Traición en el pit lane.
Alessia.
Los golpes en la puerta de la habitación disparan mis nervios, logrando que se me erice la piel. Mi respiración se acelera igual que mi corazón.
—Necesito hablar contigo.
Tras reconocer la voz de mi padre, dejo salir el aire que retenía sin darme cuenta.
Me levanto rápido y abro la puerta apenas unos centímetros, lo suficiente para que ambos nos veamos. Tiene el ceño fruncido y la camisa del equipo desabotonada en el cuello.
—¿Por qué estás así? —me pregunta bajando la voz, repasando mi aspecto.
—Necesitaba estar cómoda —miento, y él asiente despacio.
Al llegar del restaurante, tomé una ducha fría y decidí vestir uno de mis conjuntos más despreocupados, para descansar en todo sentido. Siquiera oculté mi cabello o mi rostro. A final de cuentas, ¿de qué serviría hacerlo?
—¿Puedo pasar? —pregunta de inmediato.
Sin decir nada, me hago a un lado. Él entra y cierra la puerta detrás de sí. Camino hasta la cama, me siento en el borde con una pierna arriba abrazándome la rodilla.
—Ya suéltalo —le pido.
Trae el semblante de que algo ocurre y sé bien de qué trata.
Se pasa una mano por el rostro, cansado. Toma asiento en la silla delante de la cama, al lado del ventanal que da hacia el pequeño balcón. Se cruza de brazos y suelta un suspiro antes de comenzar.
—Como tu jefe de mecánicos —empieza, levantando una ceja—, no puedo permitir ese tipo de errores como los de hoy. Siempre eres de las mejores manos en el equipo y hoy no lo fuiste.
Me aferro más a mí misma.
—Como tu padre... —se suelta un poco, relajando su mirada seria a una de preocupación—. Sé que algo no anda bien. ¿Tienes algo que contarme?
Quiero hablar. Quiero confiarle todo lo ocurrido. Pero la imagen de André aparece en mi mente como un símbolo de advertencia.
Siento mi pecho tensarse. Si abro la boca, su nombre se me escapará antes de que pueda frenarlo, y eso sería un problema mucho más grande que el "error" que cometí.
—Alessia —insiste mi padre, buscándome la mirada.
No me había percatado de cuando la bajé al piso.
Está esperando una respuesta que no puedo darle. La culpa me muerde y el miedo también.
Como si no fuera suficiente, recuerdo la advertencia que me dió junto a mamá cuando les dije que Angie había descubierto el secreto. Si alguien más se entera, adiós. ¿Entendiste?
La advertencia nunca había sonado tan real como ahora.
—No es nada —respondo, intentando sonar tranquila—. Quizás es que van a venir mis días, y tú sabes... las hormonas y eso.
William aprieta los labios y entrecierra un poco los ojos. No me cree, pero finalmente, cede.
—Está bien —baja las manos a sus muslos y se impulsa para levantarse, resignado—. Mañana es la práctica, te quiero despierta y siendo la mejor, como siempre.
Bajo la pierna de la cama y asiento.
—Hudson está muy enojado contigo, sabes que tiene un rango importante en el equipo. Cuida lo que haces.
—Seré puntual y arreglaré lo que hice, no te preocupes.
—Bien. Te veo mañana.
Se encamina hacia la puerta y antes de salir, se gira hacia mi una última vez.
—Alessia, puedes confiar en mi, si necesitas algo...
—De verdad, estoy bien —lo interrumpo.
Y miento, como ya se está haciendo costumbre.
Papá tuerce los labios y sin más, se despide antes de salir de la habitación.
Me dejo caer de espaldas en la cama sin saber qué voy a hacer. Miro la hora en mi teléfono, faltan menos de dos horas para la media noche, y no tengo nada para contraatacar. Debería rendirme, pero hay una parte de mi que insiste, aunque sea mínima, en que no puedo hacerlo sin luchar.
He estado evitando a Angie y James todo el día. Querrán hablar de lo sucedido en la practica, y me preguntaran hasta el cansancio si estoy bien. No los puedo culpar, ellos me conocen bien y se fijan en detalles que los demás no ven.
No puedo seguir así. Necesito salir de aquí.
Me levanto y tomo una sudadera ancha con cierre. Tomo mi cabello con una pinza, me escondo bajo la prenda y subo la capucha. Observo mi reflejo en el espejo de pedestal, el jean ancho y la camiseta holgada ocultan un poco mis curvas.
Abandono la habitación en busca de aire. Doy pasos rápidos hasta el ascensor y de la misma manera cruzo el vestíbulo, esquivando a los huéspedes.
La noche está iluminada por las luces de restaurantes, tiendas y faroles frente mar. Turistas fotografían la arquitectura de Montecarlo, mientras otros disfrutan de las luces reflejadas en el agua.
Corre una brisa fresca, contradictoria con el calor de la tarde.
Emprendo mi huida, dejando que el aire enfríe mis ideas. Mis pies me guían calles abajo. Las risas ajenas sobresaliendo por el volumen de la música y el tintinear de copas llama mi atención.
Un bar pequeño se abre paso en la exclusividad de los comercios. Las luces de neón parpadean en un tono azul profundo, casi hipnótico. No lo pienso dos veces y entro.
Apenas dos pasos dentro y siento el escrutinio de varios. Mi fachada no es la adecuada, intuyo, por lo que atino a bajar mi capucha y soltar mi cabello.
Como siempre, la gente creando historias en su cabeza por cómo me veo.
Ignoro los ojos curiosos y con la espalda recta, camino hasta la barra. Busco en mis bolsillos mientras tomo lugar en uno de los taburetes. No encuentro nada de dinero.
Solo dos cosas salen de mi sudadera, la tarjeta de acceso al hotel... y la tarjeta de André.
Genial, vamos de mal a peor.
La sostengo entre mis manos. Un simple plástico negro con su nombre en un relieve metálico. Algo me hierve en el pecho junto a la idea que asoma en mi cabeza. ¿No puedo permitirme una compensación, después de todo?
—Me vale —murmuro para mí misma.
Levanto la mirada y le hago una seña al barman, un hombre de sonrisa fácil y barba en forma de candado.