Bajo Bandera Roja

16.

Las casualidades no existen

Narrador desconocido

El rostro se me congela a medida avanzo por el Speed Valley hacia la salida. La chaqueta del equipo no es lo suficiente gruesa como para detener el viento helado de la noche. Cruzo los brazos, abrazándome, buscando darme un poco de calor.

La mayoría ya se ha ido, el entrenamiento terminó hace un par de horas, pero aún quedan luces encendidas y pasos dispersos que se dirigen hacia los estacionamientos.

Mientras avanzo, me concentro en que aún debo esperar el autobús a casa y no en reprocharme el dejar el auto en casa. Desde este lado del complejo, la vista es clara. Demasiado clara. Al llegar cerca de la carretera, el tráfico avanza lento y los semáforos marcan pausas innecesarias.

La parada de autobús permanece ocupada por una sola figura, inmóvil, abrazándose contra el frío. Aquello me saca una sonrisa, al menos no esperaré en la soledad de la noche. Será grato conversar para que el tiempo avance más rápido.

Preparo el paso para cruzar cuando el sonido de un motor llama mi atención. Un auto negro con el logo de Audi resaltando, sale del complejo. No va con prisa, pero tampoco duda. Lo reconozco antes de pensarlo demasiado. La iluminación del cruce le da de lleno al rostro del conductor cuando frena por el semáforo.

André Castelli.

Incluso fuera de la pista y sin casco, tiene esa expresión concentrada que no se le va nunca. Sus manos firmes en el volante. La mandíbula tensa. Parece apurado, molesto... o ambas.

El semáforo cambia. Avanza unos metros y, contra toda lógica, se detiene otra vez. Frente a la parada.

Tardo un segundo en entenderlo. Mi vista va del auto a la figura que espera el autobús. Entonces lo veo con claridad. El bolso a los pies. Los brazos cruzados. El cabello recogido de la forma descuidada de siempre.

Alex Hessey.

No alcanzo a escuchar nada, pero los gestos son suficientes. Alex duda, niega y André insiste. Hay algo en su postura que no es habitual. No es soberbia, pero tampoco es prisa.

Es... tensión.

Finalmente, Alex toma su bolso y sube al asiento del copiloto.

Parpadeo sin moverme. No por sorpresa, sino porque no esperaba eso. André no se detiene por nadie. Mucho menos frente a todos, o por alguien que, en teoría, no debería importarle.

El auto arranca y desaparece en la siguiente calle, dejándome solo con el ruido del tráfico y una curiosidad que no se va a apagar sola. Me quedo quieto unos segundos más de lo necesario. Y entonces, la noche ya no parece tan fría.

Hay cosas que no ocurren por casualidad, y cuando lo hacen, conviene mirarlas de cerca.

Porque lo que la casualidad trae... siempre se puede usar a favor.




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