Catalina Ledesma De La Vega
La nieve no dejaba de caer sobre Londres. Era una de esas mañanas en que el cielo se confunde con el suelo y el tiempo parece haberse detenido en un gris perpetuo. A través del ventanal de mi suite en el hotel, la ciudad parecía un cuadro silencioso. La copa de vino que había dejado la noche anterior seguía sobre la mesa, intacta. Yo, en cambio, no lo estaba.
No suelo permitir que algo —ni nadie— altere mi rutina. Pero Elena Gruger Onassis no es algo que pueda clasificarse con facilidad.
Llevaba horas repasando mentalmente nuestro encuentro en su restaurante: el modo en que me miró, contenida, midiendo cada palabra antes de dejarla escapar; la firmeza con la que se dirige a los demás; esa voz suya que parece acariciar y alejar al mismo tiempo. Y la forma en que, pese a su aparente serenidad, hay una fragilidad en sus ojos. No es debilidad, no. Es… reserva. Como si hubiera aprendido a esconderse del mundo y solo dejara ver lo justo.
Tomé un sorbo de café —amargo, como me gusta— y dejé la taza sobre el mármol. Intenté concentrarme en los correos de la empresa: informes financieros, propuestas de inversión, el cierre de la nueva sucursal en Estambul. Nada lograba retener mi atención. Cada línea me devolvía a la misma pregunta absurda:
¿Por qué ella?
No me faltaban opciones. Nunca me faltaron. Y, sin embargo, la imagen de esa mujer con su uniforme negro, con su cabello recogido y las mejillas sonrosadas por el calor de la cocina, me perseguía. Era una sensación nueva. Incómoda. Casi dolorosa.
Golpeé suavemente la mesa con los dedos, irritada conmigo misma.
—Ridículo… —murmuré—. No eres una adolescente.
Entonces, un leve dolor en el pecho me hizo detenerme. Era pequeño, apenas un punzón. Breve, pero claro. Un recordatorio. El mismo tipo de advertencia que había sentido años atrás, antes de que todo empeorara.
Me quedé inmóvil. Esperé. Conté los segundos. El dolor desapareció. Tragué saliva y respiré hondo, procurando normalizar el ritmo de mi pulso.
—No, no hoy… —susurré, casi suplicando.
El sonido del teléfono rompió el silencio. Era Alejandro.
Sonreí, aunque sabía que me leería la voz al primer “hola”.
—No has dormido, ¿verdad? —dijo apenas respondí.
—Buenos días para ti también, querido e insoportable primo.
—Catalina… no me hagas fingir sorpresa. Se te nota hasta por la línea telefónica. ¿Qué pasa? ¿Algún problema con la junta de mañana?
—Ningún problema —dije, caminando hacia la ventana—. Solo una noche… larga.
—Larga o agitada —replicó con tono burlón—. Y por tu silencio, diría que tiene nombre y apellido.
Reí, apenas.
—A veces olvido lo insoportable que eres.
—Y aun así me sigues contestando el teléfono. —Su voz se volvió más cálida—. Cuéntame, ¿quién te tiene desvelada esta vez?
Me apoyé en el marco del ventanal.
—Una chef británica.
Silencio. Luego, una carcajada contenida.
—¿Una chef? ¿En serio?
—¿Qué tiene de malo?
—Nada. Solo… es inesperado. Tú, que evitas los restaurantes por miedo a que la comida no esté a tu nivel, cayendo rendida ante una cocinera.
—No estoy rendida —dije, demasiado rápido.
—Ah… entonces sí estás interesada.
—Alejandro. —Suspiré—. No empieces.
—No, no, tranquila. Solo intento entender. ¿Qué tiene esa mujer que no hayan tenido las demás?
Lo pensé un segundo.
—Silencio —respondí al fin—. Ella no intenta llenar los vacíos con palabras. No busca agradar. Y, aun así, cada vez que me habla, siento que me está desarmando.
Alejandro tardó en responder. Su tono cambió.
—Eso suena peligroso.
—Lo es. —Sonreí con amargura—. Pero también… fascinante.
—Catalina, tú no eres de las que se dejan arrastrar por impulsos.
—Lo sé. —Apoyé la frente contra el vidrio helado—. Pero con ella no lo controlo. Es como si quisiera mantenerme lejos y, al mismo tiempo, acercarse lo suficiente para desafiarme.
—Quizá eso te gusta —dijo con suavidad—. Que no te teme.
Cerré los ojos. Tenía razón. La mayoría de la gente me rodea por conveniencia o por miedo. Elena no. Ella me mira de frente, incluso cuando quiere que me vaya. Eso es lo que me atrae: su capacidad para no rendirse ni siquiera a la idea de agradarme.
—Alejandro… —dije con voz baja—. ¿Alguna vez sentiste que alguien te observa, no por lo que tienes, sino por lo que intentas esconder?
—Sí. —Su tono se volvió serio—. Y es lo más peligroso que puede pasarte. Porque esa persona no busca poseerte, sino descubrirte.
Asentí, aunque él no podía verlo.
—Entonces ya estoy perdida.
—No. Aún puedes poner distancia.
—¿Y si no quiero? —pregunté.
Alejandro guardó silencio. Luego suspiró.
—Entonces prométeme una cosa.
—¿Cuál?
—Cuida tu corazón. —Su voz bajó un tono—. Y no solo en sentido figurado.
Mi pecho se contrajo.
—Estoy bien.
—Catalina… —insistió—. Sé que los análisis no fueron perfectos. No finjas conmigo.
Miré el reflejo de mi rostro en el cristal: pálido, cansado, con una sombra apenas perceptible de preocupación.
—Fue solo un mal día. Ya lo sabes.
—Sí, y también sé que el estrés no te ayuda. Si vas a jugar con fuego, al menos asegúrate de no arder por completo.
—Eres un poeta frustrado —intenté bromear.
—Y tú, una mujer que cree que puede controlarlo todo —replicó—. Pero el cuerpo no se controla, Cata. No siempre.
Cerré los ojos y exhalé lentamente.
—No te preocupes. No dejaré que nada se me escape de las manos.
—Eso dijiste la última vez. —Su tono fue apenas un susurro antes de colgar.
Guardé el teléfono y me quedé mirando la nieve. La ciudad seguía blanca, inmóvil, y sin embargo, dentro de mí algo se movía con fuerza.
Me pasé una mano por el pecho. El latido era fuerte, irregular. No doloroso, no todavía, pero distinto. Un aviso silencioso.