Bajo Bandera Roja

Prólogo

Hay recuerdos que no se desvanecen con el tiempo. El mío tiene olor a café recién hecho, el sonido constante de un motor acelerando y el calor del hombro de mi padre a mi lado.

Desde pequeña, las carreras de autos fueron mi refugio, mi primer amor y la excusa perfecta para compartir silencios frente al televisor.

Las carreras de auto no eran solo un deporte para nosotros; era una promesa: estar ahí, carrera tras carrera, sin importar la hora ni el mundo exterior.

Papá siempre solía decirme que un día entendería por qué me encantaban tanto las carreras. Yo no sabía exactamente cómo explicarlo, pero algo en el rugir de esos motores y esas maniobras perfectas me hacían creer que todo en el mundo era posible.

Mi padre, William Ferrer, era un fanático de las carreras de auto, pero más allá de eso, era un verdadero experto en los detalles: las ruedas, los motores, las suspensiones.

Él no solo veía las carreras, las entendía.

A través de una larga trayectoria en el rubro, consiguió llegar a ser jefe de mecánicos en una de las escuderías más importantes en la famosa liga de carreras de nuestro país, la "Grand Prix Extreme".

Al principio no comprendía en su totalidad todo el tecnicismo de dicho deporte, pero con el tiempo me fui contagiando de su pasión por las pistas.

Aprendí a través de papá, a reconocer los tipos de neumáticos, cómo las estrategias en la pit stop influyen en el rendimiento y hasta el porqué de los giros tan cerrados que hacían los pilotos como si desafiaran las leyes de la física.

Recuerdo una mañana de domingo en particular. La carrera definiría al campeón mundial. Yo estaba sentada en el piso, aún medio dormida, cuando señalé la pantalla.

—El número nueve va a ganar —dije con seguridad.

Papá me miró sorprendido. Le expliqué lo que veía: la suspensión, el desgaste de los neumáticos, la forma en que el piloto tomaba las curvas. No dije nada extraordinario. Solo leí la carrera.

Cuando el auto cruzó la meta en primer lugar, mi padre no dijo nada. Solo me miró como si acabara de descubrir algo que había estado frente a él todo el tiempo.

—Tienes algo especial, Alessia —murmuró al final.

Desde entonces, ya no veía las carreras como una espectadora. Las entendía. Las sentía. Sabía lo que iba a pasar antes de que ocurriera. Pero, entender ya no era suficiente.

Crecí sabiendo que ese mundo no estaba hecho para mí. Que las puertas se abrían con facilidad para los hombres, y se cerraban, casi siempre, frente a las mujeres.
El día que cumplí quince, reuní el valor para preguntarle a papá si algún día podría trabajar con él. Su silencio fue la respuesta más dolorosa.

—Para estos momentos —dije con la voz quebrada—, desearía llamarme Alex y no Alessia.

Él me observó en silencio. Sus ojos recorrieron mi rostro con una intensidad que no supe interpretar.

—Tienes más de mí de lo que crees —dijo finalmente.

Unos segundos breves de silencio pasaron entre ambos. Luego sonrió.

—Creo que tengo una idea.

En ese instante supe que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría vuelta atrás. Sin embargo, no pude evitar pensar lo mismo que él.

A final de cuentas, ¿Qué podría salir mal?




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