El traqueteo de la limosina llevaba un nuevo ritmo. No el de la ansiedad escolar, sino la emoción pura y eléctrica de un sueño a punto de cumplirse. En la radio, una canción de Lady Pop sonaba, y Jessica la tarareaba, sus pies moviéndose en un pequeño baile contra el asiento. Hoy no era un día cualquiera. Hoy era su primer entrenamiento en el club de Harry Doberman.
Mientras su hija vibraba de felicidad, Estrella era un nudo de nervios. Su pierna no dejaba de moverse, un tic que delataba la tormenta interior. Jessica, sensible a cada cambio en su madre, captó la señal.
—Mamá, ¿estás bien?
—¡Sí, sí! Todo está bien —respondió Estrella, demasiado rápido. Tomó la mano de su hija, buscando anclarse—. Es solo que… esto es muy nuevo. ¿Estás segura, cielo? ¿De verdad es esto lo que quieres?
—¡Más que nada en el mundo, ma! Lo he soñado desde que era una niña. Perdón por no habértelo dicho antes… pero no te voy a defraudar.
Estrella vio la determinación brillando en los ojos de Jessica, tan parecidos a los suyos, pero con una fogosidad distinta. Una sonrisa genuina, aunque temblorosa, afloró en sus labios.
—No me defraudes siendo infeliz. Lo único que quiero es que seas feliz. Brilla, hija. Brilla donde tú elijas.
Al llegar al club, la figura esperando en la entrada hizo que el corazón de Estrella diera un vuelco. Harry. Allí estaba, como si el tiempo no hubiera pasado, sonriendo con esa mezcla de seguridad y nerviosismo que solo él tenía.
—¡Buen día, Señor Doberman! —gritó Yesica, saltando casi antes de que el auto se detuviera por completo.
—¡Buen día, campeona! —respondió él, desviando la mirada hacia Estrella—. Buen día, Estrella.
—Buen día —murmuró ella, evitando el contacto visual más de lo necesario—. Jessica, llámame cuando terminen. Sin falta.
—Mamá, ¡no hace falta que vengas! Ya puedo volver sola —protestó Jessica.
—Yesica, ya hablamos de esto. Eres nueva en la ciudad.
—¡Nada me va a pasar! Confía en mí, ¿sí? —suplicó Jessica, mirándola con esos ojos suplicantes que siempre la derretían.
Esas palabras, "confía en mí", resonaron en Estrella. No era solo sobre el viaje a casa. Era sobre permitirle volar. Respiró hondo, y una sonrisa más tranquila iluminó su rostro.
—Está bien. Pero avísame en cuanto salgas. Sin excepciones.
—¡Gracias, ma! —Jessica la abrazó con fuerza antes de salir disparada hacia Harry, quien la recibió con una palmada en el hombro.
Estrella observó cómo se alejaba, su corazón dividido entre el miedo y el orgullo. Harry se acercó, su voz bajó a un tono íntimo, peligroso.
—No te preocupes tanto. La cuidaré.
Estrella se puso las gafas de sol, una barrera instantánea.
—Confío en ella para que sepa cuidarse —respondió, con una firmeza que pretendía ser un muro.
Iba a subir a la limosina cuando la sintió: su mano en su brazo, deteniéndola. Un contacto que envió un escalofrío familiar por su espina dorsal.
—Sabes —susurró él, acercándose lo suficiente para que ella sintiera su calor—, nuestra charla… la última… quedó a medias. Tenemos cosas que decirnos.
Estrella se quedó quieta, paralizada entre la rabia y ese viejo magnetismo que parecía reactivarse contra su voluntad.
—Veremos —murmuró por fin, liberando su brazo y subiendo al auto antes de que pudiera decir algo más.
En el silencio de la limosina, rumbo a la fiesta de cumpleaños del esposo de Emily, Estrella se debatió. ¿Por qué, después de dieciséis años, ese hombre podía ponerla tan nerviosa? ¿Era rabia residual o el fantasma de un sentimiento que nunca murió del todo? La idea la enfurecía y la confundía por igual.
La fiesta era elegante, discreta. Emily la recibió con un abrazo cálido.
—¡Gracias por venir! Sé que mi marido es todo un misterio para ti.
—Algo así —rio Estrella—. Tú siempre tan reservada con él.
—Es un hombre bueno. Un buen padre —dijo Emily, y en sus ojos hubo una sombra fugaz que Estrella no pudo descifrar.
—¿Y los chicos? Jackson debe de estar por aquí…
—Jackson sí. Jasón… no —Emily bajó la voz—. Tiene un trabajo de medio tiempo. Su padre no aprueba, así que… le dije que estaba enfermo.
Estrella arqueó una ceja.
—¿No es peligroso mentirle a tu esposo?
—Es más peligrosa la pelea que habría si se enterara —susurró Emily, con un dejo de cansancio.
En ese momento, Jackson se acercó, su sonrisa amable y directa.
—¡Buenas tardes, señora Estrella! —saludó, con un respeto encantador.
—¡Jackson, qué gusto verte! —respondió ella, genuinamente contenta de verlo.
—Señora… disculpe la pregunta —tragó saliva, un poco nervioso—, ¿ha venido… Jessica?
—Hoy no, Jackson. Está en su primer día en el club de fútbol.
La decepción en el rostro del chico fue evidente, pero lo camufló rápidamente.
—Ah, claro. Cuando la vea, ¿le da saludos de mi parte?
—Por supuesto.
Emily, que había escuchado, miró a Estrella con curiosidad.
—¿Tu hija en el club de fútbol? ¿El de Harry Doberman?
—Sí —confirmó Estrella, sintiendo que el nombre de Harry cargaba el aire entre ellas de una nueva manera—. ¿Por qué lo preguntas?
Emily abrió la boca para responder, pero algo en su expresión se contuvo. Una historia, un secreto, quedó suspendido en el aire, sin ser contado.
Mientras tanto, en el club, la realidad golpeó a Jessica como un balonazo en el pecho.
Después del calentamiento, Harry anunció una prueba de fuego: un partido de verdad. No ejercicios, no prácticas. Un partido. La emoción se transformó en pánico puro.
Y el pánico se hizo realidad en la cancha.
Jessica era un desastre. Acostumbrada a jugar sola, a ser la estrella de su propio mundo imaginario, se estrelló contra el muro del trabajo en equipo. Sus pases eran imprecisos, sus controles, torpes. En un arrebato de desesperación por destacar, le robó el balón a una compañera e intentó un remate desde una posición imposible. El balón golpeó el poste con un sonido hueco y cruel, un eco de su fracaso.
Editado: 11.02.2026