Bajo control

4

Elena Gruger Onassis

El amanecer en Londres parecía suspendido entre la niebla y la nieve. Los copos descendían con la lentitud de quien no tiene prisa por tocar el suelo, cubriendo techos, autos y aceras con un blanco casi irreal. El silencio de la ciudad era tan espeso que podía escuchar mi propia respiración, contenida, irregular.

No dormí más de tres horas. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de la señorita Ledesma regresaba como una marea: su mirada fija, inquisitiva; su voz, con ese acento que parecía envolverlo todo; la manera en que sostenía la copa de vino, como si incluso el gesto más banal tuviera propósito.

El reflejo del ventanal me devolvió una versión de mí que apenas reconozco: ojeras, cabello desordenado, una taza de café a medio terminar entre las manos y el pecho oprimido por algo que no sé si llamar nervios o negación.

Londres se había convertido en mi refugio y en mi prisión al mismo tiempo. Vine aquí hace tres años, no por elección, sino por mandato. Mi abuela insistió en que debía “recomponer mi vida lejos de los ojos curiosos de la prensa y de los errores del pasado”. Mi padre discutió con ella, claro. Decía que ya era una adulta, que debía permitírseme vivir a mi manera. Pero la abuela solo lo miró con esa severidad que le es natural y con eso fue suficiente para terminar el tema.

No, ella no lo hacía por crueldad. O al menos eso quiero creer. Decía que no me estaba encerrando, sino protegiéndome. “Hay personas que se acercan a ti, Elena, no por quién eres, sino por lo que representas”, solía repetir con ese tono de verdad amarga que no deja espacio a réplica. Tal vez tiene razón. Tal vez sí necesito esas barreras.

Y, sin embargo, anoche bastó una sola mujer para que todas esas murallas empezaran a tambalearse.

Catalina Ledesma. La heredera, la magnate en formación, la dueña del escenario donde se llevó a cabo aquel evento. Todo en ella parecía cuidadosamente diseñado: la elegancia natural, la sonrisa que no pide permiso, el porte de quien sabe que nadie se atreverá a decirle que no. Y, aun así, lo que más me desconcertó fue su mirada. No era la de alguien que buscara impresionar, sino entender. Como si intentara leer entre mis gestos, descifrarme sin que yo le diera permiso.

—Te estás complicando la vida sola —dijo Katherine desde el marco de la puerta, sacándome de mis pensamientos.

No me giré de inmediato. Su tono cargado de ironía era el de siempre.

—¿Desde cuándo lees mentes? —pregunté, intentando sonar casual.

—Desde que vivo contigo, cariño. —Entró con una bata gris y el cabello recogido de cualquier manera—. Aunque, si soy sincera, lo hago por curiosidad. Quería ver la cara de la mujer que le dijo que no a Catalina Ledesma y aún sigue viva para contarlo.

Rodé los ojos y me giré hacia ella.

—No fue para tanto.

—Claro que sí. —Tomó una taza de la mesa y se dejó caer en el sofá—. ¿Sabes cuántas personas darían lo que fuera por tener cinco minutos de conversación con esa mujer? Y tú… la ignoras.

—No la ignoré —repliqué—. Solo mantuve la distancia.

Katherine sonrió con diversión.

—Oh, sí. Esa distancia que se mide en centímetros y que anoche parecía derretirse con solo mirarla.

Tomé aire.

—Kath…

—Vamos, Elena. —Su tono se suavizó—. ¿Por qué te cuesta tanto admitir que te atrajo?

No respondí. En parte porque tenía razón, y en parte porque me asustaba reconocerlo. La atracción no era nueva para mí, pero sí lo era su intensidad. Había algo en Catalina que me desarmaba. No era su belleza —aunque sería imposible no notarla—, sino su energía. Tenía el tipo de presencia que invade sin tocar, que te arrastra antes de que te des cuenta de que estás cediendo terreno.

—Ella no es para ti —dijo Katherine, de pronto más seria—. Y lo sabes.

—Lo sé. —Asentí, bajando la mirada.

—Y sin embargo… —dejó la frase en el aire, como si no necesitara terminarla.

Suspiré.

—Iré al restaurante. Tengo que revisar los pedidos antes del almuerzo.

—Y fingir que no esperas verla —añadió Katherine, con una media sonrisa.

No contesté. Solo tomé mi abrigo y salí.

El frío era cortante. La nieve cubría el asfalto y el vapor de las alcantarillas dibujaba nubes fantasmales entre los pasos apresurados de la gente. Caminé las diez cuadras hasta el restaurante con la mente llena de excusas: que era una coincidencia, que no volvería, que tal vez su interés ya se había diluido.

Pero al cruzar la puerta de L’Eclat du Temps, el silencio familiar del lugar me devolvió a tierra firme. El restaurante olía a pan recién horneado, a mantequilla y a romero. Mi refugio.

Pasé las siguientes dos horas revisando inventarios, corrigiendo listas de proveedores, dando indicaciones al equipo de cocina. Todo estaba en orden. Todo bajo control.

Hasta que escuché la voz de Clara, la recepcionista.

—Chef… hay alguien preguntando por usted.

Levanté la vista, distraída.

—¿Reservación?

—No. Dice que solo quiere saludarla. —Clara sonreía con una mezcla de nervios y admiración—. Es la señorita Ledesma.

El aire pareció escaparse del salón. La cucharilla que tenía entre los dedos tintineó contra la taza y se cayó. Me tomé un segundo antes de girar.

Catalina estaba de pie en el umbral, vestida con un abrigo largo color marfil que resaltaba contra el gris del invierno. Su cabello recogido dejaba al descubierto un cuello elegante y un gesto sereno, casi divertido.

—Buenos días, Lady Elena —dijo con esa voz que suena más cerca de lo que debería—. Espero no interrumpir.

—Señorita Ledesma… —respondí, buscando mantener la compostura—. No esperaba verla tan temprano.

—Ni yo esperaba tener antojo de su café, pero aquí estoy. —Su sonrisa fue un destello breve, medido.

—Podría haber enviado a alguien de su equipo —repliqué, intentando recuperar el control—. No era necesario que viniera personalmente.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 20.02.2026

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