Punto de quiebre
Alessia
El avión no lleva la misma algarabía que el día en que partimos. Los demás llevan caras largas y Theo no aparta su mirada de la ventanilla. Cada vez que alguien se le acerca, responde con una sonrisa que apenas logra ocultar su inquietud.
Al término de la carrera, mi padre fue quien dio las declaraciones al momento de las entrevistas. Dijo que había sido una buena carrera y que los errores en la estrategia no tenían nada que ver con el piloto. Todo para salvar la imagen de Theo.
Por la noche, cenamos como equipo, papá hizo lo posible por levantar los ánimos, destacaba que, aún así, en el ranking teníamos ventaja. Que, no tener un podio no significaba que no hubiéramos dado la pelea. Las victorias no son nada sin antes saber qué es perder.
James está a mi izquierda dormido y al otro lado, Angie hace garabatos en su iPad. Llevamos poco más de una hora de viaje, dentro de poco estaríamos en terreno inglés otra vez.
—¿Quieres que deje de fingir que dibujo o prefieres que siga haciéndolo? —murmura Angie, sin mirarme.
Una sonrisa tensa se me escapa.
—Haz lo que quieras.
Ella suspira y apaga la pantalla.
—Has estado actuando muy extraño —dice en voz baja—. Y justo cuando empieza tu cambio de comportamiento resulta que hablas con él.
Mi pecho se contrae, como si el aire se volviera más denso.
—No es nada. Lo conocí al salir de la practica.
Aprieta los labios, evaluándome. Me conoce lo suficiente como para no insistir.
—No tienes que huir —dice con suavidad—. No de mí.
No contesto. Me concentro en el respaldo de en frente. Contando las respiraciones que no alcanzan. Todavía siento esa sensación incómoda en la piel. Como si alguien hubiera estado demasiado cerca sin tocarme.
La miro por fin. Sus ojos no piden explicaciones, solo verdad.
—No estoy huyendo —miento.
Angie arquea una ceja, sonríe. Sincera. No hay burla ni segundas intenciones.
—Cuando estés lista, aquí seguiré para ti —dice—. Solo... no te quedes sola con eso.
Asiento y ella vuelve a encender su iPad.
Vuelvo a sentir el pecho a punto de colapsar. Evité estar en el circuito mucho tiempo luego del termino, solo ayudé rápidamente a ordenar y limpiar el box. Luego me escabullí y me escondí por el hotel.
Me pasé toda la noche rondando por los pasillos. Evitando ciertas zonas. Su voz, el acento italiano, me persigue como un eco imposible de apagar.
Soy consciente de que no podré evitarlo siempre, pero si puedo alargar la sentencia, lo haré.
En la mañana cuando tuve que ir a recoger mis pertenencias, gracias al cielo la habitación contigua estaba vacía. Lo noté cuando el personal de aseo entraba en ella.
Sé que no me está buscando. No necesita hacerlo.
Al aterrizar en Londres, pasado el mediodía, la mayoría se retiro enseguida. Al igual que yo. Escapé de James en el instante en que la conversación empezó a girar hacia el piloto del otro equipo.
Papá debía salir con el resto de Zenith. A él lo recogería mamá, pero como siempre, viene con tiempo de retraso.
Yo me aseguré de marcharme sola. Los ví a todos alejarse desde la distancia, una despedida correcta, medida, como tantas otras. Nadie sospechó nada, como siempre.
El trayecto a mi departamento se me hizo una cruel eternidad. Sin embargo, aproveché el autobús para dormir un poco, mi cuerpo lo necesitaba luego de estar despierta mucho más de un día completo. Además, era una excusa para huir de mis pensamientos.
Llegué sin compañía, sin testigos. Bajar del bus hizo que la brisa se colara bajo la ropa. Después del calor de Mónaco, mi ciudad se sentía áspera y silenciosa.
El departamento estaba cual lo dejé antes de partir, solo que más helado de costumbre, debido al escaso movimiento adentro.
Papá acaba de enviarme un mensaje para avisar que irían a cenar, y que mamá antes de recogerlo vino a dejar comida en la nevera para mí.
Lleve mis cosas a mi habitación y me fui a la ducha. Con la toalla envuelta en el cabello, me vestí. Viéndome al espejo, sentí la libertad de ya no estar oculta.
Hice un delineado fino en mis ojos y cepillé mi cabello marcando las ondas en el, un momento especial conmigo misma.
No tuve tiempo de desarmar la maleta cuando mi estomago me recordó que llevaba horas sin comer.
Saqué el empaque con la comida hecha por Diane. La puse en el microondas y me senté en el comedor. Apenas había dado el primer bocado cuando mi teléfono vibró sobre la mesa. Era papá.
"Lessy, con tu madre vamos de regreso, pero nos encontramos lejos del Speed Valley.
¿Puedes ir al centro de Zenith y recoger mi laptop para traérmela mañana, por favor? Gracias"
Le respondí enseguida. Terminé de comer y me alisté para ir.
Salí de casa cuando el cielo empezaba a oscurecer. El trayecto hasta el centro de entrenamiento se me pasó rápido, como si la ciudad se hubiera encogido. Cuando estuve frente a la puerta, la luna brillaba en la oscuridad.
Me pareció extraño que al momento de sacar mis llaves el cerrojo estaba abierto. Entré y encendí las luces. Miré a todos lados pero los pasillos estaban vacíos.
—Quizás James fue el último en salir —bromeé para mí misma.
Caminé hasta la oficina de mi padre. Todo olía a metal, goma... y algo parecido a auto nuevo. Cuando cruzaba por el área de simuladores pego un brinco en mi lugar al notar una figura sentada en la oscuridad.
—¿Alessia?
Enciendo las luces. Era Theo. Estaba con la espalda encorvada y se frotó los ojos acostumbrándose a la luz. Ya no lleva la camiseta del equipo como en el aeropuerto, ahora una negra básica la reemplazaba oculta en una chaqueta café. Parecía cansado.
—No sabía que habría alguien, lo siento —dije.
Él alzó la vista y esbozó una sonrisa breve, derrotada.