Ahí estaba ella, en un vestido azul, igual o más hermosa como el día en el que la conocí, simplemente espléndida, llevaba una trenza al costado remarcando sus finos rasgos. Empecé a caminar hacia ella, no avance ni cinco pasos y me quedé congelado.
Ahí estaba, sonriendo y riendo de lo que un tipo le decía al oído mientras posaba sus manos en su cintura.
¿Cómo se atrevía? Bueno, no es la gran cosa, pero simplemente quiero prohibirle acercarse a ella a diez metros a la redonda.
—Linda expresión hermanito. Ya vas tres— dijo mi hermano corriendo hacia su esposa.
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Editado: 02.09.2018