Velocidad y coordinación
Alessia
No pude dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía al mismo instante. Los flashes, el murmullo, el vestido rojo junto a Richard, y luego él.
André Castelli.
Me giré en la cama demasiado blanda, demasiado conocida. El edredón floral que mi madre insistía en conservar me rozaba el mentón. Hacía años que no era realmente mi habitación, pero después de cada carrera en Inglaterra terminaba aquí otra vez.
La casa estaba en silencio, pero mi cabeza no.
Mamá había insistido todo el camino de regreso en que no preguntara nada, en que no hiciera comentarios imprudentes. Yo asentí por inercia, aunque la verdad era que tampoco tenía preguntas claras. Solo una sensación extraña.
No lo conocía, no me sonaba su nombre y tampoco recordaba haberlo visto en ninguna academia ni categoría previa. Y eso era lo que más me inquietaba. En esta liga nadie aparece de la nada.
Sin embargo, ahí estaba. Como si siempre hubiera pertenecido al lugar desde siempre, solo que bajo la ignorancia de todos.
Suspiré y me giré hacia el techo. Tal vez solo estaba exagerando. Un nuevo piloto no debería afectarme tanto.
Es que...
Había algo en su forma de observar el salón. Como si estuviera midiendo distancias, o como si ya supiera exactamente dónde encajaba.
Cerré los ojos otra vez, obligándome a dejar de pensar en ello. Mañana sería un día normal. Y, con suerte, su nombre dejaría de sonar tan fuerte en mi cabeza.
El día siguiente fue hogareño.
El descanso posterior a la carrera es para todo el equipo, y el cansancio me ganó como para volver de inmediato a mi departamento. Decidí quedarme un día más en casa.
A pesar de que Diane fue la más feliz con esta decisión, se encargó de mantenerme ocupada con quehacer y mandados, y papá tampoco fue la excepción.
Entre todo eso, lo más interesante fueron los mensajes de James y algún que otro video absurdo, además de los textos de mi amiga comentando lo que la prensa ya estaba publicando sobre los rojos.
Hoy, martes por la mañana, retomé mi rutina. Desayunamos en familia y luego papá y yo salimos rumbo al centro de entrenamiento.
Visto el buzo del equipo, una camiseta blanca con una faja debajo para no dejar ninguna pista en mi contra. Llevo el cabello escondido en la gorra dejando ver el degradado que tengo en la nuca, y el maquillaje alarga mis facciones dejándome como Alex.
—Te juro que si tu madre me hacía pasar otro minuto más en el mercado me iba a volver loco —suelta William recordando lo de ayer.
—Al menos no te hizo limpiar el baño dos veces.
Me carcajeo ante su comentario. Queremos a mamá y de eso no hay duda; sin embargo, nuestra complicidad padre e hija es otra cosa.
—¿Te quedarás un día más en casa? —pregunta, con un brillo de esperanza en sus ojos.
—No, hoy en la noche regresaré a mi departamento —digo suave.
—Entiendo —noto como traga con dificultad—. Mejor así, ya te bebiste todo mi refresco y por poco te acabas mis cereales.
—Es tu culpa por comprar cosas tan ricas.
Ambos nos sonreímos.
Odio dejarlo así. A pesar de vernos casi todos los días en el trabajo, sé que me extrañará y yo a él. Pero también sé que estoy acostumbrada a mi independencia, y que la distancia es, muchas veces, la mejor forma de mantener la armonía... sobre todo con mamá.
Con una mano en el volante y la otra en la palanca, papá conduce la camioneta en búsqueda del estacionamiento designado. Antes de llegar, me aseguro de que no haya nadie cerca y me bajo unos cuantos metros antes para entrar después.
Aquí en Londres entrenamos en el Speed Valley, donde se concentran los centros de simulación de Zenith, Vortex, BlazeTech, AeroEdge y Cryo.
A unos kilómetros, en Liverpool, está el TechDome, sede de Stellar, Hyperion, Ignis, NovaDrive y Quantum. Cada centro tiene su propio estilo: el nuestro con hangares minimalistas y pulcros; el otro, con salas de simulación que parecen sacadas del futuro.
Nuestra sede, tiene el logo de Zenith en las puertas de cristal en la entrada. El mostrador del recibidor tiene unas banderas de la escudería y la GPE a cada lado. Muestro mi credencial en los torniquetes de la entrada e ingreso.
—¡Buen día Alex!
Saludo a algunos mecánicos que caminan a mi alrededor, cargando herramientas o revisando en tablets los datos de la última prueba.
El entrenamiento comenzó puntual. Analizamos posibles fallas y simulamos escenarios contrarreloj. Cada quien asume su rol con precisión; cualquier error, por mínimo que sea, puede costar una carrera.
Cuando el sistema de frenos arrojó una alerta inesperada, la tensión se apoderó del hangar.
—¡Alerta! —grita Hudson—. El sistema de frenos podría fallar si la temperatura aumenta más de lo previsto.
Theo frunce el ceño y ajusta los controles, mientras William se acerca rápidamente para dar indicaciones.
—Revisen la presión hidráulica antes de comenzar —ordena, sin apartar la mirada de los monitores.
El tiempo parece acelerarse. A un lado, James ajusta los sensores, Chris revisa los claves, nuestra ingeniera recalcula los parámetros desde su laptop, y yo sigo las instrucciones al pie de la letra, asegurándome de que nada se nos pase junto al resto de mecánicos.
—Listo —anuncia Theo—. Podemos continuar, cada curva cuenta.
La tensión disminuye poco a poco mientras la simulación sigue. El equipo respira aliviado, y yo no puedo evitar sonreír por dentro. Momentos así me recuerdan que cada detalle, por pequeño que sea, puede hacer la diferencia para ganar o perder.
Más allá de la velocidad del piloto, la coordinación y la concentración del equipo son lo que realmente importan.
Al terminar la primera sesión de practica justo a la hora de almuerzo, todos marchamos al casino para tomar un descanso.