Bajo Bandera Roja

4.

El secreto de Zenith

André

—Quince..., dieciséis..., diecisiete...

Cuento en mi cabeza las repeticiones de la última serie de dominadas, siento como el sudor baja por mi cuello y hace arder mi piel. Mis brazos aún no se cansan y podría hacer más, pero el hombre que se cree mi jefe dice que debería usar el tiempo en concentrarme para la próxima carrera, usar los simuladores estos días que quedan para practicar y "crear lazos" con el resto del equipo.

Simuladores... ¿En serio es lo mejor que tiene?.

Me rio internamente recordándolo. He estado en carreras desde mis catorce años y pocos han tenido el privilegio de llamarse ganadores cuando yo estoy en la pista. Mi único rival es ese niñato que se vende como ejemplo de buen ciudadano. Mentiras.

—Terminamos —anuncia el entrenador a mi derecha.

Suelto el fierro y me dejo caer en el piso sin decirle alguna palabra, tomo mi toalla y me la pongo en el cuello dirigiéndome a las duchas. Dentro de la regadera, dejo que el agua fría me recorra y estimule mi musculatura.

El nombre de equipo de ese hipócrita está en mi mente cada vez que cierro los ojos.

Zenith. Solo escucharlo me produce una mezcla de rabia y adrenalina. Todo el mundo los admira, como si fuesen el ejemplo vivo de la disciplina y unidad. Pero yo sé lo que son realmente, un grupo de engreídos que tuvieron suerte.

Salgo de la ducha, tomo la toalla que deje colgando fuera y me paso las manos por el cabello, mirándome en el espejo de los lavabos. No necesito una apariencia forzada o una sonrisa falsa para que me tomen enserio. Lo mío se demuestra en la pista, no frente a las cámaras ni en discursos clichés.

Mientras me dirijo al casillero con mis cosas, miro mi teléfono y veo dos mensajes de Richard.

"Buen entrenamiento.
Date un respiro, sal a caminar y ve a los simuladores con tu equipo."

Tecleo una respuesta rápida diciendo que no prometo nada. Mientras los mecánicos sean competentes y hagan su trabajo rápido, yo puedo hacer el resto.

Termino de vestirme y del bolso saco mis auriculares para luego guardar lo demás bajo llave. Meto el teléfono en el bolsillo y salgo de las duchas. La zona de pruebas de BlazeTech me recibe con sonidos de herramientas y motores. Es un lugar amplio, tiene murallas grises con ventanales que dejan ver el exterior. Al fondo se ve el logo en grande del equipo y a los lados un estante con los trofeos.

En los simuladores veo a gran parte del equipo; Hailey esta en medio dando órdenes y todos la escuchan sin refutar. Lleva el cabello en su característico moño alto y se aplicó el labial rojo de todos los días.

Tiene carácter. El primer día todos se negaban a escucharla como unos verdaderos orangutanes, bastó unas simples palabras de mi parte y todos estaban acatando sus ordenes.

Recuerdo perfectamente como pasó. Estábamos en la primera sesión de simulación, y Hailey intentaba que ajustaran la configuración del monoplaza virtual para probar la nueva suspensión. Los mecánicos la miraban como si ella no supiese de lo que hablaba; hasta risas con sorna se permitieron.

—Si seguimos con este balance, el coche va a sobrevirar en las curvas lentas —admitió ella, molesta.

Uno de los mecánicos contestó algo como "dejaremos que el piloto decida".

Me limité a observar en silencio, hasta que el ruido del simulador se apagó de golpe. Me levanté, apoyé los guantes sobre la consola y los miré uno por uno.

—¿Ya terminaron de jugar al experto?

Silencio.

—Decías que el balance estaba mal —continué esta vez mirando a Hailey —Demuéstrales el porqué.

Ella no dudó. Abrió el registro de telemetría, explicó en segundos lo que estaba fallando y señaló el punto exacto en donde la suspensión no respondía.

—Ahí tienen su "decisión del piloto" —contesté, cruzándome de brazos—. Y si no entendieron eso, no sé que hacen parados aquí.

Nadie volvió a reírse. Desde ese día, cada vez que Hailey da una orden, el taller se calla y acatan.

La conozco desde una de mis carreras en un peladero, confío en ella y de no ser así, no la habría traído conmigo al equipo. En el instante en que Richard me buscó, poco me importó su tradición de un equipo con legado masculino. Yo solo trabajo con lo mejor, da igual lo que tengan entre las piernas si su cerebro funciona.

Me encamino hacia la salida y cruzo las puertas de vidrio. Me coloco los audífonos que traía en el pantalón y me dispongo a recorrer el lugar con una de mis canciones favoritas de fondo.

No me percato de cuanto me alejo mientras camino entre los árboles a la par que intento huir de los rayos del sol, hasta que veo la espalda de otro de los centros de entrenamiento del Speed Valley.

El edificio es del mismo tamaño que el de BlazeTech. Su arquitectura es minimalista y de un color grisáceo. Tienen arbustos en las esquinas y el césped bien cuidado decorando un camino de rocas que asumo llega hasta puerta de entrada. Le doy la vuelta, dispuesto a echar un vistazo por fuera.

Al doblar la esquina, poco más adelante, hay un mecánico sentado con las piernas cruzadas sobre una banca de piedra. Está de espaldas a mi y mira para todos lados, como si quisiese asegurarse de que nadie más está en el lugar.

El overol negro, los detalles azules y las letras amarillas me dejan en claro a que lugar llegué. Hessey, logro divisar el nombre en su espalda.

El sujeto está encorvado con la gorra del equipo puesta y el traje cerrado hasta el cuello. Sobre sus piernas diviso un bolso y rebusca en el hasta que saca... ¿Eso es maquillaje?

Parpadeo un par de veces. Sí, definitivamente es un espejo de mano y un frasco diminutivo. Toma una brocha y comienza a pasarla por su rostro.

Questo è strano... —murmuro confundido, con las cejas fruncidas—. Nuevo estándar de mecánicos, supongo.




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