Entre lo ligero y lo inevitable
Alessia
Me apoyo en el barandal de mi balcón con una taza de café en las manos. Desperté mucho antes de lo habitual ya que, extrañamente, a pesar de estar agotada, me fué difícil dormir luego de la conversación con André. Me dejó un mal sabor de boca.
Intento despejar mi mente y tomar aire fresco, aprovechando el tiempo antes de ir al centro de Zenith. El día está nublado y un poco oscuro. Estamos a días de entrar en la temporada lluviosa de Londres, así que no es de extrañar.
Observo a los pocos arrendatarios que salen a esta hora rumbo a sus trabajos. Apenas pasan autos por la calle, hasta que un McLaren grisáceo llama mi atención y la de algunos transeuntes al aparcar frente al edificio.
A alguien le está yendo bien en su trabajo. Bromeo para mis adentros.
La puerta del piloto se abre y mis ojos se abren aún más, sorprendida, cuando veo quién baja de él. Es Theo. Lleva un cortavientos del equipo y un jean azul con unas Timberland color mostaza.
Dejo la taza sobre el muro y dudo en mi posición hacia dónde ir dando pasos atontados a mis costados. Miro hacia abajo y Theo justo levanta la cabeza, viéndome. Esboza una sonrisa y sacude su mano en el aire.
Le devuelvo el saludo y corro dentro del departamento. Repaso mi atuendo y la cabeza me va a explotar. Llevo la sudadera del equipo y unos pantalones varoniles.
Demonios. Voy hacia mi habitación y tomo cualquier pantalón para cambiarme. En lo que me deshago del que traía y el otro queda a medio poner, el timbre suena. Termino de subir el cierre a toda prisa y camino hacia la puerta intentando recuperar algo de dignidad.
Abro. Theo está ahí, de pie frente a mí, con una media sonrisa que parece debatirse entre la seguridad y los nervios. Por un segundo ninguno dice nada.
—Hola —dice al fin.
Parpadeo un par de veces, todavía procesando su presencia ahí, tan real y tan fuera de lugar.
—Hola —respondo—. ¿Qué... qué haces aquí?
Se pasa una mano por la nuca, gesto que delata lo nervioso que está.
—Quería verte —confiesa—. Estaba cerca y pensé en pasar, pero... —hace una mueca— perdón por llegar así, de sorpresa. No quiero parecer un loco. Nunca te había preguntado dónde vivías, y Alex me lo dijo.
Siento cómo el calor me sube directo a las mejillas.
Claro. La conversación del otro día. Recuerdo y los nervios se me disparan.
—No, no —me apresuro a decir—. No hay problema, de verdad. Solo me tomó por sorpresa.
Me hago a un lado y señalo el interior del departamento.
—¿Quieres pasar?
—Gracias —asiento y entra—. Toda una fan de Zenith, ¿no? —bromea mirando mi sudadera.
Me golpeo la frente en mis adentros. Olvidé cambiarla. Cierro la puerta detrás de nosotros y entonces me doy cuenta. Mis zapatillas. Se quedaron olvidadas junto al sofá.
Bajo la mirada y veo mis pies cubiertos solo por unas medias oscuras. Instintivamente los escondo uno detrás del otro, intentando cubrirlos con el dobladillo del pantalón.
Theo también baja la vista... y sonríe.
—Perdón —murmura, conteniendo una risa—. No quería mirar.
Aprieto los labios, avergonzada, y camino rápido hacia el sofá para ponerme las zapatillas.
—No digas nada —le advierto, aunque ya estoy sonriendo.
Él alza ambas manos y se ríe.
—Nadie se enterará —promete, y no puedo evitar sonreír aún más.
—Siéntate, por favor —lo invito, y obedece, acomodándose en el sofá de enfrente—. ¿Puedo invitar un café o algo?
—Te lo agradecería —acepta.
Justo termino el nudo de mis Converse y me levanto. Él hace lo mismo.
—Permíteme acompañarte.
Asiento y me sigue hasta la cocina. Saco un tazón de la gaveta del estante y la llevo hasta la cafetera.
—Es muy lindo tu apartamento.
—Gracias. Aún está en proceso de decoración —respondo entregando el café.
—¿Hace poco vives aquí? —pregunta mientras volvemos a la sala.
—Más o menos —me llevo el mentón entre los dedos mientras hago cálculos mentales—. Me mudé hace casi un año. Quería mi independencia, así que junté dinero y compré este apartamento.
—Es muy tú —comenta, paseando la mirada a su alrededor, bebiendo el café.
Me sonrojo, y acomodo la planta de la mesa pequeña frente al televisor.
Hago lo posible por convertir este espacio en un hogar. Las paredes claras las decoré con repisas llenas de libros, fotografías con mis padres y algunas plantas. Los muebles van en tonos café, combinados con algunos detalles negros.
Theo deja la taza sobre la mesa baja con cuidado. Da un pequeño respiro, como si se estuviera armando de valor.
—Alessia, yo...
Se levanta y camina hacia el sofá largo donde estoy sentada. Mi espalda se tensa apenas lo veo acercarse. Se sienta a una distancia prudente, suficiente para que nuestras rodillas no se toquen... y aun así mi pulso se acelera sin permiso.
Tranquila. Respira.
—Sé que no nos conocemos tanto —continúa, mirándome ahora, serio pero con una suavidad que me desarma—. Y tal vez esto sea un poco impulsivo, pero... Me gustaría hacerlo. Conocerte de verdad.
Trago saliva. Siento el latido de mi corazón en los oídos. El tiempo parece ir más lento, como si mi cuerpo supiera que este momento importa.
—Quería saber —dice, bajando un poco la voz— si te gustaría salir conmigo. A cenar. Hoy, si te parece bien.
Por un segundo, mi mente se queda en blanco.
Es casi irreal. Como esos escenarios que una imagina en la ducha y luego descarta por ridículos. Theo, sentado ahí, mirándome con expectativa genuina, preguntándome si quiero cenar con él.
Theo, el mismo que me gustó desde la primera vez que lo vi. Desde siempre. Parpadeo, intentando procesar todo.
—Yo... —mi voz sale más baja de lo esperado—. Sí.
Él sonríe, y algo en su expresión cambia, como si acabara de quitarse un peso enorme de encima.