El revuelo de los rojos
Alessia
Tras cruzar el umbral de la casa de mis padres junto a papá, nos recibe el sonido de una corneta de cumpleaños y una pared del comedor cubierta de globos.
Mi madre, Diane Smith, es una mujer un tanto avasalladora; por eso, cada victoria de nuestro equipo se festeja en grande. Más aún cuando me quedo aquí después de una carrera.
—¡Por fin llegan mis ganadores! — dice mamá, aplaudiendo.
Algunos dicen que soy una mezcla de mis padres, aunque no puedo negar que me parezco mucho más a mi madre.
Ambas tenemos el cabello negro con unas ondas voluminosas y desordenadas, morenas, de curvas fuertes y unos ojos grandes tapados por largas pestañas. La única diferencia entre ella y yo, además de las pocas arrugas que marcan sus ojos para su edad, es el color. En vez de sacar sus ojos verdes, saqué la oscuridad del iris de mi padre.
Luego de la adrenalina en la carrera, llegar a mi antiguo hogar se siente reconfortante. El bolso me pesa y el pasar del día ya empieza a pasar factura.
Mamá abraza a papá apenas él se acerca a saludarla, ambos se aman, pero basta mencionar mi futuro para que se sumerjan en un ring de pelea. A ella no le agrada la idea de que mi vida se base en una mentira y en algo poco delicado para una señorita, como estar llena de grasa y rodeada de engranajes.
—Hola, mamá —saludo mientras me acerco a abrazarla.
—Quítate ya eso, estás en casa.
Antes de que pueda rodearla con los brazos, me aparta tosca y tira del gorro, dejando caer mi cabello trenzado sobre mis hombros. Me quedo tensa en mi lugar ya que la molestia de la situación me arde en las venas.
—Ahora sí eres mi niña —me toma el mentón en un gesto que intenta ser tierno—. Ve a lavarte mientras termino la comida, además tenemos una fiesta a la que asistir.
No digo nada, solo obedezco y subo la escalera hacia mi vieja habitación. Tiro el bolso sobre la cama, sin importar que el edredón rosa que eligió mi madre al comprarlo se manche con algo que traiga encima.
Diane no tenía por qué comportarse así, y aunque siempre lo hace, no deja de molestarme.
Puedo entender que mamá tiene otra visión y quiere algo distinto para mi. Pero esta es mi vida. Si no hago lo que me apasiona, algún día me arrepentiré al ver el tiempo pasar. Nadie va a respirar por mí. Solo yo.
Me sumerjo en el baño, saco mi toalla de la gaveta debajo del lavamanos y me quito el overol con el logo de mi escudería para dejarlo en el cesto de ropa sucia. Me meto en la ducha y acabo con toda la suciedad sobre mi piel.
Al salir, elijo un vestido negro para la fiesta. de tela ligera y fluida, con un corte que deja ver mis piernas.
El escote strapless necesita un poco de ayuda extra. Antes de nacer llegué tarde a la repartición de pechos, así que no pienso confiarle toda la tarea a la gravedad.
Seco mi cabello y lo dejo lacio. Maquillo mis ojos, hago un delineado y aplico rímel. Tomo un bolso negro a juego y pongo dentro lo esencial, un espejo, un labial y mi móvil.
—¡Alessia, baja ya, debes comer antes de salir! —grita mi madre desde abajo.
Amo lo que hago, pero no quita que también ame mi lado femenino y me guste dedicarle tiempo a ello.
Me calzo unos tacones con pulsera y me apresuro a bajar.
Mi padre ya está en la mesa devorando un plato de carne y ensaladas, viste un traje de gala negro con una camisa blanca debajo y una corbata a juego con el vestido borgoña de mamá.
—¡Aquí volvió mi niña! —dice mamá al tiempo que pone una sonrisa un tanto exagerada—. Aunque no me agrada que uses tanto maquillaje.
Ella solo se definió sus rizos y se aplicó rimel. Se ve hermosa, no lo niego, pero es su estilo no el mío.
—Mamá, ni siquiera tengo base —replico sentándome a la mesa.
—Igual te ves fea —me dice papá y yo le saco la lengua.
Es su manera de decirme que me veo hermosa, nunca me lo dirá tal cual pero nosotros entendemos nuestro idioma.
—Tengo unas noticias interesantes, Lessy —cambia el tema.
—Cuéntame, qué es lo que tienes.
Enfoco mi atención en él mientras me sirve un poco de nuestro refresco favorito.
—Daniel, el piloto de Quantum, renunció.
Mi boca se abre ante la sorpresa de tal novedad. Aunque eso no impide que papá continúe.
—Para no interrumpir la temporada, la FIA permitió que Quantum incorpore a otro piloto o ascienda a su reserva —se detiene un momento para darle otro bocado a la carne—. Y, para mantener la equidad, se habilitó un cambio en la estructura de cada equipo para la próxima carrera.
—Supongo que no es algo que vayamos a hacer, ¿Verdad?
—Claro que no —se apresura en contestar—. Además, escuché que BlazeTech aprovechará esto para traer un nuevo piloto esta temporada. Nadie sabe quién es o de dónde viene, Richard ha sido cauteloso con la información. Charles tiene muchas ofertas pero tampoco ha dicho nada sobre donde irá a parar —se encoge de hombros como si aquello no tuviera gran importancia—. También harán un nuevo ingreso en el equipo de mecánicos, se dice que la noticia armará todo un revuelo.
Lo que vi en los vestidores viene a mi cabeza y empiezo a conectar algunos cables.
—Si noté algo raro cuando fuí a los vestidores con James...
—¡James! Oh, él es tan buen chico —interrumpe mi madre—. Ya deberías traérmelo como yerno y no solo como un socio de trabajo.
—¡Sobre mi cadáver! —manifiesta William.
Mamá niega y yo no puedo evitar reírme ante la exageración de papá. La conversación cambia ante la interrupción y terminamos de cenar. Tras alistarnos cada uno, subimos en el coche rumbo a la gala.
Al llegar, un valet recoge las llaves de la camioneta y entramos al salón. Veo a los miembros de los equipos con sus familias, algunos solos y otros con sus parejas del brazo.
Hay fotógrafos y reporteros disparando flashes, indagando sobre las estrategias de cada escudería para la próxima carrera en Mónaco. El sitio es majestuoso: paredes blancas, pilares dorados y enormes candelabros colgando del techo. Los meseros circulan con bandejas de aperitivos y bebidas. La decoración es una mezcla de negro y rojo, colores de la Grand Prix Extreme.