Bajo Bandera Roja

5.

Mónaco no perdona secretos

Alessia

Las prácticas y los entrenamientos han estado duros, el día de descanso casi ni logré sentirlo; salí de la cama solamente para comer de lo cansada que estaba.

A los mecánicos se nos exige estar en cierto estado respecto a la condición física, igual que a los pilotos. Ya que nosotros hacemos todo lo que se puede catalogar como trabajo pesado, requerimiento de fuerza y precisión.

En el gimnasio debo levantar el mismo peso que los demás, por lo que se nos hace una misma rutina de ejercicios y el mismo levantamiento de pesas a todos. Y por más que de todo de mí, nunca termino las sesiones. Siempre salgo antes del gimnasio al borde del colapso, con la fatiga tan intensa que a veces llego a vomitar.

El entrenador dice que Alex es uno de sus fracasos más grandes. Pero si supiera que es Alessia quien intenta dar competencia al resto del equipo de hombres, seguro no diría lo mismo.

Últimamente, creo que el agotamiento de esta semana me estuvo volviendo paranoica. Cada vez que salía del edificio de Zenith sentía una mirada a mis espaldas. Como si tuviera una presencia pegada a mi vigilando todos mis movimientos.

Por estos días, ni siquiera espero a que todos se vayan para poder entrar a los vestidores. Me apresuro en infiltrarme entre la multitud y tomar distintos caminos de regreso a casa, como si necesitara despistar a mi propio captor.

Sin embargo, me he concentrado desde ayer en no pensar en la situación, ya que hoy viajamos a Mónaco. Como siempre, allá nos espera la práctica, la clasificación y la carrera.

En la GPE, cada equipo tiene derecho a un tiempo a solas en la pista durante el día de práctica. De esta manera, los pilotos pueden probar neumáticos y los ingenieros formar estrategias sin necesidad de concentrarse en el equipo del lado.

Ahora, nos encontramos en el aeropuerto con el resto de Zenith. Algunos vienen acompañados de sus familiares y otros se despiden por videollamada.

Por su parte, Angie guarda distancia en los asientos de espera mientras hace anotaciones en su ipad. No es una chica muy familiar que digamos, para ella un par de mensajes y una llamada a sus padres para avisar su próximo destino es suficiente.

James está con sus abuelos, quienes han hecho el rol de padres desde que era muy pequeño. La mujer mayor le arregla la gorra del equipo y el cuello de su polera, mientras él oculta su vergüenza intentando que ella lo suelte, al notar las burlas de los demás.

—¿Dónde está Alex? El vuelo parte en menos de una hora —pregunta Hudson, cabreado, mirando su caro reloj.

Mi madre y yo nos damos una mirada rápida ante el comentario.

Siempre llegamos al aeropuerto como familia para despedir a papá. Estamos un rato y luego inventamos una excusa con mamá para irnos antes del embarque. Así, nos vamos al coche y en el asiento trasero me preparo para hacer mi entrada siendo Alex.

—Sabes que siempre llega a tiempo, no presiones —defiende Theo, apoyado en el asa de su maleta.

Luce una camiseta negra piqué con el logo y patrocinadores del equipo, a juego con la gorra. Está tan encantador como siempre.

Diane se apresura a intervenir alzando la voz.

—Bueno... Nosotras ya partimos, sabes que odio las despedidas.

Se acerca a papá para darle un fuerte abrazo, luego lo besa y le desea toda la suerte del mundo. Hudson y Chris se despiden de nosotras con un apretón de mano.

—¿Cuándo será el día que nos acompañes a una carrera? —pregunta Theo, acercándose a mi.

Dioses de las carreras, por favor calmen mi corazón. Digo a mis adentros.

—Tengo trabajo que hacer pero siempre los sigo en las transmisiones —miento.

—Miraré a las cámaras para sentir tu apoyo —ríe y se inclina a despedirse con un abrazo.

Antes de siquiera tener un contacto, William se interpone para interrumpir.

—Claro que verá la carrera, tiene a su padre en el equipo.

—Por supuesto, señor Ferrer.

El piloto carraspea nervioso bajo los ojos acusadores de papá.

—Adiós, papá —me alzo para darle un beso en la mejilla.

—Te veo en unos días —me guiña.

Asiento disimulando una sonrisa y me aferro al brazo de mamá para avanzar. Al estar fuera de alcance del equipo prácticamente trotamos hasta el estacionamiento.

Entro en la camioneta y alcanzo mi mochila debajo del asiento delantero.

—Tienes diez minutos —me advierte mamá en lo que cierra la puerta del auto.

Me deshago de mi ropa y lo primero que hago es colocarme la faja escondiendo mis atributos femeninos. Uso la ropa masculina casual y trenzo mi cabello para esconderlo bajo la gorra.

En tiempo récord quito el delineado y maquillo mis facciones.

Observo mi reflejo en la pantalla de mi teléfono, soy Alex otra vez.

Mi espejo desapareció hace un tiempo y me niego a comprar otro hasta revisar todos los rincones donde he podido perderlo.

Salgo del auto con la mochila al hombro y mamá ya tiene mi maleta afuera. Arruga la nariz cuando ve como salgo.

—Ya comienzo a extrañar a mi princesa.

Pongo los ojos en blanco ante su desprecio. Se acerca y me envuelve en un abrazo.

A pesar de todo, sin sus comentarios no sería la Diane que conozco.

—¡No te arriesgues demasiado! —advierte sin soltarme.

—Está bien, mamá.

—Te conozco y sé hasta donde llega tu espíritu competitivo.

—Por eso no prometo nada.

Río, y ella me da una palmada en el trasero.

—No me hagas ir a buscarte de una oreja. Sigo siendo tu madre seas Alex o Alessia —me acerca mi maleta y acaricia mi mejilla—. Buen viaje, princesa. Avísenme cuando lleguen.

Le doy un beso y prometo enviarle un mensaje cuando aterricemos.

Troto de vuelta al interior del aeropuerto. Quedan menos de diez minutos para partir. El equipo está en la fila abordando el avión privado. Entrego mis pertenencias y me dirijo hacia ellos.




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