Odette estaba a pocas horas de hacer realidad su sueño o de despedirse de él.
Era una noche crítica, lo sabía bien, entonces ¿por qué de todas escogió esa para emborracharse?
Su vista se encontraba nublada por sus mechones mieles. Allí, recostada sobre la barra helada, pensaba en todos los futuros posibles que le esperaban al día siguiente.
Ganar o perder.
Volar o caer.
Ser adorada o humillada.
Extendió su mano hacia adelante para buscar la copa servida por el cantinero y se la acercó. En realidad, nunca se atrevió a embriagarse hasta el punto de volverse difícil reconocer a las personas a su alrededor, pero esa noche era diferente a todas las anteriores de su vida. Cuando dejó de recostar su cabeza en la mesa y se enderezó sobre el asiento, dispuesta a beber del cóctel, escuchó una voz familiar a sus espaldas.
—¡Solo mírate, nadie creería que eres una aspirante de Luna Aerial! —le regañó Astrid clavando sus ojos esmeraldas en ella— ¡Levántate y disfruta de la fiesta en vez de beber hasta perder la consciencia!
Odette hizo girar su asiento para mirar a su amiga de frente, cuyos mechones negruzcos hacían juego con el antifaz en su rostro. Incluso entre los colores neones de la discoteca se notaba su mirada imponente y firme. Ella siempre le resultó hermosa y de un carácter fuerte. Era la clase de mujer que nunca tiene miedo ante los problemas. Esa ocasión no era la excepción, ya que a pesar de ser también una aspirante no lucía asustada.
Astrid la ojeó de pies a cabeza, furiosa y a la vez decepcionada por su estado, pues, sabía que no bebía, por otro lado estaba al tanto de su situación. Si no aprobaba la audición de Luna Aerial debía regresar a casa a estudiar medicina, arquitectura o cualquier carrera aceptada por sus padres. De seguro la obligarían a seguir una lo más alejada de los escenarios, la danza y las acrobacias en alguna universidad a millones de kilómetros de distancia de Ville Di Vento.
Oh, sí, prefería perder la memoria y cordura antes que pensar sobre su futuro desilusionador; entonces, Astrid la jaló hacia arriba después de arrebatarle la copa e intentó arrastrarla a la pista de baile. Sus esfuerzos resultaron en vano por los quejidos de la bailarina, a quien no le pareció vergonzoso gritarle a todo pulmón en público.
—¡Suéltame, Argus es mi amigo!
—¿Argus? ¿El cantinero? ¡Lo conociste hace dos horas!
—¡Él me entiende! —Giró la cabeza hacia el hombre usando traje oscuro y preparando otro cóctel para un cliente— ¿No es así? —Lo señaló.
El adulto intentó disimular su incomodidad frente a las damas al concentrarse en su labor e ignorar la pregunta; pero, Odette, muy despreocupada de las miradas ajenas, se acercó a la mesa y golpeó esta con fuerza. Sus iris mieles se fijaron en el cantinero y se vio obligada a contener la risa al observarlo sostener una botella con fuerza entre sus manos, mientras la veía asombrado por esa repentina acción.
Quizás no se esperaba tal fuerza viendo su cuerpo de aspecto frágil o por su tez tan pálida que lucía anémica.
—¿Me tienes miedo? ¡No soy una borracha que le gusta pelear! ¿No sabes quién soy? ¡Soy Odette Chevelire, futura nueva integrante de Luna Aerial!
Tal último nombre atrajo el asombro de todos los presentes. Después de todo, la Compañía Luna Aerial, destacaba en la magnitud de sus shows y en las maravillosas obras narradas con danzas y acrobacias únicas. Su escenario gigantesco, de seguro costando millones de dólares, era exclusivo para los mejores bailarines y acróbatas del país. Cada obra, cada pieza mostrada parecía una ilusión, mas, eran interpretaciones reales, sin computadora u hologramas.
Así, con una frase cambió la perspectiva de los demás sobre ella.
Sonrió, tal cual si una estrella fugaz hubiera aterrizado sobre su cabeza. Dio un brinco hacia una mesa cercana e hizo una attitude derrière, asemejándose a un cisne a punto de emprender vuelo. Curiosamente su máscara blanquecina poseía unas plumas en los costados.
El público aplaudió y Odette empezó su danza.
Estiró sus brazos al cielo y encorvó su cuerpo delgado hacia atrás, después con sus manos frágiles acarició su torso lentamente y al final estiró una pierna hacia adelante para volver a enderezarse. Giró otra vez, se agachó y dio otra vuelta, volviendo a encorvarse y enderezarse casi al instante. La música era lenta con leves toques de persecución y varios instrumentos de cuerda, siendo el violín el predominante. La melodía y su danza sumergió la barra en un ambiente sensual e hipnotizante, pues cada presente en esa área había fijado sus ojos en Odette. Ella posaba, se estiraba y giraba con lentitud. Poseía pocas curvas y lucía más una tabla de planchar que un modelo de revista, sin embargo, su baile la hacía resaltar entre todos los presentes. De pronto, quiso dar un brinco mientras daba otra vuelta, mas, un pequeño charco sobre el taburete la hizo tambalear. De estar volando en el cielo pasó a descender en picada hacia un abismo. Solo alcanzó a observar la luz tenue alejarse de su vista; entonces, su caída fue retenida por dos brazos sosteniendo su cuerpo igual a una princesa bailarina.
Había caído en las garras de un hombre cubierto en su totalidad de prendas negras. Ante la oscuridad apenas podía distinguir sus iris azules bajo el antifaz oscuro. Él, para sorpresa de Odette, giró con ella y la soltó en el aire, cual trompo giratorio. La bailarina correspondió al movimiento con múltiples rotaciones. La falda de su vestido poseía varias capas finas y brillosas, por ende, con las vueltas parecía estar disparando destellos alrededor suyo, igual a una estrella fugaz. Se detuvo con la manl estirada. Luego sintió unos dedos gruesos sostener los suyos y fue jalada de donde vino. La música paró y varios aplausos de escucharon por la sala.
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Editado: 15.11.2023