Bajo Bandera Roja

1.

Riesgos en los pits

Alessia

El rugido de los motores me atraviesa el pecho como un golpe seco. El sonido es tan intenso que apenas puedo distinguir mis propios pensamientos, pero aun así permanezco alerta. Aquí no hay espacio para el error.

El aire otoñal ahora huele a gasolina, a metal caliente y a miedo. Un miedo que no paraliza, sino que mantiene los sentidos despiertos.

Observo el entorno con rapidez. He estado aquí demasiadas veces como para fingir calma, pero nunca las suficientes como para que deje de sentirse igual que la primera vez.

Para mí, esto no es solo una competencia de velocidad; esto es mi vida. Es mi oportunidad de demostrar que no necesito el cuerpo de un hombre para ganar; basta con mis manos firmes y una mente que no sabe rendirse.

El Pit Lane se llena de mecánicos e ingenieros. Pronto llegaría Theo a boxes y me concentro en contar los segundos que tenemos, mientras corro a mi lugar con la pistola neumática en manos, junto al resto de mis compañeros.

Mi escudería es Zenith, una de las más populares debido a todas las copas ganadas y las interminables rachas invictas como campeones a lo largo de los últimos años.

Solamente una escudería ha logrado quitarnos el primer lugar del podio, BlazeTech. O como nosotros les llamábamos, los rojos.

Un equipo con una trayectoria tan larga como la nuestra, solo que el carácter indomable de sus pilotos y la larga línea de jefe de mecánicos, es tan potente como la de un motor pistón; lo cuál les ha generado conflictos en la toma de decisiones en la pista, llevándolos a su derrota.

—¿Dónde está Chris? —escucho a James preguntar, agitado, con la manguera del combustible en la mano.

—¡Chris! —corearon los demás en un unísono de desesperación.

¡Mierda! Ese novato no ha hecho más que complicarlo todo desde que llegó. Es despistado, torpe... y, para colmo, hijo de nuestro ingeniero de estrategias. No hace falta ser un genio para entender por qué está aquí; claramente, no por talento, ni por mérito.

Como si fuese una regla escrita, lo dejaron a mi lado en el equipo; si yo saco las llantas, él atornilla. Si yo cargo combustible, él ve los tecnicismos. Si yo levanto el lado derecho, él se encarga del izquierdo. Y viceversa en todos los casos.

Dado que, en todos estos años, no sólo me dediqué a cumplir un sueño, más bien me enfoqué en demostrar todas mis dotes y habilidades. Ahora soy la mejor técnico de Zenith... bueno, mejor dicho, el mejor técnico.

De repente, por la pantalla veo el monoplaza azul acercarse a boxes. Los nervios de todos se desbordan al notar que Chris aún no ha llegado con el neumático de repuesto para la llanta trasera.

—¡Demonios, Johnson! —Grita mi padre, afirmando su cabeza con ambas manos—. ¡Traes un neumático duro cuando te pedí un medio!

Giro hacia la dirección en la que mira mi padre. El joven destartalado con la gorra de la escudería a medio salir volando, trae en sus brazos el neumático incorrecto, mientras trota sin coordinación hacia el equipo.

¡Mierda, mierda, mierda! Sólo 39 segundos para que Theo esté aquí.

Sin dudarlo, actúo impulsiva y abandono mi lugar arrojando la pistola hacia un lado para echarme a correr

—¡Alex, regresa o Theo te pasará por encima! —brama James, alarmado.

Chiflo con fuerza llamando la atención de los mecánicos que tengo al frente.

—¡Neumático medio! ¡RÁPIDO!

27 segundos.

Un mecánico reacciona al instante y toma el neumático para echar a correr hacia mi, al momento del relevo, apenas puedo frenar sobre mis pies cuando ya comienzo la carrera en dirección contraria.

14 segundos.

El monoplaza de Theo ya está casi entrando a boxes, por lo que calculo la dirección en la que debo ir para que no me arrolle en el intento.

5 segundos.

Por unos pocos centímetros logro pasar detrás del coche. Mis compañeros levantan el coche y comienzan a trabajar a toda prisa. Chris, completamente desbordado, intenta desatornillar la tuerca del neumático con manos temblorosas.

El corazón me bombeaba alterado el pecho, pero de alguna manera, mi cuerpo reacciona innato ante la experiencia.

Me pongo a un lado del pálido flacucho, le quito la pistola neumática con la izquierda y consigo desatornillar la tuerca con agilidad. Empujo hacia atrás la llanta de una patada y con la diestra encajo el neumático de repuesto.

Todo en una fracción de segundos en la que con suerte lograba pestañear.

En el momento justo en que la tuerca vuelve a su lugar, el monoplaza vuelve al piso y Theo arranca nuevamente.

2,65 segundos.

El cronómetro parpadea sobre nuestras cabezas. Solo entonces me permito soltar el aire que llevaba atrapado en el pecho.

No es nuestro mejor tiempo, pero tampoco ha sido mediocre.

—Eres un genio —dice James pasando por encima de todos mientras se quita la gorra.

Sus hebras claras mojadas por el sudor, quedan a la vista. Logra envolverme en un abrazo duro tras llegar hacia mi.

—Nadie puede superar al gran Alex Hessey

Los demás no tardan en acercarse para darme las felicitaciones correspondientes.

En lo que respecta a mí, mi corazón aún late con fuerza por la agitación del momento. La satisfacción que siento por haber dado lo mejor de mí no tiene precio.

Por encima de todos, veo a mi padre con los brazos cruzados con una sonrisa ladina presuntuosa, me guiña y eso es lo único que necesito para saber lo orgulloso que se encuentra de mi.

—Increíble la parada de Theodore en los pits —escucho a los comentaristas de la carrera por los altavoces—. A pesar de la increíble hazaña de su equipo de mecánicos, Charles aprovecha esta oportunidad para arrebatarle el primer lugar con 0,94 segundos de diferencia.

Las celebraciones hacia mis actos cesan inmediatamente por las noticias. Toda la atención ahora está en la pantalla donde transmiten la carrera.




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