El primer testigo
Alessia
La reunión y la conversación con Theo aún me pesan, lo noto en la tensión que arrastro en el cuello desde ese día.
La semana siguió su curso, y yo con ella, intentando redimirme con Chris durante los entrenamientos y cada sesión de práctica. He evadido las conversaciones con James, esas que siempre llevan a un camino que no quiero tomar, y Angie se ha mantenido al margen de ciertos temas, respetando mi silencio.
Ahora estamos en la última sesión del viernes, antes del merecido fin de semana de descanso. El simulador zumba a mi alrededor, envolviéndonos en una realidad artificial que normalmente me resulta cómoda. Pero hoy no. Hoy todo se siente un poco fuera de lugar.
Intento concentrarme en la pantalla. Curva. Frenada. Telemetría. Otra curva. Mis dedos se mueven casi por inercia, siguiendo rutinas que conozco de memoria, pero mi mente va siempre un segundo más atrás. O más adelante. Nunca donde debería estar.
El teléfono suena con un mensaje, otra vez, en el bolsillo de mi overol.
Ignoro la vibración. Aprieto la mandíbula y fijo la vista en los datos. Puedo hacerlo. Solo son unos minutos más.
No le sigas contestando. Me ordeno a mí misma.
—¡Alex, concentrate!
—Lo siento —me disculpo con Hudson, que está a un milímetro de perder la paciencia conmigo.
Bajo el teléfono, obligándome a devolver la atención a la pantalla del simulador. Pero mi teléfono vuelve a sonar en unos pocos segundos.
¿Qué demonios quieres?. Maldigo viendo el nombre en la pantalla.
Le dije más de dos veces que estoy en simulación e insiste en que nos veamos detrás del centro de Zenith. Suspiro frustrada. Busco otro punto donde mirar y me encuentro la dirección de Angie, que me observa sobre sus gafas con una expresión que me hace sentir que sabe el motivo de mi incomodidad.
El móvil me vuelve a sonar en la mano.
"Entonces, esperaré a que termines."
—Alex, siento el sonido de tu teléfono en la nuca —dice Theo, intentando disfrazar el enojo—. ¿Puedes apagarlo por favor?
—Enseguida —respondo.
Aprovecho la instancia para responderle a André que no es necesario. No obstante, justo cuando voy a guardarlo, vuelve a sonar con la respuesta de que no tiene prisa, que esperará.
—¡Suficiente, Hessey! —estalla Hudson.
Todos se sobresaltan y Theo pierde la concentración, chocando en una curva. Por lo que, los presentes voltean a mirarme molestos.
—Retírate y vuelve cuando tengas ese aparato lejos de mi vista —señala la puerta molesto.
—Lo siento —me disculpo por segunda vez.
Salgo de la sala bajo la crítica silenciosa de todos.
Al menos, para mi suerte, hoy papá no está porque contrajo un resfriado y no volverá hasta la semana que viene, sino, ya estaría siguiendome para regañarme e interrogarme sobre qué me pasa. Y la verdad, no tengo ánimos para lidiar con ello, ni mucho menos para seguir mintiendole.
Voy hasta los vestidores para sacar la sudadera del equipo. Al tenerlo en las manos, me bajo el overol hasta la cintura y, asegurándome de que no hay nadie más aquí, me quito la gorra, dejando caer mi cabello. Me la coloco por sobre mi cabeza y vuelvo a acomodarme el cabello.
Avanzo por los pasillos a grandes zancadas hasta cruzar la entrada principal del edificio. El aire está frío, sin embargo, no siento el golpe de temperatura al tener tanto en la mente. Bueno, más bien, a alguien.
Rodeo el exterior y lo veo sentado con aspecto despreocupado en mí banca, tiene el tobillo sobre la rodilla y un brazo sobre el respaldar. ¿Ahora va a expropiar mi escondite?
—¿Qué quieres? —pregunto anunciando mi llegada a sus espaldas.
—No te esperaba tan pronto —voltea a verme—. ¿Tan malo es Theo que termina las simulaciones en un par de minutos?
Inhalo profundo mirando los árboles que ya sin hojas, buscando no perder la paciencia. Cuando me fijo en él otra vez, encuentro su sonrisa cargada de burla, tan típica. Me cruzo de brazos y cargo el peso en mi pie.
—Siéntate, debes estar cansada —se hace a un lado dándome espacio.
—Estoy bien aquí.
—Insisto.
Cedo de mala gana. Supongo, que mientras más rápido sea esto, mejor para mí.
—¿Para qué me querías?
Él sonríe antes de meter la mano en el bolsillo de su pantalón oscuro y entregarme un papel. Lo recibo y veo una dirección en el interior. Levanto una ceja, interrogante.
—En Monza no me hospedaré con el resto del equipo, estaré quedándome allí —se antepone a las preguntas y explica—. Debes saberlo para cuando sea necesario que nos veamos y concretar el plan para el día siguiente.
—Entiendo —asiento, sin hacer preguntas.
Doblo la pequeña hoja y la escondo en el bolsillo de mi sudadera.
Aún me cuesta aceptar mi destino. Me obligo a pensar que, de una u otra forma, saldré de esto y podré seguir con mi vida. No puedo perder mi carrera después de haberme sacrificado tanto.
—¿Tú no deberías estar entrenando o en alguna práctica? —pregunto con un tono un poco más allá de la molestia. Más bien, con curiosidad.
—El equipo está en simulación, solo mecánicos, con Hailey. Se están adaptando a su ritmo y a su estilo, ahora que Richard la dejó como la cabecilla en boxes.
No evito sentir una punzada de envidia.
—¿Y cómo es todo para ella?
—Está algo agotada, aunque sé que no le importa. Está contenta de haber llegado hasta acá y de poder demostrar lo que sabe hacer —dice—. Mi foco, igual que el de Richard, es que no la menosprecien por ser la primera mecánica del equipo. Pero el resto lo ha hecho sola.
—La respetan, imagino —suelto sin medir mi tono.
André me mira a los ojos, esta vez sin burla.
—Sé que algún día también estarás en esa posición.
Lo determino incrédula.
—¿Y el insulto o la broma desagradable en eso viene...?