la mujer frente a él.
Estrella lo estudió por un instante eterno. La guerra entre el rencor y una curiosidad venenosa se libraba en su interior.
—Veremos…—fue lo único que concedió, antes de subir a la limosina y dar la orden de partir, sin mirar atrás.
Dentro del coche, la máscara se resquebrajó. Se llevó una mano al pecho, donde el corazón latía con un ritmo desbocado y doloroso. «No puede ser. No puede ser él», pensaba, mientras la ciudad pasaba como un borrón fuera de la ventana. Con dedos que apenas obedecían, marcó el número de la única persona que podría entender.
—¡Hola, Estrella! ¿Cómo va el día? —la voz alegre de Emily fue un bálsamo momentáneo.
—Emily, no vas a creer lo que me acaba de pasar —la voz de Estrella temblaba, delatando su estado.
Emily soltó una risa cálida.—Esa frase me trae recuerdos de nuestra juventud. Siempre la decías cuando hablabas de…
—Me reencontré con Harry.
Del otro lado de la línea,solo hubo un silencio absoluto durante tres segundos.
—¡¿QUÉ?!—el grito fue tan estridente que Estrella alejó el teléfono de su oído—. ¡¿En serio?! ¡¿Dónde?! ¡¿Cómo?!
—¿Podemos vernos, Emily? Necesito… aire. Y que alguien me diga que no estoy soñando.
—¡Claro que sí!Te envío la dirección de una cafetería discreta. Llego en quince minutos. No te muevas.
—Está bien…—susurró Estrella antes de cortar, dejándose hundir en el asiento de cuero.
Mientras tanto, el universo paralelo de Jessica era puro caos en ciernes. Ya no estaba en la academia, sino en la mansión de Emily, que parecía más un museo de arte contemporáneo. En una sala iluminada por tragaluces, admiraba una serie de pinturas abstractas llenas de color y emociones.
—¡Son increíbles, Jackson! —exclamó, genuinamente impresionada—. Parecen… sentimientos hechos acuarela.
—Gracias—respondió él, un rubor sutil tiñendo sus mejillas—. Me esfuerzo por transmitir eso. ¿Tienes hambre?
—¿Pizza?—preguntó ella, mirándolo de reojo con una esperanza casi cómica.
—Elección perfecta—sonrió Jackson—. Voy a la cocina a pedirles a los chefs. Si quieres, sigue explorando. La casa es grande, pero no muerde.
Jessica asintió, embarcándose en una pequeña expedición. Su error fue abrir la puerta de la sala de cine. Allí, hundido en un sofá como un rey en su trono y con una película de explosiones a todo volumen, estaba Jasón.
—¡Vaya, una presencia nefasta! —exclamó Yesica, dando media vuelta de inmediato.
—Lo dices porque sabes que tengo razón—replicó él sin quitar los ojos de la pantalla, donde un coche volaba por los aires—. Nadie con dos dedos de frente se para en un embudo de tráfico de maletas.
Jessica se detuvo en seco, girando sobre sus talones.
—¡Y nadie con un ápice de educación se va sin disculparse ni ayudar!
—¿Para qué perder tiempo recogiendo cosas que yo no tiré?—se encogió de hombros Jasón, por fin mirándola. Su expresión era de aburrido desafío.
—Eres un patán monumental.
—Dime lo que quieras, enana. La verdad duele.
Jessica dio dos pasos decididos hacia el sofá, el fuego de la indignación brillando en sus ojos.
—¡No entiendo cómo puedes ser hermano de alguien como Jackson!
—Y yo no entiendo cómo alguien tan diminuta se escapó del país de los Munchkins —replicó Jasón, una sonrisa burlona estirando sus labios.
Esa fue la chispa. Jessica se plantó frente a él, las manos en las caderas.
—¡Vuelve a llamarme enana y te juro que te dejo más calvo que un melocotón!
Jasón se levantó de un salto,su altura haciendo sombra sobre ella.
—¿Me estás amenazando,piojo saltarín?
—¡No,te estoy advirtiendo, rata egocéntrica!
Sus miradas se engancharon en un duelo de rayos láser, cargado de un odio tan vibrante que casi parecía tangible. El aire olía a conflicto.
—E-NA-NA —deletreó Jasón, con una sonrisa provocadora y lenta.
Fue la gota que colmó el vaso.
Cuando Jackson entró en la sala con una bandeja humeante, el cuadro que vio lo dejó helado. Yesica estaba trepada como un mono enfurecido a la espalda de Jasón, tirándole del cabello con ambas manos mientras gritaba incoherencias. Jasón, a su vez, giraba como un trompo enloquecido, intentando desprenderla a tirones y proferiendo una cascada de insultos creativos que habrían sonrojado a un marinero.
—¡JESSICA, SUÉLTALO! —rugió Jackson, dejando la pizza a un lado y abalanzándose hacia la refriega.
Tras una lucha breve pero intensa, logró desprender a Yesica, quien resoplaba como un toro pequeño. Jasón se apartó, jadeante, con el pelo en todas direcciones y varias mechas sueltas en la alfombra.
Editado: 11.02.2026