Correr no basta para escapar
Alessia
Las luces del pit lane parpadean. El equipo corre como una máquina perfectamente engranada. Bueno, todos, menos yo.
Mi mente sigue atrapada en las palabras de André, como un maldito eco que se repite incesante.
Puedes engañar a todos, menos a mi.
El box huele a caucho caliente y gasolina. Estoy apoyada contra el guardarraíl, tratando de que mis manos dejen de temblar.
James, a unos pasos de distancia, me dedica un gesto, un "¿todo bien, Alex?", que solo me hace sentir como una impostora profesional.
Miro el cronómetro, escucho la cuenta regresiva, pero mi mente solo recuerda ese maldito espejo en sus manos.
Chris me toca el hombro para avisarme que viene el coche, salto en mi lugar cual gato asustado. El novato me mira raro y yo oculto la vergüenza mira do al suelo.
El equipo de mecánicos se forma en línea de parada. Chris se para junto a mi con la pistola neumática lista. James está del otro lado, sosteniendo la goma media con la derecha y en la otra sostiene una tuerca nueva; al igual que yo.
El rugido del monoplaza me despierta momentáneamente. Theo se detiene en su marca y en cuestión de segundos, levantan el auto. En un destello, Chris saca la tuerca antigua y engancho la goma al ancla. La pieza nueva se me resbala entre los dedos y el novato, en una fracción de segundos, se adelanta a poner la antigua.
—¡Cuidado! —grita Chris.
Pero es muy tarde.
El bajan el coche y las llantas derechas pasan encima de la pieza con un sonido vibrante.
El golpe es pequeño, aunque devastador para las nuevas gomas.
Chris se apresura en recoger la pieza y James se pasa la mano por el rostro, frustrado. Los demás mecánicos me dan miradas desaprobatorias al pasar por mi lado, mientras que otros, de reojo evalúan si este será mi última carrera en Zenith.
—Vibración en la delantera —informa Theo por el radio—. ¡Revisen eso, mis gomas no durarán así!
—¡A box ahora!, siguiente vuelta —responde William.
Y cuando apaga el micrófono, su mirada me busca, acusadora.
—Hessey, no podemos permitir errores en practica. Si pasa en carrera, nos destruye.
Lo sé demasiado bien. Este tipo de errores puede costarle el puesto a un mecánico.
—No quiero que se vuelva a repetir —me advierte señalando cada palabra con el índice.
Hudson aparece desde el lado de los ingenieros, quitándose los auriculares de casco.
—¿Qué demonios te pasa hoy? —recrimina Hudson —. Has estado distraído toda la práctica.
—Quizás son los nervios de la carrera, yo entiendo eso —intenta defenderme Chris.
—No estoy hablando contigo —dice, ignorando al novato.
—No se volverá a repetir.
Hudson abre la boca para decir algo pero James lo interrumpe.
—¡Ahí viene Theo!
Todos corren a su posición y yo los intento seguir, pero Hudson se me pone por delante cortándome el paso.
—Tú te quedas aquí —ordena, sin dejar espacio para discutir.
Y así es como por primera vez desde que entré a Zenith, me dejan fuera.
El monoplaza se acerca a toda velocidad y frena en la marca. El equipo entero se lanza sobre él con una precisión quirúrgica, reemplazando lo que dañé.
Theo sale nuevamente y el rugido del motor se aleja, junto con el poco control que me queda sobre mi propia cabeza.
Todos vuelven adentro del box. Hudson ni se molesta en mirarme cuando regresa a su posición en las computadoras.
—Después hablaremos, vete al hotel y mañana te quiero concentrado en tu trabajo —me advierte William.
No espera respuesta. Se acerca a las pantallas para seguir a Theo en el circuito.
Puede que sea mi padre pero en cuestiones de trabajo es serio y profesional al tratarme como a todos.
—¿Estás bien? —me susurra Angie llegando a mi lado.
Asiento. El eco del pit lane retumba aún en mis oídos.
—Si, tranquila. Sólo necesito descansar.
—Anoche nos dijiste lo mismo, sé que hay algo más.
—No te preocupes —niego con la cabeza—. No es nada.
Voy por mi bolso y me dispongo a marcharme, con una verdad me ahoga más que la vergüenza. Si André ya me hizo fallar sin abrir la boca, ¿qué pasará cuando decida hacerlo?
Troto hacia el baño y me cambio el overol por una camiseta del equipo y unos jeans bastante anchos. Los ojos me escuecen y me lavo la cara intentando apaciguar la sensación.
Al salir del circuito evito a las escuderías que esperan su turno en la pista.
Y entonces lo veo.
El italiano está apoyado contra una de las barandas de seguridad, los brazos cruzados y las botas manchadas de polvo. Ellos entraron a practica poco antes que nosotros.
No está haciendo nada, no se mueve. Solo me observa como si intuyera que algo ocurrió.
Su boca se curva a un lado, una sonrisa mínima y peligrosa. Suficiente para que la sangre se me hiele.
Desvío la atención y me escabullo entre el gentío hasta la salida. El cosquilleo en la espalda me dice que no estoy fuera de su alcance y realmente espero equivocarme.
El hotel está a veinticinco minutos caminando y opto por tomar el aire fresco de Montecarlo para despejar la mente. Mi teléfono vibra en el bolsillo de mi overol. Lo saco y el nombre de James brilla en mi pantalla.
"¿Nos reunimos en la cafetería con Angie al final de la práctica?"
No contesto.
Guardo el teléfono y sigo caminando sin mirar realmente a donde voy. Mis pasos rebotan sin rumbo específico contra las calles estrechas, iluminadas por el reflejo dorado del Sol de más de medio día.
A mi lado pasan boutiques demasiado caras para mirarlas dos veces, a la derecha, los yates se mecen en el puerto con gracia. Algunos, se nota que son más caros que el presupuesto anual de Zenith.
Veo parejas y turistas tomándose fotos frente a un Bentley. Me dan una sutil envidia ver como existen sin esconder su esencia, solamente son ellos mismos.