Bajo control

1

Elena Gruger Onassis

La nieve caía suavemente sobre Londres, cubriendo las calles con un manto blanco que reflejaba la luz cálida de los faroles antiguos. El invierno, con su aire frío y cortante, parecía envolver la ciudad en un silencio expectante, como si presintiera que algo extraordinario estaba a punto de suceder. Yo, Lady Elena Gruger Onassis, estaba concentrada en los últimos detalles de la cena benéfica que mi socia, Katherine Volkova, y yo habíamos organizado en nuestro restaurante. No era un evento cualquiera: era un encargo especial de mi abuela, Lady Margareth Gruger, y debía cumplir con estándares que incluso para nosotras rozaban lo imposible.

Katherine, siempre con esa mezcla de astucia y alegría traviesa, corría de un lado a otro revisando que las copas brillaran, que los cubiertos estuvieran perfectamente alineados y que cada flor ocupase su lugar exacto. Yo, en cambio, repasaba mentalmente el menú, asegurándome de que cada plato transmitiera la delicadeza y perfección que habíamos planeado. Cada textura, cada aroma, debía llegar a los comensales como una experiencia completa, no solo como alimento.

Los invitados comenzaron a llegar puntualmente: diplomáticos, empresarios, nobles y filántropos, todos con sus propias agendas y expectativas, pero dispuestos a mostrar elegancia. Entre ellos apareció alguien que no encajaba en ningún molde.

Catalina Ledesma de la Vega. Una mujer de unos treinta años, cabello negro como la noche más profunda y ojos azul claro que evocaban el frío y misterioso Mar de Weddell. Su presencia era magnética. Yo estaba acostumbrada a la atención que despertaban mi título y mi restaurante, pero en ella había algo distinto: no buscaba llamar la atención y, aun así, lo hacía inevitablemente.

La acompañaba un joven de rasgos asiáticos impecables, vestido con sobria elegancia, más cercano a un acompañante de protocolo que a un amigo. Se sentaron en una mesa cercana, y aunque intenté mantener mi mirada en mis responsabilidades, no pude evitar sentir la suya posarse sobre mí. Era un roce invisible, sutil, capaz de alterar mi concentración de manera inquietante.

Katherine, siempre atenta, levantó apenas las cejas en mi dirección y me regaló una sonrisa juguetona, como diciendo: “No intentes ocultarlo…”. Yo intenté ignorarla; debía mantener el control, como siempre.

El discurso de mi abuela fue impecable, elegante y firme. Cada palabra estaba medida, cada gesto calculado para inspirar respeto y admiración. Cuando el último aplauso se apagó, la cena comenzó. Los platos fueron servidos en perfecta sincronía, los aromas envolvieron la sala y los elogios llegaron desde todas partes. Sin embargo, había un detalle imposible de ignorar: Catalina no apartaba la mirada de mí. Era una observación silenciosa, casi hipnótica.

Mientras servía el tercer plato, un pensamiento me atravesó: ¿Por qué me observa así? No había desafío ni crítica en sus ojos, tampoco superioridad. Solo atención. Una atención tan intensa que despertaba en mí una mezcla de curiosidad y ligera incomodidad. Katherine lo notó de inmediato y me susurró en tono burlón:

—Parece que alguien no puede apartar la vista de ti, Elena —dijo con una sonrisa maliciosa—. ¿Ya estás pensando en cómo conquistarla?

Negué con la cabeza, manteniendo la compostura.

—Kath… —respondí con voz firme, aunque un hilo de diversión se escapó sin querer—. No es nada.

Pero mientras intentaba concentrarme, no podía evitar sentir el calor de esa mirada. Cada gesto mío parecía ser analizado con precisión, y esa atención me perturbaba y me fascinaba al mismo tiempo.

Cuando los invitados comenzaron a levantarse para socializar, noté que Catalina ya no estaba en su mesa. Mi primer impulso fue buscarla, no por obligación, sino por esa intriga inexplicable que me envolvía. Caminé hacia la cocina, fingiendo revisar que todo estuviera en orden, y entonces la vi.

Allí estaba, de pie frente a mí, con una sonrisa enigmática que parecía esconder secretos y desafíos.

—Lady Elena Gruger Onasis —dijo suavemente, con una cadencia que acariciaba cada palabra—. Es un honor finalmente conocerla.

Extendió su mano con cortesía y una coquetería apenas perceptible. La tomé con un gesto formal, intentando mantener la distancia que siempre imponía en mi vida, aunque un hilo de curiosidad se filtró en mi autocontrol.

—Señorita Ledesma —respondí con tono cordial y medido—. Me alegra que haya disfrutado de la velada.

Sus ojos no eran invasivos; eran inquisitivos. Me miraba como si intentara explorar capas que nadie se atrevía a tocar. Cada palabra suya parecía cuidadosamente medida para acercarse sin romper mis muros.

—Nunca había probado una cena así —dijo—. Cada plato, cada aroma… es como si la perfección hubiera encontrado un camino directo a mi paladar.

Agradecí el halago con una leve inclinación de cabeza, manteniendo mi reserva. Pero Catalina no parecía dispuesta a aceptar mi distancia como respuesta definitiva.

—Tengo un evento privado pronto —continuó—. En uno de los hoteles de mi familia… me encantaría que viniera.

—Lo siento, pero no creo que pueda asistir —respondí, con la cortesía que siempre me imponía cuando la fascinación amenazaba con asomarse.

Ella arqueó una ceja y sonrió con esa mezcla de desafío y encanto que la hacía imposible de ignorar.

—¿Nada en absoluto? —preguntó, sin agresividad, dejando que la provocación flotara suavemente en el aire—. Prometo que será un encuentro… interesante.

Su determinación era sutil pero poderosa. Cada “no” que pronunciaba parecía un reto que ella aceptaba con paciencia. Después de unos minutos de conversación, equilibrada entre cortesía y provocación, accedí, intrigada y a regañadientes, a asistir.

Cuando la velada terminó, mi abuela se acercó, implacable y elegante, y nos felicitó a Katherine y a mí:



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 30.01.2026

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