El primer jaque
André
"El novato prodigio de BlazeTech consolida su liderazgo en el Gran Premio de Mónaco"
Cierro el enlace enviado por Richard festejando la victoria de hoy. Tal parece que afuera todo huele a triunfo y, a pesar de que una parte de mí brilla con orgullo, la contraparte está al tanto de que esto solo es el comienzo. Apenas estoy entrando a la pendiente.
Ganar una carrera no es ganar un campeonato. Y yo no vine hasta aquí para aplaudirme por migajas.
El teléfono vibra otra vez. No es Richard ni Hailey...es Nonna.
Respiro hondo antes de contestar.
—Ciao, Nonna.
—¿Así que ahora eres famoso? —dice sin saludo previo. Como siempre, ella va directo al grano—. Tu cara apareció más que la mía en televisión.
Una sonrisa se me escapa sin poder evitarlo.
—Gané.
—Ho vinto —me imita en nuestra lengua natal—. Lo sé, cretino. Lo ví. No me he quedado ciega todavía.
Aprieto los labios. Me froto la sien con dos dedos.
—Tus padres estarían orgullosos —añade, más bajo—. Pero no te emociones tanto.
—¿Por qué no?
—Esto recién empieza. Y los que empiezan festejando terminan llorando.
No respondo. Se hace un silencio que dura muy poco a mi gusto.
—¿Comiste? —pregunta de pronto.
—No aún, pero lo haré pronto.
—Idiota —dice sin maldad—. Ganas carreras pero no sabes cuidarte. Cuando vengas te haré algo decente.
Cierro los ojos.
—Sabes que no me gusta que...
—Silenzio —corta de inmediato—. Ya tendré tiempo de sobra para descansar más adelante.
—Te llamaré mañana —desvío el tema de conversación.
—Sí, hazlo —ordena—. Y André... —hace una pausa— no te conviertas en alguien que no reconocerías fuera del auto.
La llamada se corta. Quedo mirando la pantalla apagada un momento. Nadie me felicita como ella.
Y nadie me devuelve a tierra tan rápido.
Dejo salir el aire en una respiración pesada. Alzo la vista y veo a Alessia caminando hasta mí. Se aferra al pequeño bolso bajo su brazo como si fuera un ancla a la superficie. Tiene un mar de emociones que intenta ocultar. Pero veo sus ojos. Los que muestran todo lo que lleva dentro.
No la hago esperar. Bajo del auto y lo rodeo hasta el asiento del copiloto. Cuando llega, la puerta ya esta abierta. Vacila un segundo antes de subir. Cuando se decide, cierro la puerta a su lado y tomo mi lugar. Enciendo el motor y salimos del Speed Valley en completo silencio.
Alessia se mantiene rígida, con la vista perdida en la ventana a su lado. Juega con el pequeño dije de su collar, moviéndolo sobre la cadena de un lado a otro.
—¿Siempre conduces así? —rompe el silencio.
—¿Así cómo?
—En silencio —gira su rostro hasta el mío—. Hace un momento estabas muy hablador. Demasiado, diría.
Una de mis comisuras se eleva. El sarcasmo le queda bien.
—¿Realmente quieres que hable?
No responde. Siento su incomodidad crecer, lo noto en cómo cierra los puños y tensa los hombros. Mi mente registra todo con más precisión de la necesaria.
—Theo no entiende nada. No quiero que esto se malinterprete.
—¿Debería?
—No —contesta sobresaltada—. No debería porqué
Asiento, con la mirada fija en la carretera. El reflejo de las luces de la calle se desliza sobre el parabrisas.
—Entonces no hay problema —puntualizo.
—Pero sí lo hay —replica—. Apareciste ahí a propósito.
Aprovecho un semáforo en rojo para mirarla.
—No aparezco en lugares donde no quiero estar.
La luz cambia a verde. Ella se deja caer sobre el respaldo del asiento, derrotada, y deja salir un largo suspiro. La hago perder la paciencia, lo sé.
—No me has pedido mi dirección y si mal no recuerdo me llevarías a casa —añade, sin mirarme.
—Primero tenemos asuntos que resolver.
Se acomoda en su lugar y se muerde el labio inferior. No dice nada más. Asumo que está resignada a que no tiene más para replicar, al igual que yo, sabe que tenemos un pendiente.
Enciendo el estéreo y Ne-Yo llena el espacio. No tardo en dirigirme a un restaurante en el centro de la ciudad. Detengo el auto en el aparcamiento y Alessia, se inclina hacia adelante inspeccionando el lugar.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunta.
—Son más de la ocho de la noche. Te invitaré a cenar.
—Pero, no traigo dinero —se apresura en contestar—. Además no traigo la vestimenta adecuada para la ocasión —señala su ropa.
Tiene un pantalón negro un tanto holgado, una chaqueta negra y debajo una camiseta blanca ajustada que deja ver un poco la piel de su vientre. Trae la melena suelta y su cabello brilla aún en la oscuridad de la noche, al igual que sus ojos.
—Si eso te preocupa, estás perdiendo el foco.
Boquea sin saber qué decir y no la espero. Bajo de auto y me dirijo a su lugar, dónde abro la puerta para ella.
—Puedo abrirme la puerta sola —refunfuña mientras se levanta y deja el bolso negro sobre el asiento.
—Puedes —respondo sin mirarla—. Pero no veo porque tendrías que hacerlo.
Cierro la puerta y la invito a la entrada. Ella vira los ojos antes de pasar por delante de mí. Es obstinada.
En la puerta, nos recibe el anfitrión y nos acompaña a una mesa. La luz es tenue, los murmullos bajos y un jazz armoniza la velada de los comensales. Alessia se sienta primero, y yo en frente. Un mesero aparece casi de inmediato con una botella de vino en sus manos.
—Buenas noches, mi nombre es Clark, seré quién los atienda esta noche —se presenta el hombre—. ¿puedo ofrecerles un poco de vino?
—Por favor —Alessia acerca su copa.
—Para mí un poco de agua —respondo.
El mesero asiente y de inmediato vierte un poco en ambas copas en lo que otra mujer nos pone un menú en frente y nos comenta la carta para esta noche. Pido el platillo, bajo el asentimiento de Alessia, confirmando que para ella está bien lo mismo. Cuando ambos se retiran, me concentro en Alessia, que tiene otra vez las manos inquietas, esta vez sobre una servilleta.