Una cosa a la vez.
Alessia
—¡Angie, espera! —corro detrás de ella, intentando alcanzarla cuando va casi trotando por el pasillo.
Agradezco a todos los dioses por no toparnos con nadie en toda esta persecución, o las preguntas harían el caos aún mayor.
Angie entra en el vestidor de mujeres, empujando la puerta con fuerza. Esta molesta, demasiado. Sus mejillas se han puesto rojas, delatando sus emociones. El aire aquí dentro huele a metal y desinfectante, y me arde en la garganta.
Se dirige hasta su casillero, donde saca su bolso y empieza a guardar sus cosas con una fuerza que no se corresponde con lo que está haciendo. Entonces, logro alcanzarla y me planto a su lado.
—¿Puedes hablarme, por favor? —le digo, con un nudo en la garganta —. Angie, yo...
—¿Tú qué? —pregunta, soltando el iPad sobre el bolso.
Espera mi respuesta, con ambas cejas alzadas. Yo boqueo sin saber qué decir.
—Sabía que algo pasaba contigo —empieza—. Esperé a qué estuvieras en confianza para contarme lo que estuviera pasando contigo. Había notado tu cambio de actitud cada vez que nombraban a ese piloto, pero no hice preguntas.
—Lo sé Angie y te lo agradezco...
—¿Sabes qué es lo que me molesta? —dice cerrando el casillero—. Te fui a buscar para ver si estabas bien, pero me encuentro con André besándote la mano y llamándote por tu nombre, ¡Tu nombre real, Alessia!
No puedo evitar que mis ojos se cuezan. Las lágrimas aparecen y se me escapan unas sin permiso. Bajo la vista y me las limpio con el dorso de la mano.
Angie se sienta en el sitio de madera junto a su bolso, se pasa las manos por el cabello soltando un gran suspiro. Queda pegada en el metal azul frente a ella hasta que por fin me mira.
—No te obligaré a contarme si no quieres hacerlo —dice con calma—. No diré nada de lo que ví.
Tomo asiento a su lado, también concentrada en el metal. Angie es una buena amiga, sabe todo de mí. Confío en ella. Sé que no miente cuando dice que guardará el secreto. Y cómo no hacerlo, si ha guardado el más grande por todo este tiempo.
Puedo someterme a engañar a mi equipo, pero no a ella. Suficiente he tenido que ocultarle a James, no quiero hacer lo mismo con otra de mis más grandes amistades.
—No sé muy bien cómo o qué pasó —comienzo a hablar, con miedo a que me tiemble la voz. Ella me escucha atentamente—. André descubrió mi secreto y desde entonces, ha estado chantajeando con revelarlo si no lo ayudo a ganar el campeonato —explico, avergonzada—. Me pidió sabotearnos, a Theo, para que sus puntajes fueran deficientes y el no pierda el primer lugar.
Las manos se le hacen puños sobre sus rodillas. Pero se contiene de decir algo, al menos hasta estar segura de que haya terminado. Yo inhalo el aire que puedo para tomar fuerza y seguir.
—Acepté el trato. Saboteé a Theo en la práctica y la carrera en Mónaco —busco sus ojos—. Este equipo es y será todo para mí... pero es mi carrera la que está en juego, mi sueño está en la pista. No puedo perderlo después de tanto esfuerzo —hago una pausa antes de continuar—. He pensado en que, si quiere que le diga a todo el mundo, pero la reputación de Zenith se iría por un barranco, y no sólo el equipo, Theo... mi papá...
El nudo en mi garganta vuelve a aparecer y comienzo a llorar otra vez. El silencio reina entre las dos por un momento. Intento calmar esa parte que quiere una respuesta, pero entiendo que Angie está procesando la información primero.
De repente, sus brazos me envuelven.
—Un campeonato se puede volver a ganar —dice—. Pero un sueño solo podemos realizarlo una vez.
Cierro los ojos contra su hombro. Sus palabras son un bálsamo, pero también una herida abierta. Porque aunque quiero creerle, sé que nada es tan simple como suena.
—No debería haber aceptado —susurro—. Cada vez que lo ayudo siento que traiciono todo lo que somos...
Angie se separa apenas. Su expresión ya no es de enojo, sino de una preocupación profunda.
—Te están usando, Alessia. Y lo sabes.
Asiento despacio. Claro que lo sé. Lo he sabido desde el primer momento en que André pronunció mi nombre como si fuera un arma cargada.
—Si habla, lo pierdo todo —admito—. Si no habla, significa que tengo que seguir mintiendo.
Angie aprieta los labios, piensa unos segundos.
—Entonces no puedes seguir sola con esto —dice finalmente—. André cree que te tiene contra la pared porque piensa que estás sola.
Frunzo el ceño, ladeando la cabeza confundida.
—No puedes hacer esto sola.
—Oh, no no no —niego, anticipándome al rumbo de sus palabras—. Yo soy la que está metida en este lío, si te metes y alguien se entera...
—Caeremos juntas —termina antes—. Somos amigas, y antes de eso, mujeres. Estamos para apoyarnos en este mundo de hombres. Si no lo hacemos nosotras, ¿quién lo hará?
—Pero, Angie, tu carrera...
—No estoy preguntándote nada —me corta nuevamente, decidida—. Sé las consecuencias que pueden haber, pero no estarás sola lidiando con esto.
No sé bien qué responder. Me limito a observarla con una sonrisa y un agradecimiento tan grande que ninguna palabra alcanza para expresarlo. De igual manera, lo intento.
—Gracias, en serio te lo agradezco.
—Para eso están las amigas —me empuja con el hombro suavemente, haciéndome reír.
—Se siente bien no cargar con esto yo sola.
—Y sabes —Angie se levanta y se coloca su bolso al hombro—, solo desaparecerá cuando estemos en tu casa comiendo un enorme balde de helado, que por cierto comprarás tú como compensación hacia mí.
Suelto una carcajada. Me pongo de pie y avanzamos a la salida.
—¿Te quedas conmigo esta noche? —pregunto.
—Amiga, mañana somos libres del trabajo, y tú tienes mucho que contarme. Una pijamada es lo mejor para esta circunstancia.
Sale de los vestidores y yo me tomo un momento antes de seguirla. Ahora todo cambiará, y no sé si estoy lista para ello.