Viuda Oscura
Los subterráneos bajo la fortaleza del Tribunal se adentraban más de lo que parecía al principio. Isabel llevaba ya veinte minutos descendiendo, contando los escalones —novecientos cuarenta y tres— y aún no se vislumbraba el final. El aire se volvía más frío con cada paso, cargado de humedad y del olor a algo antiguo, algo que no debería haber visto la luz del día.
Las antorchas en las paredes se encendían a su paso, una magia ancestral entretejida en las propias piedras. Su luz titilante proyectaba largas sombras que danzaban sobre las paredes, creando la ilusión de movimiento donde solo había roca y oscuridad.
Se movía en silencio, a pesar de los pesados pliegues de su vestido negro con encaje rojo. Cada paso era parte de una coreografía perfeccionada durante siglos de asesinatos: el pie aterrizaba en la parte blanda, el peso se trasladaba con fluidez, el cuerpo permanecía equilibrado. La Viuda Oscura, bailarina de la muerte. Y por primera vez en siglos, su danza estaría dirigida contra el Tribunal al que había servido.
Las agujas de plata en su alto peinado brillaban bajo la luz de las antorchas. Cada una estaba impregnada de un veneno capaz de matar a un licántropo en segundos, y cada una recordaba más de una muerte.
Isabel ya no servía al Tribunal.
“Prométeme... que cambiarás el mundo. Que lo harás un lugar donde las madres ya no pierdan a sus hijos” —recordaba sus propias palabras dirigidas a una extraña mortal que pronto se convertiría en el Corazón Lunar y que le había devuelto un propósito a su vida.
La voz de Mía resonaba en su memoria: joven, sincera, llena de una esperanza que Isabel no había sentido en mucho, mucho tiempo. El Corazón Lunar había tocado su alma, derritiendo la coraza de hielo que la había protegido del dolor durante siglos.
Ahora caminaba no como la Viuda Oscura, sino como Isabel. Tan pronto como la Bailarina Mortal del Tribunal obtuviera el Códice de Plata y encontrara a su hija, su lugar sería ocupado por una madre que alguna vez cantó nanas, una mujer que recordaba cómo amar.
Las escaleras finalmente terminaron. Ante ella se extendía un enorme salón, tan vasto que el techo se perdía en la oscuridad. Columnas sostenían las bóvedas, cada una del grosor de tres personas, cubiertas de runas que brillaban con una tenue luz azul.
Y en el centro del salón, sobre un pedestal de mármol negro, bajo una cúpula de cristal transparente que pulsaba con encantamientos protectores, reposaba un libro.
El Códice de Plata.
Incluso a distancia, Isabel sentía su poder: antiguo, formidable, peligroso. La cubierta de plata pura emitía un frío resplandor propio. Las páginas eran de pergamino, hechas de la piel de la Primera Bailarina, una reliquia sagrada o una blasfemia horrenda, dependiendo de cómo se mirara.
En el Códice estaba todo: la verdadera historia de la raza de los licántropos, los secretos del Corazón Lunar, rituales prohibidos tras la Gran Ruptura. Conocimiento que podía salvar o destruir el mundo.
Isabel dio un paso hacia el pedestal y se detuvo, porque el aire cambió. Se volvió más pesado, impregnado de la presencia de algo no vivo. De las sombras detrás de las columnas emergieron ellos.
Tres Sangreplateada.
Se movían en sincronía, de manera perfecta, mecánica, como partes de un solo organismo. Altas figuras en armaduras oscuras, su piel con un tono plateado brillaba tenuemente en la penumbra. Por sus venas bajo la piel pulsaba luz: líneas de plata que convergían hacia sus corazones.
Sus ojos, grises metálicos y vacíos, la miraban sin emoción alguna.
Isabel sabía de ellos. Sabía cómo los creaban y que alguna vez también fueron humanos, antes de que Moreno personalmente les inyectara plata alquímica, quemando todo lo que los hacía vivos.
No hablaban. Simplemente se desplegaron en un triángulo perfecto, bloqueando todas las rutas de escape.
— Patético —susurró Isabel, su voz resonando contra las paredes—. Moreno confía la guardia de su tesoro más preciado a muertos que caminan.
No hubo respuesta. Los Sangreplateada no reaccionaban a insultos ni provocaciones. Solo cumplían su función.
El primero se lanzó hacia ella.
Su velocidad era increíble: en un instante recorrió treinta pies, su espada de plata trazó un arco dirigido a su garganta.
Isabel retrocedió en un paso de danza, elegante y fluido. Sus manos se alzaron, las castañuelas en sus dedos chasquearon con fuerza:
Clac-clac-clac
El sonido se expandió por el salón, transformándose en una melodía antigua, prohibida, una que mataba la mente y el alma. Era magia cantada, que le había servido durante siglos.
Pero el Sangreplateada no se detuvo.
Atravesó las ondas de sonido como si no existieran. Su espada silbó de nuevo, y Isabel apenas logró esquivarla. La hoja rozó su hombro, un corte superficial, pero el revestimiento de plata en el filo quemó como fuego.
Se giró, deslizándose para evitar al segundo atacante que la embestía desde un lado. Las castañuelas chasqueaban cada vez más rápido, la melodía se volvía más alta, más desesperada.
Nada. Su magia no funcionaba. Y no era de extrañar, pues los Sangreplateada no tenían emociones que temer ni almas que pudiera hechizar. Eran cáscaras vacías, pero rápidas y letales. ¡Armas perfectas!
El tercer Sangreplateada completó el cerco. Ahora estaba en el centro de su círculo, con tres espadas avanzando hacia ella desde tres direcciones a la vez.
Isabel se lanzó al suelo, rodó y salió del círculo. Su mano arrojó una aguja-dardo que extrajo de su cabello: una, dos, tres. Las agujas de plata acertaron en los cuellos de los Sangreplateada, perforando su piel.
Ni siquiera se inmutaron. El veneno que mataba a licántropos en segundos no tenía efecto en aquellos cuyas venas estaban llenas de plata alquímica.
El primero atacó de nuevo. Su puño impactó en el costado de Isabel, y ella salió despedida, golpeándose la espalda contra una columna. El dolor explotó en sus costillas: al menos dos estaban rotas. Cayó de rodillas, tosiendo. Sangre, su sangre, roja y cálida, goteaba de su labio partido.