El peso de la culpa.
Alessia
La sala de reuniones de Zenith huele a café recién hecho y a metal frío. Las luces blancas caen sin piedad sobre la mesa larga donde ya estamos, casi todos, sentados. Hay carpetas ordenadas, tablets y computadoras encendidas, y en la pantalla principal se muestran gráficos congelados. Todo luce demasiado correcto para el nudo que llevo en la mitad de la garganta desde que empezó el día.
Durante la practica, revivimos momentos claves de la carrera en Mónaco, buscando posibles alternativas para la solución a errores cometidos. Papá y el equipo de ingenieros dieron foco a Chris, lo cual me hizo sentir una culpa como una gran mochila pesada en la espalda.
Chris se mantuvo serio toda la sesión. Tomaba notas a la par que aceptaba cada corrección sin discutir. Cuando era mi turno de intervenir, me aseguré de entregarle los mejores consejos y sugerencias para potenciar sus habilidades, cuidando de cada palabra. Como si una buena acción compensara de alguna manera lo que había hecho con él.
Suspiro al repasar las últimas horas en mi mente.
Tomo lugar entre Angie y James, que discuten entre sí sobre un tema al cual no le pongo atención. Observo la taza frente a mí, no la he tocado. El vapor se disipa lentamente, como si incluso el café supiera que hoy no tengo tiempo para él.
Papá está de pie, apoyado contra la mesa con los brazos cruzados. Se ve cansado, pero firme. El día de descanso pasó ayudando a mamá con informes atrasados que tenía en su trabajo. Diane es agente comercial, pero suele retrasarse con sus pendientes por estar de llena en el seguimiento de nuestras carreras.
Cuando William habla, ya todo el equipo está en sala, el murmullo se apaga de inmediato.
—Mónaco no fue una mala carrera —empieza—. No fue el resultado que queríamos, pero tampoco fue un desastre.
Algunos asienten. Otros bajan la mirada. Yo lo miro a él.
—Aprendimos —continúa—. Y eso es lo que importa. Las carreras no se ganan solo con velocidad, se ganan entendiendo cuándo arriesgar y cuándo no.
Sus palabras son calmadas, medidas. Protectoras. Me duele un poco el pecho al escucharlo, porque sé que cree cada sílaba.
—Theo hizo lo que pudo con las condiciones que tenía el auto. Y el equipo trabajó al límite para sostenerlo en pista.
Mi estómago se contrae. Theo. El nombre pasa por la sala como una corriente invisible. Pienso en su sonrisa cansada, en la forma en que me miró antes de irse anoche. En todo lo que aún no sabe y que, de enterarse, no me perdonaría jamás.
William se aclara la garganta y proyecta una nueva diapositiva.
—Antes de seguir, hay algo que debemos decir —empieza, serio—. La falla en la estrategia no fue responsabilidad de una sola persona.
Hace una pausa breve. Luego mira directamente a Angie.
—Como equipo, erramos en anticipar ciertos límites, de los cuales intentaste ponernos al tanto. Y por eso, queremos ofrecerte una disculpa, Angela —se detiene un segundo antes de seguir—. Sobre todo por mi parte, conozco tus habilidades y no debí ponerlas en duda o hacerle caso omiso.
La sala queda en completo silencio.
Angie no dice nada. Solo asiente una vez, breve, profesional. No sonríe. No dramatiza. Agradece con un gesto mínimo y vuelve a fijar la vista en la pantalla. Aunque, sé bien que debe seguir molesta por toda la situación.
Ella misma me ha dicho que siempre es igual. Alarma, argumenta, y aún así, el resto de los ingenieros no la toman en cuenta.
William retoma la palabra, cerrando el tema con suavidad. Habla de ajustes, de simulaciones, de trabajo a futuro. Yo escucho, pero mi mente va un segundo más lenta que el resto.
—Bien —dice—. Pasando a lo que sigue.
Cambia la diapositiva.
El mapa del circuito y la bandera aparecen en grande, imposible de ignorar.
Italia.
—La próxima carrera será en el templo de la velocidad —anuncia—. Monza.
Algunos murmuran, otros sonríen. James se endereza en su asiento. Theo, que está al fondo, levanta apenas la cabeza y noto que se le tensan los hombros.
La voz de Willliam va sonando cada vez más despacio en mi mente, hasta que dejo de escuchar.
Italia no es un país en este momento. Es un acento bajo en mi oído. Una sonrisa ladeada. Un "bienvenida al juego" que todavía me quema en la piel.
Estaré un su territorio...
—Será una pista exigente —sigue William—. Rápida y técnica.
Mis dedos se cierran alrededor de la taza, que ya se encuentra fría.
—Tenemos que llegar fuertes —añade—. Unidos. Como equipo.
Me concentro en los rostros de mi alrededor, todos creen estar hablando del futuro. Yo siento que ya estoy atrapada en él.
—Monza será la vigésima carrera de la temporada, a mediados del entrado octubre —cambia la diapositiva mostrando el ranking de pilotos—. Vamos en primer lugar con 81 puntos de ventaja respecto al segundo lugar. BlazeTech nos sigue con 326 puntos y debajo Vortex con 172 puntos.
—Tenemos la ventaja, cierto —interviene Hudson—. Pero no podemos confiarnos, menos después de ver las habilidades de Castelli. Quedan solo cuatro carreras y si no entramos al podio, nos vencerán.
De reojo, veo a Theo empujarse la mejilla con la lengua. Me acomodo en mi lugar, debido a que la culpa vuelve a mi, pesada. De no ser por mis acciones, los puntos serían la menor de nuestras preocupaciones.
—Creo, que no todo está perdido —tomo la palabra, en busca de animar a nuestro piloto—. La mayoría de las carreras ganamos puntos por vuelta rápida, no serán muchos, pero lo suficiente para mantenernos cerca de la copa.
El equipo asiente tras la acotación.
El resto de la reunión, se habla sobre posibles estrategias, el clima estimado para ese día. Hudson intercambia palabras con Angie, Theo hace sus correctas intervenciones y algunos mecánicos opinan de vez en cuando.