Catalina Ledesma De La Vega
La nieve caía sobre Londres con una lentitud solemne, como si la ciudad entera respirara al compás del invierno. Desde las enormes ventanas del Hotel Ledesma Kensington, los copos descendían sobre los coches negros y las luces doradas del vestíbulo, fundiéndose en destellos efímeros. Dentro, el calor, el cristal, los perfumes y el murmullo de las voces creaban un refugio elegante contra la noche helada.
El evento de esa noche no era uno más. Era mi evento: la presentación de la nueva línea de hoteles de lujo que mi familia expandiría por el Reino Unido. Habíamos invertido meses en proyecciones, arquitectura, alianzas… pero en ese instante, la única inversión que realmente me importaba era encontrar una mirada en particular entre la multitud.
Había pasado la última hora sonriendo, saludando, fingiendo un interés diplomático en conversaciones que giraban siempre en torno al dinero. Empresarios de Dubái, diseñadores de Milán, inversores de Hong Kong… todos querían una porción del nuevo imperio Ledesma. Pero mis ojos —y, más peligroso aún, mi mente— buscaban solo a ella.
Elena.
Había dicho que “quizás” asistiría, con esa indiferencia suya que siempre me irritaba y me atraía a partes iguales. Era casi medianoche y el evento estaba por comenzar oficialmente cuando mi paciencia empezó a agotarse.
Y entonces, la vi.
Cruzó el vestíbulo con un paso lento, sin prisa, sin intención de llamar la atención… y, sin embargo, cada cabeza pareció girar hacia ella. Vestía un conjunto negro de líneas simples, elegante sin pretensión, su cabello recogido con un descuido calculado. Era como si el caos se detuviera alrededor suyo.
Una sonrisa inconsciente se dibujó en mis labios.
—Disculpen, debo atender un asunto —murmuré a los empresarios que me rodeaban, sin esperar respuesta.
Me abrí paso entre los invitados hasta quedar frente a ella. Elena levantó la mirada y sonrió apenas, con cortesía.
—Pensé que te habías arrepentido de venir —dije, intentando sonar casual, aunque mi voz traicionó un leve alivio.
—Estuve a punto —respondió con serenidad—. No soy fanática de los eventos sociales.
—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?
—Mi amiga Katherine—contestó, tomando una copa de vino de la bandeja de un mesero—. Me amenazó con venir en mi lugar si no lo hacía. Créeme, era más fácil venir yo que soportar su sermón.
—Entonces le debo una cena a tu amiga —repuse con una sonrisa—. Aunque, sinceramente, me alegra que haya ganado la batalla.
—¿Por qué? —preguntó Elena, con ese tono neutral que no ofrecía ni rechazo ni complicidad.
—Porque la noche se ve mucho mejor desde que llegaste.
Elena soltó una leve risa, breve pero auténtica. No esperaba que lo hiciera, y eso me desarmó por un instante.
—Eres buena para decir cosas bonitas, ¿verdad? —dijo, mirándome con una mezcla de ironía y curiosidad.
—Depende de quién me escuché —respondí—. Contigo no necesito fingir cortesías.
—¿Y qué intentas entonces? —preguntó, entrecerrando los ojos.
—Entenderte —dije, sin rodeos.
Por un momento, su mirada se suavizó. Pero enseguida volvió a erigir su muralla habitual.
—Le advierto, no soy fácil de entender.
—Eso lo hace más interesante.
El anuncio del inicio del evento interrumpió nuestra conversación. Subí al escenario y pronuncié el discurso inaugural: hablé del crecimiento de la marca, de la visión de lujo sostenible, de la fusión entre tradición y modernidad… todo lo que debía decir. Pero mientras hablaba, mis ojos volvían una y otra vez a ella, de pie cerca de la barra, observándome sin expresión.
Era exasperante. Y magnético.
Cuando bajé del escenario, la velada transcurrió entre copas de champaña y música suave. Yo no me alejé demasiado de Elena. La seguía con disimulo, buscando cualquier oportunidad para hablarle.
—¿Te está aburriendo la fiesta? —pregunté cuando la encontré mirando por la ventana.
—Un poco —admitió—. No soy buena fingiendo interés por temas que no me importan.
—Eso te hace peligrosa —respondí con una sonrisa—. La mayoría aquí lleva máscaras.
—¿Y usted? —me desafió—. ¿También llevas una?
La pregunta me tomó por sorpresa. Guardé silencio un instante antes de responder:
—La diferencia es que yo sé cuándo quitármela.
Elena bajó la mirada, pensativa.
—¿Y ahora la llevas puesta?
—Contigo… no lo sé —susurré.
Durante unos segundos, el ruido del salón desapareció. Había una tensión sutil, una corriente que parecía extenderse entre nosotras. No era solo atracción: era algo más complejo. Una lucha silenciosa por el control.
—Debería tener cuidado, señorita Ledesma —dijo finalmente—. No todo el mundo reacciona bien a que le invadan el espacio.
—No estoy invadiendo —contesté—. Solo intento acercarme.
—Es lo mismo —respondió, y se alejó con calma, dejándome con una sonrisa frustrada.
El resto de la noche nos cruzamos varias veces. Yo me movía entre conversaciones diplomáticas, pero siempre volvía a buscarla, atraída por una gravedad silenciosa.
La nieve seguía cayendo afuera, cubriendo las ventanas con una capa blanca. Dentro, el calor, las luces doradas y el murmullo creaban una atmósfera íntima, casi etérea.
Cuando el reloj marcó la medianoche y los últimos invitados comenzaron a despedirse, me acerqué de nuevo.
—Déjame llevarte —dije sin rodeos.
Elena arqueó una ceja.
—No hace falta. Puedo llamar a mi chofer.
—No insistas —respondí con una sonrisa obstinada—. Sería un placer.
—Lo dudo —replicó, con un tono que mezclaba fastidio y diversión—. Y, además, señorita Ledesma, pero cuando alguien insiste tanto, no es para algo agradable.
La manera en que pronunció mi apellido fue casi un reto.
—Tal vez. Pero al menos acepta el gesto. Prometo no secuestrarte.