Bajo Bandera Roja

15.

Cuando el pasado alcanza

André

El centro de BlazeTech está frío, el metal en la sala lo acentúa, y el zumbido constante vibra en todas partes, pero mi concentración va más allá. La simulación entra en sus últimos minutos cuando Richard vuelve a hablar.

—Cambia el punto de frenado en la chicana —dice desde la cabina de control—. Estás forzando demasiado la entrada.

Sigo mirando al frente. Voy primero.

El auto virtual responde bien, el ritmo es sólido y la distancia con el segundo es cómoda. No veo el problema.

—No hace falta —respondo—. Así gano tiempo en la salida.

Hay un breve silencio. Luego otra voz se suma al canal.

—Richard tiene razón —dice Hailey—. La degradación va a pasarte factura en las últimas vueltas.

Aprieto el volante un poco más. Conozco ese tono precavido y conservador.

El tipo de decisiones que te hacen perder décimas hoy para no perder segundos mañana. Nunca me han gustado.

—Estoy bien —contesto—. El auto aguanta.

La última vuelta empieza y me defiendo en primera posición. Entro a la chicana igual que antes. Un poco más tarde y más agresivo.

El auto se descompone apenas al salir, no es nada grave. Lo controlo. Pero en la siguiente curva el desgaste se siente. La trasera no responde igual, y corrijo tarde.

El segundo auto se acerca por detrás con menos distancia de separación.

—André —advierte Richard.

La tracción no es la misma. Pierdo velocidad justo donde no debería. El otro coche se mete por dentro, limpio y preciso.

Cruza primero.

La simulación se detiene, y marco un segundo lugar.

Me quito el casco con brusquedad. El silencio pesa más que cualquier reproche.

—Fue un detalle —digo—. En pista real no pasa.

Richard no responde de inmediato. Hailey tampoco.

Las pantallas muestran la telemetría con una claridad insoportable. El error está ahí, marcado en rojo.

—A mi oficina —ordena Richard.

No me da tiempo de responder cuando me da la espalda y avanza, notoriamente molesto. Echo la cabeza hacia atrás, frustrado.

Lo sigo, sintiendo la mirada de desaprobación que me da Hailey al pasar por su lado. En su oficina, toma asiento detrás de su escritorio y yo cierro la puerta. Me quedo en frente, de pie, con el casco en la mano.

—Siéntate —indica, señalando la silla. Yo acato—. ¿Hasta cuándo tendré que repetirte esto, André? Debes confiar en tu equipo. Las órdenes que se te dan, no son para molestarte, es porque buscamos lo mismo que tú. Ganar.

No respondo.

No porque no tenga nada que decir, sino porque no veo qué hay que explicar. El simulador no es la pista. Nunca lo ha sido. Ahí afuera las cosas se sienten distinto, se deciden en el momento, no en una pantalla.

Así que, segundo lugar o no, sigo siendo el más rápido cuando importa.

—El Jueves en la noche viajaremos a Monza —se frota la cien—. Lo que quiere decir, que tienes tres días para arreglar esto, no podemos desperdiciar ninguna oportunidad en la pista.

—Conozco Italia como la palma de mi mano —digo serio—. Corrí sus calles por mucho tiempo, esa pista no será un problema para mí.

Richard suspira cansado, sabe que no logrará nada con esta conversación.

—Vittorio no alcanzó a correr en un equipo. Ni siquiera un cupo en la academia —el aire se torna pesado e incómodo cuando nombra a mi difunto padre—. Te traje porque tienes talento, porque conocí a tu padre y él no querría que desperdiciaras tus habilidades en carreras ilegales... No desaproveches esta oportunidad, André.

—¿Algo más? —pregunto cortando la conversación.

Richard tuerce los labios, pero finalmente, niega.

—Puedes retirarte.

Me levanto y con el casco en mano me dirijo a la puerta. El nombre de mi padre todavía flota en el aire. No es un tema que discuta, no con cualquiera, y mucho menos con Richard. Algunas cosas, simplemente no se explican, se cargan.

Salgo de la oficina y cierro detrás de mí con la fuerza necesaria. Hailey está apoyada en la pared del pasillo con los brazos cruzados y el overol medio abierto.

—Te lo advertí —dice sin dureza.

—No necesito advertencias, sino resultados.

Paso junto a ella sin detenerme. Aunque su voz me sigue desde atrás.

—Y los tuviste hasta que dejaste de escuchar —replica, tomándome del brazo para que me detenga—. Escuché lo que te dijo Richard y...

—¿También vas a hablarme de mi padre?

La pregunta sale más áspera de lo que pretendía. Hailey se queda en silencio un instante. Luego niega.

—No. Eso no me corresponde.

—Era lo que pensaba.

Continúo con mis pasos hacia el vestidor, con ella a mi lado unos segundos. Sabe que no es nombre que diga en voz alta.

—La carrera pasada estuviste excelente, no lo eches a perder —insiste—. Esta oportunidad no es solo para ti. Y lo siento, pero no corres solo. Hay todo un equipo detrás que también puede pagar tus decisiones.

No espera mi respuesta y toma la dirección contraria.

Ingreso a los vestidores y saco mis pertenencias del casillero yéndome directo a las duchas. Me quedo en el agua tibia más de lo que debería, intentando calmar mi mente.

Vittorio Castelli fue la persona más importante para mí. Quien me metió en un coche a los 6 años junto a él, enseñándome todo sobre el mundo del automovilismo. De él aprendí este deporte. Y heredé el no deberle nada a nadie.

Intentó millones de veces entrar a la GPE, tenía contactos para guardar un cupo, pero él se negaba a hacerlo fuera de su mérito propio. El tiempo pasó, se casó con mi madre y dedico su tiempo a mí. Hasta el día del maldito accidente.

Cierro el grifo con fuerza, alejando cada recuerdo de esa noche.

Con la ropa puesta, guardo todo en el bolo y salgo del edificio ignorando a todo el que se me atraviese. Afuera la noche está entrando, la luna está casi oculta entre las nubes, iluminando como puede la zona.




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