Un sábado soleado bañaba la mansión de Estrella con una luz dorada y perezosa. Era el tipo de día en el que los sirvientes deberían haber estado exhaustos, pero no. En la sala, con el polvo bailando en los rayos de luz, estaban solo madre e hija.
Estrella, con un pañuelo atado en el pelo y jeans manchados, insistía en hacer los quehaceres domésticos junto al personal. Para ella, era una forma de mantener los pies en la tierra. Para Yesica, en ese momento, era una sentencia de aburrimiento.
—¡MAMÁ! ¡TERMINÉ LA COCINA, LOS MUEBLES DE LA SALA, LOS PISOS DEL PASILLO Y LAS VENTANAS! —gritó Jessica desde el pasillo, cada anuncio acompañado de un suspiro más dramático que el anterior.
Estrella apareció en el marco de la puerta, una sonrisa pícara en los labios.
—¡Excelente! Solo te falta el garaje de arriba. Saca las cajas marcadas con cinta negra y serás libre —le guiñó un ojo.
—¡AAAHG, MAMÁ! Llevamos dos horas limpiando…
—Y llevaremos más si no terminas —replicó Estrella, su tono dulce pero implacable.
Jessica dejó escapar un gruñido y subió las escaleras hacia el ático-garaje, murmurando entre dientes. Maldita su suerte. Había rechazado un fin de semana en la playa con sus amigas para “pasar tiempo con mamá”, imaginando salidas, no esta guerra contra el polvo y los objetos olvidados.
Distraída por sus quejas internas, no vio el precario equilibrio de una pila de cajas. Su hombro rozó una, y en cámara lenta, una caja de cartón marrón, grande y polvorienta, se precipitó desde lo alto. Yesica apenas tuvo tiempo de gritar antes de que la golpeara, enviándola al suelo con un golpe sordo.
—¡Ayyy! Tonta caja… —refunfuñó, frotándose el brazo. Pero entonces, su mirada se fijó en la tapa. Alguien había escrito a mano, con una caligrafía familiar pero apresurada: “Botar esto. No lo olvides.”
Una curiosidad inmediata, áspera y urgente, le picó en la mente. Levantó la caja, que era más liviana de lo que parecía, y la colocó a un lado. Mientras bajaba el resto de las cajas marcadas, no podía dejar de mirarla. ¿Qué secretos guardaba ese cartón que merecían una advertencia tan ominosa?
Dudó. ¿Preguntarle a su madre? La frase “no lo olvides” sonaba a un recordatorio personal, algo que no quería que nadie más viera. Decidió investigar por su cuenta.
—¡Por fin bajaste las cajas! Gracias, nena —la voz de Estrella la sacó de sus cavilaciones.
—Amm, mamá… —tartamudeó Jessica.
—¿Sí? —Estrella revisaba el contenido de una caja, distraída.
—Voy a… a buscar algo que se me quedó arriba.
—¿El qué?
—¡Mi celular! —improvisó Jessica, y salió disparada escaleras arriba antes de que su madre pudiera cuestionar su lógica (Estrella sabía que Yesica era inseparable de su teléfono).
En el garaje, con el corazón acelerado, Yesica colocó la caja en el suelo. Sus dedos se cerraron alrededor de las solapas. La verdad estaba a un tirón de distancia.
—No vas a abrir esa caja.
La voz de Estrella, fría y firme, la hizo saltar. Su madre estaba en la puerta, sosteniendo… el celular de Yesica.
—¿Cómo supiste que…?
—Nunca dejas tu teléfono en un lugar sucio —dijo Estrella, con una mirada que todo lo veía. Le extendió el aparato—. Aquí está. “Se te quedó”.
Jessica lo tomó, sintiéndose atrapada.
—Gracias, mami linda —musitó, ruborizada. Luego, volvió a mirar la caja, incapaz de contener su intriga. Adoptó una expresión de niña pequeña, pestañeando exageradamente—. ¿Y… no querrías decirle a tu querida hija qué hay en esta cajita?
—No —fue la respuesta seca y definitiva.
—¡Ay, mamá, porfa! ¡Dice "Botar esto, no lo olvides"! Es muy misterioso.
—Son cosas que ya no sirven. Y lo que no sirve, se bota —Estrella agarró la caja con decisión y comenzó a bajar.
Jessica la siguió, como un cachorro insistente.
—¿Es de algún pasado oscuro? Todos tenemos uno, mami, no te juzgaré.
—No.
—¿Son cosas que te avergonzaba tener?
—No.
—¿Ropa vieja?
—No —esta vez, el “no” fue más fuerte.
—¿Algún disco horrible de un familiar del pasado?
—¡No!
—Es de…
—¡NO! —Estrella se volvió, y su mirada fue un muro de hielo. Una advertencia clara: un paso más y habría consecuencias.
Jessica, sin embargo, vio algo más. Vio un destello de dolor, rápido pero intenso, pasar por los ojos de su madre antes de que endurecieran. Se arriesgó, con la voz apenas un susurro tembloroso:
—¿Es… de alguna relación del pasado que no deseas recordar?
Estrella se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron levemente, un pestañeo largo. Miró hacia un punto lejano en la pared, luchando por controlar su expresión. Finalmente, dejó la caja sobre un montón de bolsas de basura.
—No… —dijo, pero la palabra sonó hueca—. Nada importante, Yesica. No te preocupes.
Jessica observó el perfil nostálgico y levemente triste de su madre. Un aguijón de culpa la atravesó. Había tocado una fibra sensible, una herida que aún no cicatrizaba.
—Lo siento, ma… No quise hacerte sentir mal.
Estrella respiró hondo, y cuando volvió a mirarla, había una sonrisa brillante y forzada en su rostro.
—¡No te preocupes! Ya te dije que no importa —la voz era demasiado alegre—. Oye, este día es solo para nosotras. Como ya terminamos… ¿salimos?
La propuesta hizo que los ojos de Jessica se iluminaran como dos luceros.
—¿En serio, mamá?
—¡Claro! Volví a esta ciudad, tomándome un descanso de mi carrera, para estar contigo, nena. Y esa promesa la pienso cumplir.
—¡AAAAYYY! ¡Gracias, mamá! ¡Gracias!
Estrella entró primero a cambiarse, dejando a Yesica unos segundos a solas con la caja, ahora reposando sobre la basura. La batalla interna fue breve pero feroz.
»¡No, Jessica! Después tu madre te mataría si descubre que la tienes.«
»Bueno… si la escondo bien, no se enterará, ¿no?«
Editado: 11.02.2026