Catalina Ledesma De La Vega
Apenas podía apartar de mi mente la imagen de aquella joven que había conocido la noche anterior. Elena Gruger Onassis. La forma en que movía las manos al hablar, la precisión con la que explicaba cada detalle del evento y, sobre todo, esa mirada color avellana que parecía leer más allá de lo que yo estaba dispuesta a mostrar… todo ello había dejado una marca invisible en mí. No era un interés romántico todavía, al menos no del tipo que se reconoce fácilmente; era algo más profundo, un deseo silencioso de conocerla, de desentrañar los secretos que se escondían tras su impecable compostura.
Por eso, la noche siguiente decidí visitar su restaurante. No era la primera vez que cenaba en lugares de prestigio ni la primera vez que probaba la cocina de una chef talentosa. Pero había algo distinto en aquel lugar. El ambiente estaba impregnado de una calidez que me recordó a mi hogar antes de la muerte de mi padre. Una calidez que hacía que el frío del mundo exterior pareciera irrelevante, que se mezclaba con el aroma de la madera y las velas encendidas, y que provocaba un extraño cosquilleo en mi pecho.
La recepcionista me condujo a una mesa junto a la ventana. Desde allí podía ver cómo las luces de Londres brillaban sobre la nieve recién caída. Cada destello parecía bailar sobre los adoquines, reflejando la ciudad con una magia que solo se podía experimentar desde un rincón elevado, con una copa de vino en la mano y la expectativa de lo inesperado flotando en el aire.
—¿Desea algo de beber mientras revisa el menú? —preguntó el camarero, con voz educada y un matiz profesional imposible de ocultar.
—Un Chardonnay, por favor —respondí, dejando que mi mirada se perdiera en el cristal, aunque no podía dejar de pensar en ella.
Los minutos pasaron lentamente mientras saboreaba cada bocado, disfrutando de la armonía de sabores preparados con una meticulosidad que solo una chef de su calibre podía lograr. Cada plato parecía hablarme directamente, transmitir una historia, un pedazo del alma de quien lo había creado. Y mientras degustaba la exquisitez, un pensamiento comenzó a tomar forma: Quiero conocerla más. Quiero verla en acción.
—Disculpe, ¿podría ver a la chef? —pregunté al camarero, sonriendo con una cortesía que no ocultaba del todo mi curiosidad.
Cuando Elena apareció, mi corazón dio un pequeño salto. La misma joven que había observado durante la cena de la noche anterior estaba ahora frente a mí, con la chaqueta de chef perfectamente ajustada y esa postura que mezclaba autoridad y delicadeza.
—Buenas noches —dijo, manteniendo la distancia habitual de su elegancia—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Quería… —dudé un instante, disfrutando de la manera en que su atención se centraba en mí—… probar directamente su especialidad. Solo por curiosidad profesional, claro.
Elena me miró con calma, evaluándome como si decidiera en segundos si merecía un trato especial. Su expresión permaneció impasible.
—Con mucho gusto —respondió finalmente, su tono firme pero educado—. Pero le advierto que no doy privilegios solo por… curiosidad.
Sonreí levemente. Me encantaba su resistencia. Había algo en esa mezcla de orgullo y discreción que despertaba mi instinto desafiante.
Cuando Elena me sirvió el plato directamente de sus manos, sentí un estremecimiento recorrer mi brazo. La cercanía, el calor de su piel, la forma en que sus dedos apenas rozaban los míos… todo eso creó una tensión casi eléctrica. Intenté mantener la compostura, pero no pude evitar mirarla a los ojos mientras decía:
—Increíble… Cada detalle está perfecto. —Mi voz era suave, deliberadamente cargada de intención—. Es evidente que domina cada aspecto de su cocina.
—Gracias —respondió, un poco evasiva, sus ojos fugazmente evitando los míos antes de regresar a la distancia segura de su postura—. Solo hago mi trabajo.
Me divertía que rechazara mis indirectas y coqueteos, como si cada “no” que pronunciaba fuera un reto silencioso que debía aceptar. Pasaron unos minutos más, un intercambio delicado de palabras y sonrisas medidas, antes de que Elena regresara a la cocina. Cada paso que daba, cada movimiento que hacía parecía diseñado para capturar mi atención sin proponérselo, y yo me sentía atrapada en esa red invisible.
Así transcurrieron los días siguientes. Cada visita al restaurante era un pretexto para acercarme a ella. Cada conversación, un juego sutil de coqueteo y resistencia. Elena respondía con cortesía, pero nunca cedía del todo. Y mientras observaba su rutina impecable, la precisión con la que organizaba a su equipo y la manera en que se movía entre mesas y cocina con una gracia natural, sentía cómo mi curiosidad se transformaba lentamente en fascinación.
No era solo la cocina, ni su elegancia, ni siquiera su mirada intensa. Era la manera en que todo en ella parecía desafiarme sin esfuerzo, un enigma que no podía, ni quería, resolver de inmediato. Quería descubrir cada detalle, cada secreto que ocultaba detrás de esa fachada impecable, pero sabía que para hacerlo debía ser paciente, aprender sus límites y aceptar que algunas barreras estaban diseñadas para protegerla.
Mientras me retiraba del restaurante aquella noche, la vista de Londres iluminado por la nieve parecía más brillante, más viva. Sabía que lo que había comenzado como una simple curiosidad pronto se convertiría en algo mucho más complejo. Y lo mejor… era que estaba dispuesta a explorar cada capa de ese misterio, sin prisas, disfrutando de cada momento de tensión y cada pequeña chispa de cercanía que Elena me permitía.
El desafío apenas comenzaba, y yo estaba lista para aceptarlo.