Mariana llegó con una mochila llena de botellas de agua, fruta y un pequeño reproductor de música.
Al entrar, encontró a Alejandro practicando solo.
Por primera vez, no llevaba guardaespaldas ni fotógrafos.
Solo estaba él... bailando.
Mariana se quedó observándolo unos segundos.
—No sabía que también bailabas.
Alejandro sonrió con timidez.
—Aprendí cuando era niño. Después, la música ocupó todo mi tiempo.
Mariana respondió con una pequeña sonrisa.
—No lo haces nada mal.
Alejandro levantó una ceja.
—¿Eso fue un cumplido?
—No te emociones. Solo dije la verdad.
Ambos soltaron una pequeña risa.
Era la primera vez que compartían un momento sin discutir.
El coreógrafo apareció.
—Hoy ensayaremos la parte más importante de la presentación: el baile al atardecer.
La música comenzó a sonar.
Mariana y Alejandro siguieron el ritmo con mayor confianza.
Sus movimientos eran precisos y elegantes.
En una de las vueltas, Alejandro sostuvo la mano de Mariana con firmeza.
Ella sintió que su corazón latía más rápido.
Por un instante, ambos olvidaron que estaban rodeados de personas.
Cuando terminó la canción, todos aplaudieron.
—¡Excelente! —dijo el coreógrafo—. Ya empiezan a bailar como una verdadera pareja artística.
Mariana se sonrojó.
Alejandro solo sonrió.
Mientras guardaban sus cosas, Iván apareció con dos vasos de agua de jamaica.
—Creo que ya dejaron de ser enemigos.
—No exageres —respondió Mariana.
—Solo estamos aprendiendo a trabajar juntos —añadió Alejandro.
Iván sonrió de lado.
—Claro... trabajar juntos.
Esa tarde, al salir del teatro, comenzó una ligera lluvia de verano.
Alejandro abrió un paraguas.
Miró a Mariana y preguntó:
—¿Compartimos el camino?
Ella dudó unos segundos.
Finalmente respondió:
—Está bien... pero solo porque no quiero mojarme.
Los dos comenzaron a caminar por las calles adornadas con faroles y murales llenos de colores latinoamericanos.
Sin darse cuenta, la distancia entre ellos empezaba a desaparecer.