Víctor
El frío fue lo primero que sentí. El agua del Manzanares en julio no era tan helada, pero para un cuerpo herido, atrapado en una red de plata, era como hielo puro.
Me estaba ahogando. Aunque mis pulmones y sentidos no eran los de una persona común, mis capacidades no eran ilimitadas, y la red de plata las reducía a una velocidad aterradora.
La plata quemaba mi piel en cada punto de contacto. La red estaba encantada: se contraía automáticamente, apretando mis extremidades contra mi cuerpo, impidiéndome moverme. La corriente me arrastraba hacia abajo, hacia las oscuras profundidades del agua.
Pero yo era un Lobo Lunar. Y los Lobos Lunares no mueren tan fácilmente.
Me obligué a transformarme de nuevo en mi forma humana. El dolor era infernal: la red de plata cortaba mi carne al cambiar de forma, pero el cuerpo humano era más pequeño, más flexible. Logré liberar un brazo de la red, luego el otro.
Mis pulmones ardían por la falta de aire. La corriente me golpeaba contra las rocas submarinas. Pero luché, desgarrando la red, sintiendo cómo la plata rasgaba la piel de mis dedos.
Finalmente, la red se rompió.
Emergí a la superficie, jadeando, tragando aire con desesperación. La corriente me había llevado lejos del puente; estaba casi a una milla río abajo. La orilla estaba cerca, y nadé hacia ella, cada brazada era un tormento, y el agua bajo mis manos se teñía de rojo con la sangre de mis heridas.
Cuando logré arrastrarme hasta la orilla, todo giró a mi alrededor como un caleidoscopio. Caí de espaldas sobre los guijarros, mirando el cielo gris. La sangre brotaba de decenas de heridas: cortes profundos por la plata, moretones por los golpes, desgarros musculares por la transformación abrupta.
Mía...
Intenté sentir nuestro vínculo, buscando ese hilo cálido que siempre latía entre nosotros. Nada, solo vacío.
O estaba muerta, o... algo bloqueaba nuestra conexión. Podían ser cadenas de plata o sellos mágicos.
Me obligué a sentarme, evaluando mis heridas: todo estaba mal, muy mal. La plata envenenaba lentamente mi cuerpo.
Pero tenía que encontrar a Mía. Eso me dio fuerzas para levantarme. Tambaleándome, comencé a caminar a lo largo del río de vuelta a la ciudad. Cada paso era un suplicio, pero no me detuve.
Ella estaba ahí fuera, en manos del Tribunal. Y juré por todos los dioses que conocía que la encontraría, incluso si fuera lo último que hiciera en mi vida. Sin embargo, la pérdida de sangre y de fuerzas no me permitió avanzar demasiado…
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