Bajo control

6

Catalina Ledesma De La Vega

El silencio de Londres es distinto al de Madrid. En Madrid, el silencio es cálido, una pausa necesaria entre el sol y la noche. En Londres, cuando Elena decide no hablarme, el silencio se siente como una pared de granito frío que no puedo escalar por mucho que use mi influencia, mi dinero o mi paciencia.

Habían pasado semanas desde que intenté, por enésima vez, derribar sus defensas. Me he convertido en una experta en observar los matices de su rechazo. Sé cuándo está genuinamente molesta —sus cejas se contraen apenas un milímetro— y cuándo está simplemente desconcertada por mi insistencia. Elena no es una mujer difícil; es una mujer íntegra, y eso, en mi mundo de transacciones y favores, es una moneda que no sé cómo cambiar.

Intenté ganarme su confianza de todas las formas que dicta el protocolo de la persistencia. La visité en el restaurante más veces de las que mi agenda permitía, envié flores que Katherine terminó poniendo en jarrones cerca de la entrada— porque Elena se negaba a aceptarlas como un regalo personal— y le ofrecí un imperio en bandeja de plata. Pero ella se mantenía allí, detrás de su barra de acero inoxidable, mirándome como si yo fuera una ecuación que no tenía interés en resolver. Ni siquiera me ha dado su número de teléfono. Cada vez que necesito contactarla, debo pasar por el filtro sarcástico de Katherine, lo cual es, por decir lo menos, una humillación táctica que acepto solo porque el premio es ella.

No es solo su talento lo que me retiene aquí. He conocido a cientos de chefs con estrellas Michelin y egos del tamaño de una catedral. Lo que me atrae de Elena es esa fuerza extraña, esa gravedad silenciosa que me arrastra hacia su órbita. No quiero que trabaje para mí. Quiero que me acepte. Quiero ser la persona por la que ella rompa su propia regla de desconfianza.

—Catalina, el avión sale en tres horas —la voz de mi asistente por el intercomunicador rompió mi trance.

Tuve que marcharme. Madrid reclamaba mi presencia y mi cuerpo empezaba a notar el peso del agotamiento. Fui al restaurante una última vez esa mañana, solo para decirle que volvería. Ella no dijo nada; solo asintió mientras picaba cebollas con una precisión que rozaba lo violento. Esa fue mi despedida: el eco de un cuchillo contra la madera.

España me recibió con una bofetada de luz y calor. En el aeropuerto de Barajas, Alejandro me esperaba apoyado en su coche, con esas gafas de sol que gritaban arrogancia y una sonrisa que decía que sabía exactamente lo mal que me había ido en mi “conquista británica”.

—Mírate, prima —dijo, tomándome las maletas—. Tienes cara de haber peleado contra la Armada Invencible y haber perdido de nuevo.

—Cállate, Alejandro. Solo estoy cansada.

—Estás obsesionada. Hay una diferencia —replicó mientras arrancaba el motor.

Llegamos a la casa familiar, donde mi madre, Anna, nos esperaba con un almuerzo que olía a hogar, pero también con esa mirada inquisitiva que solo una madre puede sostener. Durante los días siguientes, mi vida volvió a ser una sucesión de sillas de cuero, pantallas con gráficos de inversión y salones de juntas. Estaba físicamente en Madrid, firmando acuerdos y estrechando manos, pero mi mente seguía atrapada en un callejón estrecho de Londres.

En las reuniones, me sorprendía a mí misma comparando la eficiencia de mis directivos con la pasión cruda de Elena. Ellos trabajaban por bonos y estatus; ella trabajaba porque el fuego era lo único que sabía manejar. Mi madre, siempre observadora, no tardó en sentarme a solas una noche en la terraza, con una copa de vino que no me dejó terminar.

—Catalina, tu corazón no está diseñado para estas tensiones —me dijo, su voz suave pero cargada de una autoridad que no permitía réplicas—. Los médicos fueron claros. Necesitas descanso, no una persecución que no te lleva a ningún lado. Esa chica... Elena... si no ha cedido en un mes, ¿por qué crees que lo hará ahora?

—Porque no la conoces, mamá —respondí, mirando las luces de la ciudad—. Ella no es como la gente con la que tratamos. No se puede comprar su voluntad. Y creo que eso es lo que me está matando y dándome vida al mismo tiempo.

—Es una “conquista imposible”, tía —intervino Alejandro, apareciendo con su habitual falta de tacto—. La dama prefiere sus sartenes a los millones de nuestra Catalina. Es un golpe al ego que no sabe cómo procesar.

Alejandro se burlaba, pero sus ojos delataban preocupación. Me veía caminar por los pasillos de la empresa como un fantasma. Empecé a notar algo ridículo: extrañaba que Elena me evadiera. Extrañaba la forma en que me miraba como si yo fuera una plaga persistente, la manera en que sus ojos se oscurecían cuando intentaba ser demasiado encantadora. En Madrid, todo era fácil. Todo el mundo me decía que sí antes de que terminara de hablar. Y esa facilidad me resultaba insípida. Me faltaba la sal de su desprecio, el picante de su desconfianza.

Pasaron quince días. Quince días de informes financieros y cenas benéficas donde el aire me parecía escaso. Mi salud, ese recordatorio constante de que no soy invencible, empezó a dar señales de alarma. Sentía pinchazos en el pecho, una fatiga que no se iba con el sueño y una ansiedad que se manifestaba en temblores leves en las manos.

Mi madre insistía en que me quedara en España al menos un mes más. Los médicos recomendaban reposo absoluto, lejos del estrés de la expansión internacional. Pero ellos no entendían que el verdadero estrés era no saber si ella había cambiado el menú, si Katherine seguía burlándose de mis flores, o si algún otro “inversor” más inteligente que yo había logrado sacarle una sonrisa.

La noche del decimoquinto día, no pude más.

—Prepara el jet —le dije a Alejandro por teléfono a las dos de la mañana.

—¿Estás loca? Tía Anna me va a colgar de los pies si te ayudo a escapar. Los médicos dijeron que no deberías volar de nuevo tan pronto.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 20.02.2026

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